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The Gift y La Ley del Mercado: Monstruos perfectos

Matt Kennedy ©2015 STX Productions, LLC. All Rights Reserved.

THE GIFT - 2015 FILM STILL - JOEL EDGERTON - Photo Credit: Matt Kennedy ©2015 STX Productions, LLC. All Rights Reserved.

Hilario J. Rodríguez - publicado el 21/03/16

En la primera seguimos un angustioso proceso para encontrar empleo, y en la segunda, seguimos una historia sobre los traumas y las historias personales que arrastramos

A los 51 años, con una hipoteca, un hijo discapacitado y su mujer dedicada a las tareas del hogar, Thierry (Vincent Lindon) pierde el trabajo en uno de los expedientes de regulación que sufre su empresa. Otros compañeros suyos también afectados están dispuestos a ir a los tribunales, pero él no porque -según dice- está cansado de luchar. Durante un tiempo, con el paro y los ahorros podrá vivir en modo de respiración asistida y mientras tanto buscar algo. Como es responsable, acude enseguida a una oficina de empleo, hace cursos especializados y estudia estrategias para causar una buena impresión en las entrevistas.

Todo el proceso tiene algo de chistoso, especialmente cuando le hacen observaciones sobre su desaliñada apariencia y su forma de hablar, que no parecen ir con los tiempos. El chiste, no obstante, roza lo doloroso si observamos que quienes le dan consejos para mejorar su forma de «venderse» son parados como él, solo que más jóvenes.

Pasan los meses, sus nuevos diplomas son ineficaces sin experiencia, el dinero comienza a escasear, su hijo está a punto de perder una beca… Y entonces el clima de La ley del mercado (La loi du marché, 2015, Stéphane Brizé) se vuelve opresivo. Nuestro protagonista necesita dinero, unos compradores quieren aprovecharse de su situación y comprarle una caravana por mil euros menos de lo que en principio habían acordado, él no acepta, y de pronto el milagro: un supermercado le contrata para el departamento de seguridad, tras 20 meses de travesía por el desierto del desempleo.

Su cometido consiste en observar lo que ocurre en los monitores donde se proyectan las imágenes que recogen las cámaras de vigilancia, además de estar presente en los interrogatorios a clientes y empleados cuando se produce algún incidente: robos de menor cuantía e infracciones inofensivas, castigados en cualquier caso con llamadas a la policía o el despido. Después de que una cajera se suicide al perder el puesto por haberse quedado con unos cupones que debería haber tirado, él abandona su trabajo.

Al mismo tiempo que todo lo anterior sucede en una película francesa, al otro lado del Atlántico, en la película estadounidense El regalo, Simon (Jason Bateman) y Robyn (Rebecca Hall) acaban de trasladarse a Los Ángeles, donde compran una preciosa casa en una zona residencial. Mientras él trabaja para una compañía de sistemas de seguridad para empresas, ella hace jogging, amuebla la casa, cocina y dedica sus ratos libres al diseño free-lance.

Poco después de llegar, haciendo compras en el centro de la ciudad, coinciden con Gordo (Joel Edgerton), un compañero de Simon en el instituto, con quien intercambian sus números de teléfono. Al día siguiente encuentran sobre el felpudo una botella de vino y una nota de bienvenida de Gordo, que seguramente ha buscado su nueva dirección en la guía telefónica. La situación se va enrareciendo cuando este último aparece por la casa con nuevos regalos, siempre en momentos en los que Katlyn está sola. Ella, no obstante, le invita a cenar y durante la sobremesa se da cuenta de que entre su marido y él sucedió algo grave años atrás.

Ahora estableceré una de esas elipsis tan propias de la literatura entre párrafo y párrafo, colocando a Gordo como posible malo de la película, después de que un juez le haya impuesto una orden de alejamiento para que Katlyn recupere su tranquilidad, tras haber comenzado a escuchar extraños ruidos y haber vuelto a tomar antidepresivos, y para que Simon pueda seguir con su carrera laboral, a punto de obtener un importante ascenso, sin tener que abandonar reuniones porque alguien ha matado a los peces del estanque que tienen a la entrada de la casa o porque su perro ha desaparecido.

Una hora después de haberlos conocido, ya sabemos que Gordo tiene un completo historial delictivo y fue expulsado del ejército, que Katlyn había abortado por culpa del estrés y se había aficionado peligrosamente a ciertas pastillas antes de llegar a Los Ángeles, y que Simon había sido un bully en el instituto y nunca ha tenido muchos escrúpulos para moverse por la vida. Yo los veo como tal para cual, un trío de ases para dar forma a una buena baraja y jugar con ella al gato y el ratón, invirtiendo los papeles de unos y otros de vez en cuando, porque así la diversión viendo El regalo está garantizada hasta el final, a no ser que la convirtamos en una simple película de suspense.


Invito a los lectores a que lean esta magnífica crítica de Ramón Monedero, como complemento a la mía: The Gift: ¿quién es el bueno y quién es el malo? 


Por supuesto, igual que podemos ver a Thierry como un héroe moderno en La ley del mercado, podemos ver a Simon en El regalo como un retrato robot del tipo de criminal engendrado por el capitalismo. También podemos pensar que alguien en el futuro quizás haga una secuela de ambas películas a la vez, convirtiendo a los dos personajes en adversarios, para ver quién vence. Aunque será mucho más productivo que en lugar de elucubraciones de ese tipo nos limitemos a ver dónde flojean los argumentos de una estupenda película francesa y los de una no menos estupenda película estadounidense.

En la primera seguimos un angustioso proceso para encontrar empleo, lleno de matices sobre la competitividad y la deshumanización laboral en el mundo contemporáneo, con una solución final que nos invita a creer que siempre podemos elegir entre formar parte de nuestro sistema o no (algo que quizás habría que preguntar a los clientes y empleados del supermercado que roban en la película o, ya puestos, a los refugiados que sufren la ignominia de Europa en la vida real).

Y en la segunda seguimos una historia sobre los traumas y las historias personales que arrastramos, donde los pliegues de las relaciones humanas, determinadas de una manera muy ambigua por quienes juzgan y quienes son juzgados, acaban dando forma a una típica historia de venganza en la que, eso sí, vemos caer al triunfador, que en el cine de consumo masivo siempre es el malo (porque todos los demás somos unos pobres pechos enfermos).

Si en ambas películas prescindimos del final, tenemos dos obras magníficas y dos formas de entender el cine muy interesantes: una determinada por cómo las imágenes pueden dar forma a una historia y otra por cómo una historia puede dar forma a las imágenes. No son excluyentes sino complementarias. Hay quienes las utilizan alternativamente hasta que aprenden lo suficiente para utilizarlas al mismo tiempo, dejando que se retroalimenten.

Los hermanos Dardenne, por ejemplo, lo consiguieron en Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014), que podría entenderse como una versión mejorada de La ley del mercado; y Michael Haneke en Caché (Escondido) (Caché, 2005), que podría entenderse como una versión mejorada de El regalo. Estas últimas son ese tipo de obras maestras en las que los acuerdos entre la historia y las imágenes llegan a tal grado de madurez que en ellas podemos explorar eso que llamamos cine, algo que no todas las películas alcanzan a ser, aunque algunas -como La ley del mercado y El regalo– se queden muy cerca de conseguirlo.

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