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Buscando el Mesías en los lugares equivocados

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Las elecciones de Estados Unidos y cómo la política se convierte en una falsa religión

Desde Estados Unidos, ver la construcción de extraños cultos a la personalidad de nuestros candidatos políticos hace que me pregunte: “¿Es que nuestro país se ha vuelto loco?”.

Ya pasaron los días de los candidatos sosos, aunque decentes, que exponían sus posiciones políticas poco glamurosas, aunque viables. Si alguna vez dudamos de que nuestra era alcanzara el pico máximo de irrelevancia de “pan y circo”, sólo tenemos que echar un vistazo a los enfrentamientos entre demagogos gritones que pueblan nuestros escenarios de debate, ante el bramido del gentío y los pulgares arriba o abajo de la prensa.

Casi una década después de su publicación, el libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVI nos puede ayudar a entender la enfermedad que ha contagiado a nuestra política nacional, a través de un análisis sobre la tercera tentación que resistió Cristo. En ella, Satanás intenta atraer a Jesús con promesas de poder político ilimitado, de control sobre todos los reinos sobre la tierra. Con semejante poder, el mundo sería rehecho y perfeccionado: el fin del sufrimiento, la guerra y la pobreza; el establecimiento de un reino de tranquilidad y ecuanimidad.

El talante político actual me recuerda a una encarnación de esta misma tentación diabólica, dirigida a los votantes.

Benedicto dice: “Interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también de la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación. Ésta se encubre hoy tras la pregunta: ¿Qué ha traído Jesús, si no ha conseguido un mundo mejor? ¿No debe ser éste acaso el contenido de la esperanza mesiánica?” (Jesús de Nazaret).

Para muchos estadounidenses en la tradición protestante, EE.UU. es supuestamente un Nuevo Israel, la Tierra Prometida donde los creyentes pueden encontrar seguridad, prosperidad y libertad. Frente a un reajuste económico y social, empequeñecido a los ojos de otras naciones, la tentación de identificar a un salvador e instalarle en el poder para “¡salvar a América!” es una amenaza inminente y, al igual que los judíos del primer siglo, el anhelado salvador debería ser un líder político, uno que “expulse a los extranjeros, someta a nuestros enemigos y nos devuelva la grandeza”. Los demagogos de la derecha se permiten estos impulsos y prometen una América con menos inmigrantes, mayor poder y más respeto en el extranjero, y una cultura más combativa en casa.

Desde la izquierda, por supuesto, encontramos la demagogia al servicio de las preocupaciones sociales. Representan el Mesías ideal para las personas que creen que nuestro dolor y sufrimiento viene de una simple carencia de recursos, que podría ser equilibrada si el gobierno tuviera el poder de redistribuir los impuestos como considerara necesario. Este ideal también condujo a Judas a criticar a la mujer penitente por ungir a Jesús con un aceite caro (y a Jesús por permitirlo), insinuando que los actos de fe no tienen ningún valor si no sirven a unas necesidades sociales específicas.

Cuando una nación busca a un mesías, las elecciones hierven con un apasionado fervor que tiene un componente religioso, pero es una falsa religión: si tu candidato es el salvador de la nación, su oponente debe ser el contrapunto maligno que descarría a las personas. El cambio ruin que se ha producido en nuestro proceso electoral durante las últimas décadas es simplemente lo que pasa cuando las personas buscan a un mesías autorizado por los poderes terrenales.

Según escribe Benedicto: “Frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él [Jesús] contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

Nuestra actual leonera de políticos mesiánicos no era inevitable. Son una respuesta racional directa al fracaso por parte de la Iglesia, en el sentido de todos nosotros, no sólo la institución. Si las personas se sienten atraídas por un falso mesías, es porque nosotros no hemos conseguido presentarles al Auténtico Mesías; cuando nuestros amigos y los miembros de nuestra familia se desconectan –dicen ser “espirituales, pero no religiosos”– y agitan sus impotentes puños ante un mundo deshecho, es porque nosotros hemos sentido demasiada vergüenza como para proclamar la verdad.

La gente se ha dado cuenta de que hay un gran vacío en el centro de sus vidas, pero no saben con qué llenarlo. En este momento, no necesitamos deslumbrantes showmen; no necesitamos políticos profesionales intentando asirse desesperados al poder. Necesitamos predicadores y catequistas, necesitamos evangelistas (esos somos tú y yo), personas que muestren dónde está el hogar a aquellos que están perdidos.

En cierto sentido, no importa quién se presente a las elecciones de otoño. Nuestra misión sigue siendo la misma sin importar el candidato o candidata; hemos de exponer los espejismos de los salvadores terrenales y traer la realidad de Cristo.

Si nos horroriza esto en que se ha convertido la política de nuestra nación, sólo hay una forma de responder: debemos convertirnos en misionarios en nuestras propias comunidades, encontrar a los frágiles y recomponerlos compartiendo con ellos la buena nueva que hasta ahora habíamos proclamado tan tímidamente.

Benedicto ha diagnosticado el problema con nuestra política y Francisco ha proclamado fuertemente la solución. Salid, construid puentes hacia el prójimo y difundid la alegría de los Evangelios.

– Para ver más: http://aleteia.org/2016/03/18/politics-today-looking-for-messiahs-in-all-the-wrong-places/

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