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Pironio, un cardenal rumbo a los altares

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Su fama de santidad es muy grande en Argentina y en todo el mundo

Contaba un recientemente fallecido cardenal que había dos ex compañeros suyos de una evidente fama de santidad que la Iglesia no debiera demorar en reconocer: François-Xavier Nguyen van Thuan y Eduardo Francisco Pironio (1920-1928). Allá por 2008, este viejo prelado ya confesaba con orgullo haber declarado en la causa de estos dos, para él, ex compañeros santos.

Recién 8 años después, fue cerrada la fase diocesana de la causa de canonización de una de estas dos emblemáticas figuras, el cardenal argentino Pironio. Tuvo lugar en Roma, puesto que en esta diócesis falleció este prelado de extenso servicio en la curia, donde fue tanto prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, como presidente del Pontificio Consejo para los Laicos.

Pero antes, el camino de Pironio de Pastor en la Argentina y América Latina ya dejaba frutos. Tras su ordenación, se dedicó varios años a la formación de seminaristas en la localidad de Mercedes, y tras completar estudios en Roma, llegó a ser el primer sacerdote diocesano rector del seminario Arquidiocesano de Buenos Aires, tras un período en el que el seminario estuvo confiado a la Compañía de Jesús.

Siendo rector del seminario fue designado obispo auxiliar de La Plata, y pudo participar de las últimas dos sesiones del Concilio Vaticano II. Pudo trasladar su experiencia conciliar tanto a la diócesis de Mar del Plata, de la que fue elegido Obispo, como al naciente Consejo Episcopal Lationamericano (CELAM) del que fue secretario general y presidente.

Desde el CELAM, y por su labor en la Conferencia General del Episcopado de Medellín, fue uno de los principales impulsores de la opción preferencial por los pobres, que en una Latinoamerica convulsionada por conflictos ideológicos lo llevó a recibir numerosas amenazas. Esta opción por los pobres, asumida por distintas ramas de la Teología la Liberación, fue vivida por naturalidad y desde un marco eclesial por Pironio. Explicaba en una entrevista a Aleteia monseñor Fernando Vergez, secretario suyo durante 23 años, que su opción por los pobres “no estaba limitada a la pobreza material; como dice en el Evangelio, primero predicó el Reino y luego les dio los panes”.

El Papa Pablo VI lo llevó a Roma para trabajar desde 1975 en la Congregación para la Vida Religiosa. Allí, como recuerda Vergez, tuvo una relación muy cercana y real con los pobres, mientras crecía en consideración de sus compañeros en la curia. Pablo VI lo creó cardenal en 2016 y lo nombró prefecto de esa Congregación. Su popularidad en Roma fue tal, que no son pocos los que aseguran que Pironio recibió votos en los cónclaves que eligieron a Juan Pablo I y Juan Pablo II.

Cuando Juan Pablo II lo trasladó al Pontificio Consejo para los Laicos, impulsó uno de sus grandes legados: las Jornadas Mundiales de la Juventud. Con los laicos y las agrupaciones laicales, como había hecho con los institutos religiosos, cultivó una gran cercanía que contribuye a la extensión de su figura por todo el mundo.

Sin embargo, el corazón de Pironio lo llamaba a otro lugar, al que quiso sus restos volviesen tras su fallecimiento. A la Virgen de Luján él atribuía la curación milagrosa de su madre, que después del primero no podía tener más hijos, y terminó teniendo 22. Él último de ellos fue Eduardo.

Su deseo, tras tantos años de servir en Roma, era que sus restos reposen junto a la patrona argentina. Allí descansan, en la capilla ubicada a la derecha del altar mayor, donde se conserva de puño y letra la explicación inicial de esa devoción a la Virgen y una emoción especial.

Sucede que cuando su madre enfermó, se encomendó a la Patrona argentina tras consultar con el obispo auxiliar de La Plata. Recuerda Pironio en ese relato expuesto sobre la lápida: “Después fui nombrado obispo auxiliar de La Plata, precisamente en el cargo de aquel que había bendecido a mi madre. El día de mi ordenación episcopal el arzobispo me regaló la cruz pectoral de aquel obispo, sin saber la historia que había detrás. Cuando le revelé al arzobispo que debía la vida al propietario de aquella cruz, lloró”.

Durante la ceremonia de clausura de la fase diocesana de su causa de beatificación, se recordó esta historia. Asistieron numerosos prelados que viven en Roma, que cada vez que peregrinan a Luján, en la Argentina, buscan pasar a rezar junto a los restos de un cardenal al que muchos ya consideran santo.

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