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¿Cómo es convertirse en sacerdote con más de 40 años?

© Obispado de Urgel

Aleteia Team - publicado el 16/03/16

"Dios llama a quien quiere, como quiere, cuando quiere y donde quiere"

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, Y por fuera te buscaba…”; es lo que escribe san Agustín en su Séptimo Libro de las Confesiones.

¡Qué aburrido!… ¡Qué pesado será este testimonio y este cura, que empieza a escribir así! ¡Tranquilos! Soy un sacerdote al que le gusta poco escribir o hablar llenando de referencias sus charlas o testimonios, pero esta vez me dejé tentar porque esta frase representa un poco mi historia vocacional.

Me llamo Alessandro Renò, tengo 44 años. Nací en Taranto, una ciudad en la región de Puglia al sur de Italia, y hace dos recibí el gran regalo del sacerdocio en Ecuador, en la arquidiócesis de Portoviejo.

Aunque desde los 17 años -después de un encuentro con el Hermano Roger, prior de la Comunidad Ecuménica de Taizé en Francia- sentí el deseo de seguir a Dios, mi testarudez y mi falta de confianza junto con unos grandes miedos me hizo esperar a ingresar en el seminario hasta los 33 años.

En realidad el miedo más grande que siempre he tenido es el de no estar listo para dejarlo todo; una búsqueda de perfección que siempre me ha acompañado… Como si el Señor buscara un súper héroe para servirlo.

Dejé la idea, pero siempre sentí que en mi vida faltaba algo, algo que completara mi vida, algo para brindar a los demás hermanos.

Intentaba llenar esos vacíos con mis actividades en la parroquia, a través de la relación afectiva con mi novia, hasta pensé de casarme con ella… Por suerte para ella no fue así: ¡aguantar a un testarudo y rebelde como yo solamente era una tarea para el Señor!

Nunca me animé a dar el primer paso, es decir que inconscientemente sabía que Jesús me llamaba pero hacia oídos sordos.

Así pasó el tiempo, los años pasaron rápidamente, hasta que fue Él que dio el paso haciendo aumentar esta insatisfacción interior que me empujó a buscar y a atreverme a empezar el seminario. ¡Sí, porque el Amor es quien siempre da el primer paso!

Empecé a sentir el llamado del Señor directamente al corazón, esta vez no lo podía evitar, es un arrobamiento y una dulzura, este llamado, que esta vez no pude resistir.

Pero a las excusas del miedo, siguieron el «no estoy preparado”. Luego que no era digno de mí ser sacerdote, y así evadiendo todo el tiempo, tratando de alejar de mí este llamado hermosísimo del Señor.

Cuando empecé el camino sentí de pronto una tranquilidad interior. No es decir que es una magia, que ya se acaban los problemas y las dificultades, las preguntas…Pero sabía que este era mi lugar.

La vocación que siempre había negado estaba frente a mí y me esperaba con los brazos abiertos. Lo maravilloso de la vocación al sacerdocio es que no es algo limitado, sino algo vivo, dinámico, como el Amor de Dios.

Por esto después de unos años, después de haber terminado mis estudios en Roma en la Universidad Pontificia Urbaniana, el Señor puso en mi camino al obispo de Ecuador, y se abrió otro camino: ¡la misión!

La tentación fue en estos años haberme negado durante tanto tiempo a mi vocación, y haber aceptado el llamado del Señor a una edad tan tardía. Pero una frase me embargó el corazón: “Dios llama a quien quiere, como quiere, cuando quiere y donde quiere”.

Además ahora comprendo que este fue un tiempo del Señor, que encontró mi deseo más profundo respetando mi tiempo.

Es hermoso vivir la misión junto con los más necesitados, encontrarse con la gente y especialmente con los jóvenes que yo sigo con mucha atención, y con un lema tomado de las palabras de san Pablo: “Jóvenes, estén siempre alegres en el Señor”.

Porque sé que dentro de cada uno hay una sed grande, una necesidad de encontrar lo que de verdad les hará feliz y la alegría es un ingrediente importante en esta búsqueda que no hay que descuidar nunca.

¿No es este en definitiva el proyecto de salvación de Dios para cada uno: salvarnos a través Su Amor para que seamos libres y felices?

Precisamente hoy cuando estaba escribiendo este testimonio me llamó un amigo preguntándome si creía que el sacerdocio estaba en crisis. Le contesté que sinceramente creo que no.

Sacerdote celebrando

El ministerio sacerdotal es algo tan novedoso y excepcional…

Que un hombre sea llamado por el Señor para hacerle presente a Él en medio de los hombres, para regalar su perdón, para entregar su misericordia, para regalar su presencia, para convocar a los hombres para recibir un alimento que no termina, que es eterno: su Cuerpo y su Sangre… todo esto tiene una fuerza tal que siempre será atractivo para cualquier persona que haya conocido a Jesucristo.

A pesar de los escándalos que pueda haber, que son fruto de los pecados que tenemos los hombres, y eso será así hasta el final de los tiempos –no es que lo esté justificando en absoluto, pero esto ciertamente va a estar presente en la historia–, el atractivo del sacerdocio es algo excepcional.

Es cierto que nosotros podemos manchar el ministerio, pero Jesucristo lo presenta con una claridad, con una diafanidad, una belleza y una riqueza… que eso no lo puede quitar ningún pecado de este mundo.

¡En todo la confianza del corazón! Confianza en su amor, que nos hace responder con sencillez, pero con gran esperanza. ¡Cierto que Él nunca nos defraudará!

Padre Alessandro Renò

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