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La batalla por la dignidad de la mujer no está ganada

© Todo-Juanjo
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El Vaticano acoge la jornada Voces de la fe para dar voz a «las» sin voz

El pasado 8 de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer, se celebró en el corazón del Vaticano la Jornada Voices of Faith que, bajo el auspicio de la Fundación Götz y avalada por la Secretaría de Estado Vaticana, convoca cada año a mujeres de los cinco continentes cuya voz y experiencia de fe es todo un referente y ejemplo de valentía.

Bajo el lema La misericordia requiere coraje pudimos escuchar testimonios como el de Katarina Kruhonja, quien tras vivir el drama de la guerra en Croacia redobló sus esfuerzos para formar y educar a un gran equipo multiétnico capaz de reconstruir, desde la paz y el diálogo, diez comunidades que habían sido devastadas durante el conflicto.

O también el de la hermana Mary Doris, dominica, que ha ayudado y sostenido desde 1990 a más de 2.500 mujeres en situación de desamparo, entre ellas a muchas madres solteras.

O la impresionante historia de Cecilia Flores, una niña que salió de la esclavitud para unirse a la disidencia y luchar contra el dictador filipino Ferdinand Marcos, motivo por el que sería encarcelada junto a su marido durante cuatro años.

Tras su liberación fundó una asociación contra la esclavitud que desde 1991 ha ayudado a 18.000 víctimas de explotación infantil, laboral y sexual.

Otro de los estremecedores testimonios fue el de las jóvenes estudiantes de Kenia Caroline Kimeu y Judy Onyango, cuyas familias pretendían que abandonasen sus estudios para contraer matrimonio a los 14 y 16 años respectivamente.

Ellas conocían el sufrimiento que les esperaba en estos casamientos preparados porque sus hermanas mayores habían sido obligadas a seguir este camino y padecían malos tratos y una vida semiesclava.

Por eso decidieron huir de su entorno y, gracias a la Iglesia y a amigos que les apoyaron, pudieron completar su educación.

Judy es actualmente voluntaria de la ONG “Espejo de la Esperanza”, que desde el año 2011 proporciona formación a chicas jóvenes y vulnerables que atraviesan circunstancias similares.

Estos y otros muchos testimonios que tuvimos el privilegio de escuchar poseen un doble sentido.

En primer lugar alertan sobre algunos de los grandes problemas que continúan aquejando a millones de mujeres dentro y fuera de nuestras fronteras: la dificultad de acceder a la enseñanza, la pobreza y la falta de recursos que impiden una vida digna, el maltrato doméstico, la explotación laboral, la trata de blancas, la guerra, etc.

Además, ponen de manifiesto que la batalla por la dignidad no está ganada. No se habrá ganado mientras existan lugares en los que se maltrate o humille a las personas simplemente por el hecho de ser mujer.

El encuentro, un gran acierto del Vaticano, reveló que en algunos casos lo decisivo no es la construcción de discursos.

En tantas ocasiones las proclamas se utilizan para tranquilizar las conciencias y excusar de un compromiso verdadero por la igualdad y la justicia, al quedarse en el plano de lo abstracto.

Sin embargo, allí teníamos a personas de carne y hueso sufrientes y dispuestas a entregar todo lo que son por mejorar la realidad a la luz del Evangelio.

Estas voces demuestran que todavía es posible luchar por un mundo más justo, donde la dignidad sea respetada y protegida.

Son voces de fe, las que necesita la Iglesia para descubrir el infinito valor de la entrega y el testimonio de que la vida está hecha para darla.

Quizás esto también nos ayude a reflexionar sobre otro peligro que resulta ya habitual en los países desarrollados donde, además de la persistencia de la esclavitud sexual, el maltrato y la desigualdad que hacen a la mujer víctima señalada de la cultura del descarte, nos encontramos también con que se nos exige sacrificarlo todo en el altar del éxito profesional.

Las voces de la fe, raras e incluso “exóticas” en nuestro aburguesado mundo, son imprescindibles para que despertemos del letargo ideológico en el que el economicismo ha sumergido nuestras conciencias. Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita de nuevo ser la voz de los (las) sin voz.

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