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Cómo derrotar a Satanás en nuestro tiempo, según el presidente de los exorcistas

Matthias Lueger

Portaluz - publicado el 23/03/16

La batalla del discípulo de Cristo

Al observar la cultura y el contexto social de nuestro tiempo, podemos constatar que gradualmente se está promoviendo la auto-divinización del hombre. Ella expresa en términos concretos la realidad que el Antiguo Testamento y el mismo Jesús llaman pecado original; vale decir, la soberbia del hombre que valora y decide lo que es bueno y lo que es malo, en base a sus criterios humanos, negándose a una relación-verificación con la Verdad absoluta que se encuentra sólo en Dios.

Si en el momento de su creación el hombre estuvo naturalmente en comunión y cerca de Dios, después del pecado de soberbia (tomaron del árbol de la ciencia del bien y del mal), la naturaleza humana se ha lesionado y debe luchar contra la inclinación al mal y contra el Maligno, para permanecer en la verdad y la bondad.

Hoy, sólo permaneciendo en Jesús es posible expulsar de la propia vida al Tentador, el Maligno, al que Divide, el Engañador.

Cuando la soberbia, el orgullo, el egoísmo, el desorden, la angustia se imponen, estamos claramente dentro del ámbito de acción del Enemigo. En cambio Jesús enseña otra cosa: si el Evangelio, que es la buena noticia de un Dios que camina con cada hombre, no habita la mente y el corazón del hombre, este pierde no sólo su identidad antropológica, sino además su capacidad de elegir la Verdad absoluta y el Bien absoluto.

Cae entonces en un relativismo personal que abre la puerta al Mentiroso (del griego «Satanás») quien confunde y engaña al hombre que no vive unido a Dios.

Las herramientas que utiliza Satanás para atacar al hombre son siempre las dudas sobre el amor de Dios por nosotros, la soberbia, el orgullo, el egoísmo, la lujuria, la envidia, la injusticia. Las armas que Jesús nos ha dado para defendernos y vencer, surgen de una estrecha relación con Él, que se establece al escuchar y aceptar con humildad sus palabras en el Evangelio, aprendiendo así el modo recto de pensar, de amar, de actuar; además por la oración, donde se dialoga con Él, y él responde si agradecemos y nos encomendamos a Él en toda necesidad; en los sacramentos, signos sagrados de su presencia, donde le encontramos personalmente.

Por el bautismo nos convertimos en hijos de Dios, somos incorporados a Cristo y a la Iglesia; en la Confesión se es perdonado y reconciliado con Dios; en la Eucaristía se fortalece nuestra comunión con Él y se recibe el alimento espiritual del alma; en la unción de los enfermos se dona el Espíritu Santo para fortalecernos en la enfermedad y el sufrimiento; el Viático, que es la última Eucaristía de nuestras vidas, acompaña nuestro paso de este mundo a la eternidad.

Luego, el matrimonio y el Orden Sagrado son dos sacramentos que indican dos maneras diferentes en las que el Señor nos está llamando para santificarnos y para llevar su Reino al mundo. Todo con el fin de unirnos en la gloria con Él, en el Paraíso, ¡donde Dios Padre nos quiere a todos!

Satanás no debe ser subestimado, pero tampoco sobrevalorado. Por la Sagrada Escritura y por Jesús mismo sabemos que no es una fantasía o una creencia popular, sino un verdadero y real ser espiritual, personal, dotado de inteligencia y voluntad, que tiene a su servicio a una gran cantidad de otros «malos espíritus» que le ayudan en su trabajo maléfico contra los hombres intentando atarlos a ellos a través del pecado.

El discípulo de Cristo a la luz del Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, cree que los demonios existen y actúan en la historia personal y comunitaria de los hombres. El Evangelio, de hecho, describe la obra de Jesús como una lucha contra Satanás, jefe de los demonios (ver Mc 1,23-28; 32-34.39; 3,22-30).

Asimismo la vida de los discípulos de Jesús involucra una batalla que «no es contra criaturas hechas de sangre y carne, sino contra los Principados y las Potestades, contra los Dominadores del mundo de las tinieblas, contra los espíritus del mal» (Ef 6, 12). Usando el yelmo de la Palabra de Dios, la espada de la oración, el escudo de los Sacramentos y la fe, el discípulo de Cristo es capaz de ponerlos en evidencia y expulsarlos.

Satanás, príncipe de los demonios, sin lugar a dudas es el origen del mal en el mundo y en el hombre, pero la causa del mal y del desorden en mundo, es el hombre mismo que rechaza a Dios como guía.

¡Agradezcamos al Padre y al Espíritu Santo que por medio de María Santísima nos ha donado a Jesús nuestro salvador y maestro de vida!”

Padre Francesco Bamonte pertenece a la Orden de los Siervos del Corazón Inmaculado de María; el Cordis Mariae Immaculati Servi es un orden de derecho diocesano. Nacido en 1960, el Padre Bamonte fue ordenado sacerdote en 1990. Preside la Asociación Internacional de Exorcistas.

Artículo originalmente publicado por Portaluz

Tags:
demonioexorcismo
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