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Papa Francisco: Dios no nos clava a nuestro pecado, nos quiere liberar

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En el Ángelus, el Papa recuerda el episodio de la mujer adúltera

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma (cfr Jn 8,1-11) presenta el episodio de la mujer adúltera, subrayando el tema de la misericordia de Dios, que no quiere nunca la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

La escena tiene lugar en la explanada del templo. Jesús está enseñando a la gente, y he aquí que llegan algunos escribas y fariseos que arrastran ante Él a una mujer sorprendido en adulterio. Esa mujer se encuentra así en medio entre Jesús y la muchedumbre (cfr v. 3), entre la misericordia del Hijo de Dios y la violencia de sus acusadores.

En realidad, ellos no han venido donde el Maestro para pedirle su parecer, sino para tenderle una trampa. De hecho, si Jesús sigue la severidad de la ley, aprobando la lapidación de la mujer, perderá su fama de mansedumbre y bondad que tanto fascina al pueblo; pero si quiere ser misericordioso, deberá ir contra la ley, que Él mismo ha dicho que no quiere abolir, sino cumplir (cfr Mt 5,17).

Esta mala intención se esconde tras la pregunta que le plantean a Jesús: “¿Tu que dices?” (v. 5). Jesús no responde, calla y realiza un gesto misterioso: “se inclinó y se puso a escribir con el dedo por tierra” (v. 7). Así invita a todos a la calma, a no actuar en la onda de la impulsividad, a buscar la justicia de Dios. Pero ellos insisten y esperan de Él una respuesta. Entonces Jesús alza la mirada y dice: “El que de ustedes esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (v. 7).

Esta respuesta desplaza a los acusadores, desarmándoles a todos en el sentido auténtico de la palabra: todos depusieron las “armas”, es decir, las piedras a punto de ser arrojadas, tanto las visibles contra la mujer como las escondidas contra Jesús. Y mientras el Señor continua escribiendo en tierra, los acusadores se van uno tras otro, comenzando por los más ancianos, más conscientes de no estar sin pecado.

Quedaron solo la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia, una frente a la otra. “Mujer, ¿dónde están?” (v. 10), le dice Jesús. Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia y de amor, para hacer sentir a esa persona – quizás por primera vez – que tiene una dignidad, que ella no es su pecado, que puede cambiar de vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar por un camino nuevo.

Esa mujer nos representa a todos nosotros, pecadores, es decir, adúlteros ante Dios, traidores de su fidelidad. Y su experiencia representa la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: no nuestra condena, sino nuestra salvación a través de Jesús. Él es la gracia, que salva del pecado y de la muerte. Él escribió en la tierra, en el polvo del que está hecho todo ser humano (cfr Gen 2,7), la sentencia de Dios: “No quiero que mueras, sino que vivas”. Dios no nos clava a nuestro pecado, no nos identifica con el mal que hemos cometido. Nos quiere liberar, y quiere que también nosotros lo queramos con Él. Quiere que nuestra libertad se convierta del mal al bien, y esto es posible con su gracia.

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