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¿Es correcto que un sacerdote use el celular en el confesionario?

Henry Vargas Holguín - publicado el 10/03/16

La manera de administrar los sacramentos también cuenta

El Miércoles de ceniza pasado fui a confesarme y en el momento de mi arrepentimiento incliné mi cabeza, cerré mis ojos y al entreabrirlos de nuevo, vi que el sacerdote que me confesaba estaba haciendo el uso del smartphone (no supe si respondió a un mensaje o tomó un selfie). Pensé que era la última misa del día y tal vez estaba agotado, pero para mí fue desconcertante y tragué mis palabras porque era un día muy grande para mí ya que llevaba tres años sin ir al templo… ¿qué se hace en estos casos?

Los sacramentos -en este caso la confesión- tienen su propia eficacia, más allá de la actitud de la persona que los administra, mayor o menor según la apertura y disposición de la persona que los recibe.

En teología existen las expresiones ex opere operato y ex opere operantis.

Estas fórmulas en un principio se utilizaron para indicar el valor salvífico objetivo de la crucifixión de Jesús, por una parte; y la acción subjetiva de quienes lo crucificaron, por la otra. Luego pasaron a la teología sacramental para explicar la relación entre sacramento y fiel o receptor.

1. Ex opere operato: Ex opere operato indica el modo objetivo de obrar de los sacramentos: estos infunden la gracia en el sujeto en virtud de la acción sacramental cumplida debidamente, en virtud y por autorización divina.

Esta expresión se aplica con respecto a los sacramentos en sí mismos para significar que estos tienen su propia eficacia independientemente de quién sea el ministro ordenado (obispo, sacerdote, diácono); o de que este sea o no santo; o de que ejerza o no su ministerio en estado de gracia.

¿Qué se quiere decir con esto? Pues que los sacramentos tienen su propia virtualidad, indiferentemente de quién los administre. Los sacramentos «trabajan» u obran ex opere operato y por tanto, no importa tanto quién sea el ministro ordenado.

2. Ex opere operantis: Esta expresión se aplica con respecto a los fieles. El ex opere operantis es lo que tiene que poner quien quiere recibir los sacramentos.

Si bien es cierto que hay que resaltar la causalidad salvífica exclusiva de Dios, también es importante la respuesta de la fe dada por el sujeto, aunque esta está en un segundo plano respecto a la acción de Dios.

La actitud previa del fiel receptor en el momento de recibir el sacramento y la consecuente disponibilidad para la respuesta adecuada son las disposiciones necesarias para recibirlo.

Y es que los sacramentos no son acciones «mágicas» que causen efectos, por ejemplo, en aquellos que no tengan la correcta disposición (incluyendo la falta de preparación o que esta sea insuficiente) o estén en pecado.

No debe haber obstáculo a la gracia por parte del fiel que quiere o puede recibirla.

Es pues necesaria la disposición correcta del sujeto en la recepción de los sacramentos. Si las disposiciones son insuficientes o nulas, la gracia no dará los frutos.

En este caso, es un error del sacerdote usar el móvil durante la confesión. Incluso fuera de la celebración de los sacramentos, estando el sacerdote dentro de la iglesia, creo que debe dar ejemplo y observar el silencio y/o salvaguardar el respeto que merece el lugar.

Si obligatoriamente debe usar el teléfono móvil para hablar, mejor salir de la iglesia, pero sin interrumpir ninguna celebración.

Ahora dentro del confesionario, en ausencia de algún penitente, no hay prohibición alguna para mirar el dispositivo móvil pues podría estar haciendo una lectura espiritual o aprovechando el tiempo para algo necesario, se supone; pero eso sí mejor limitar su uso al máximo.

Hay gente que entra a una iglesia y utiliza el dispositivo móvil para rezar, etc.

A usted que realiza la consulta, le animo a tener paciencia y perdonar el hecho, y no permita que se le debilite su fe en la acción de Cristo a través de los sacramentos.

Es cierto que las personas reciben la gracia sacramental según su capacidad y según su disposición; pero al mismo tiempo esa disposición puede mejorar o empeorar según la actitud del sacerdote tanto fuera como dentro de la acción litúrgica.

Es decir, quien administra el sacramento puede debilitar o fortalecer la fe del fiel, su respuesta, su interés por la salvación, su deseo de mantenerse fiel al Señor.

Si el sacerdote afloja, es posible que el fiel también lo haga porque la gente observa; la gente necesita ser estimulada.

En este sentido el sacerdote debe estar atento a cómo administra los sacramentos pues puede estar influyendo negativamente en los fieles.

El ministro ordenado debe ejercer su ministerio consciente que actúa in persona Christi, consciente de sensibilizar a los fieles a favor de lo sagrado.

Y no sólo, el ministro ordenado debe velar por que no se destruyan ya desde un comienzo los efectos sacramentales, porque se corre el riesgo de echar las perlas de la gracia divina a quienes no saben lo que hacen o a personas a las que no se les ha preparado a conciencia para ello.

