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Primavera en Normandía. El hombre que le contaba historias a su perro

Ramón Monedero - publicado el 21/03/16

Un folletín de pasiones prohibidas, engaños y traiciones lejanamente inspirado en la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary

Crear lazos entre el cine y la literatura siempre ha sido una empresa complicada tanto cuando se intenta de forma directa, como cuando se hace de forma indirecta. Llevar una novela al cine es por definición una propuesta llena de riesgos, por esto cada vez con más frecuencia se están popularizando la cintas “inspiradas en” o incluso aquellos títulos que toman prestado el espíritu del original literario sin la necesidad de mencionarlo en sus créditos.

Esto simplifica las cosas porque cuando se adapta una novela al cine uno puede ser fiel a la letra o fiel al espíritu, de la combinación de ambas pueden surgir muy diferentes películas partiendo de la misma materia prima. Sin embargo, trasladando únicamente el espíritu uno se puede olvidar por completo de la letra y “sólo” debe preocuparse por sugerir un sentimiento o una sensación remotamente parecida o que por lo menos recuerde a la obra original.

Algo así es lo que intenta Gemma Bovary (en España Primavera en Normandía), en obvia referencia a la inmortal obra de Gustave Flaubert, Madame Bovary aunque eso sí, poniendo en medio una novela gráfica que ejerce de nexo entre lo primero (la novela) y lo último, (la película). Antes que una película, Gemma Bovary fue una tira de comics obra de Posy Simmonds que se publicó regularmente en el diario The Guardian y que terminó convirtiéndose en un libro en 1999, que es de donde el film de Anne Fontaine parte realmente.

De este modo y para no caer en malentendidos ante semejante escala de filtros, Fontaine ha decidido quedarse con dos o tres ideas generales sobre las que organizar su película para no perderse en la inmensidad que ofrece el texto de Flaubert. La primera ha sido el aire naturalista/realista que desprende la cinta, la segunda, la atmósfera folletinesca de romances prohibidos y trágico desenlace y en tercer lugar, la evidente tendencia feminista de la película poniendo en el centro de la trama a una joven dueña de sus actos y muy poco preocupada por las convicciones sociales o morales.

Como testigo de este laberinto de pasiones y traiciones está Martin Joubert (Fabrice Luchini) un profesor universitario que decide abandonar el estrés de la gran ciudad para hacerse cargo de la panadería de su padre en una pequeña localidad de Normandía. Joubert tiene una vida más o menos aburrida hasta que un día llegan a la casa de al lado una joven pareja británica, ella se apellida como el personaje principal de su más apreciada obra, Madame Bovary.

Joubert, como afirma él mismo, “tras diez años de absoluta tranquilidad sexual”, siente despertar en su interior una terrible atracción por Gemma Bovary. Sin embargo esta atracción no pasará de idílica. Joubert la desea con su mirada, imagina lo que pasa por su cabeza y casi la espía en sus fugaces encuentros con su amante, pero nada más pasa de allí. Joubert, en general, no será más que un mero testigo de los acontecimientos encargado de unir puentes entre lo que sucede a su alrededor y la obra de Flaubert.

Al final, la película de Fontaine se queda en una digestiva travesura de moral distraída y de un tragicómico sentido del humor no exento de cierto patetismo. En Gemma Bovary un laberinto de pasiones activó la imaginación de un viejo profesor universitario que había decidido buscar un lugar en el que tener la oportunidad de engordar. En realidad, la película de Fontaine no va tanto de Gemma Bovary sino de Martin Joubert, un hombre empeñado en aburrirse hasta tal punto que en vez contarle la más singular historia de aquella primavera en Normandia a su mujer, prefiere contársela a su perro Gus.

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