Para evitar comportamientos que escandalicen a los fieles, el ministro ordenado es invitado por el Buen Pastor a velar por que la administración de los sacramentos no se convierta en una rutina más.

Así, si no se vigila se corre el riesgo de acostumbrarse a lo santo, maltratándolo o banalizándolo; se corre el riesgo de convertir el sacramento o misterio en una rutina casi mecánica.

Sacramento es una palabra que quiere decir cosa sacra: Cosa sancta o sagrada. Su equivalente en griego es la palabra mysterium.

Es un serio problema, por ejemplo, que el ministro ordenado en la administración de los sacramentos, a fuerza de repetir una y otra vez las palabras de las oraciones, deje de vocalizar bien pues las oraciones ya se las sabrá de memoria.

O que le reste importancia o seriedad a la acción litúrgica poniéndose a mirar para todos los lados; o que profiera en público (y a veces sin caridad) advertencias y observaciones a fieles, acólitos o sacristanes.

O que, por prisas o por despiste, no prepare lo necesario; o que confiera el sacramento sin los ornamentos adecuados; o que tenga un descuidado aspecto exterior; o que desarrolle el acto litúrgico con una actitud distraída perceptible hasta para el menos atento.

O que detenga brevemente el rito sacramental para ponerse a mirar dispositivos móviles; o manifestando el aburrimiento propio de quien está haciendo algo que se ve forzado a hacer.

O que administre el sacramento sin ponerle el interés debido; o que no le ponga el alma al sacramento, sino apenas la justa atención para que tenga validez.

Un ministro ordenado así pone a prueba la fe, el respeto y hasta la paciencia de quienes le ven.

Su actitud está proclamando a los cuatro vientos que todo aquello que está haciendo no tiene sentido o no lo cree; que su ministerio es un oficio que tiene que desempeñar aunque no le entusiasme demasiado ejerciendo sobre los fieles una pésima influencia, siendo incluso la causa del alejamiento de Dios por parte de los fieles.

Si la liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, toda celebración litúrgica, “por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y con el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (SC, 7).

De consecuencia es Jesucristo quien ejerce su sacerdocio a través de la liturgia, de aquí deriva la actitud pulcra, decorosa y correcta a tener en cuenta por parte de los ministros ordenados a la hora de desempeñar su papel en las acciones litúrgicas; de tal manera que los fieles perciban la acción de Jesucristo sumo y eterno sacerdote en sus vidas.

Por tanto el ministro ordenado es invitado a no tratar con ligereza realidades que de por sí son sobrecogedoras por su carácter y grandeza.

La correcta actitud del ministro ordenado en la administración de cualquiera de los sacramentos debe ser la mejor forma de predicación, debe ser una predicación viva que refleje la santidad de los misterios.

El ministro ordenado es invitado a recordar que los sacramentos, “en cuanto signos, tienen también un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que, a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas: por esto se llaman sacramentos de la fe” (SC, 59).

Por tanto el obispo, el sacerdote o el diácono, en cuanto ministro de los sacramentos, debe procurar estar, y no solo in actu, imbuido tanto de la trascendencia de la acción litúrgica que realiza como de su obligación de EDIFICAR a los fieles poniendo a su alcance el sentido de los signos sacramentales.

Si no se cuida el rito o todo cuanto está mandado observar, incluso hasta en los detalles más pequeños, el fiel se puede resentir; por esto es bueno cuidar desde la mesura y dignidad de los gestos, hasta la pronunciación (pausada e inteligible) de las oraciones y/o fórmulas.

Para esto es importante que el ministro ordenado sea consciente de lo que es y tenga en cuenta la dignidad que tiene para que la valore, sobre todo en el caso de los obispos y sacerdotes.

La dignidad sacerdotal no proviene de los méritos personales ni siquiera de la santidad personal, sino de los poderes que Cristo le ha dado al sacerdote para que cumpla con las funciones que Él mismo le ha encomendado.

Tanto sacerdotes como fieles debemos recordar que todo sacerdote tiene un poder que no tienen ni siquiera los ángeles, que son seres puramente espirituales muy poderosos y cercanos a Dios.

A ningún ángel Dios le ha dado el poder de realizar el milagro de la transubstanciación, ni tampoco el milagro de absolver los pecados.

A este propósito recordemos unas palabras muy famosas de san Francisco de Asís sobre la figura del sacerdote. Él, palabras más palabras menos, decía: “Si me encontrara simultáneamente con un ángel bajado del cielo y con un sacerdote, saludaría primero al sacerdote y le besaría las manos, ya que ellas tocan al mismo Dios, por lo que son algo sobre humano”.

A través del orden sacerdotal, el sacerdote es constituido representante oficial de Cristo en la tierra, es otro Cristo, y tiene el poder de actuar en su nombre.

El sacerdote es como un puente entre cielo y tierra, porque es el instrumento que Jesús utiliza para llevarnos hacia Dios y parar traernos a Dios, a través de la administración de los sacramentos.

¿Se puede pensar que esa altísima dignidad esté al alcance de cualquier hombre si Dios no lo llamara?

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