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“Trainspotting”: 20 años buscando la vena

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Una película sobre adicción a las drogas y delincuencia que se convirtió en objeto de culto para una generación

No era nada fácil conseguir una película repleta de acción, excelente música y momentos divertidos en torno a un tema tan duro como el de la droga y la delincuencia. Pero además de las excelentes interpretaciones de un completo elenco que desde entonces en muchos casos se ha convertido en un plantel de rostros habituales en grandes títulos, hay que agradecer al director Danny Boyle la la labor de plasmar en imágenes un libro tan duro como complicado de llevar a la pantalla, algo en lo que colaboró el propio escritor, Irvine Welsh, como coguionista.

El sincopado arranque de la película, con un delgadísimo (y jovencísimo) Ewan McGregor huyendo a toda velocidad tras haber cometido un hurto con el que pagar sus vicios variados, no nos mete en la acción sino que la arroja sobre nuestro rostro. Y a partir de ahí todo es un muestrario de personajes variopintos (por ser amable) y situaciones y circunstancias de una marginalidad que resultan atractivas (incluso en los casos más inmundos) gracias a la fotografía de Brian Trufano.

Y, de nuevo insistimos, la imprescindible banda sonora repleta de piezas de éxito décadas atrás y acertadamente seleccionadas entre lo más destacado del momento en que se estrenó la película, una treintena de canciones recogidas en dos volúmenes que cualquier amante de la música sabrá apreciar.

Al igual que se ha dicho del cine de Sam Peckinpah o de Quentin Tarantino con respecto del atractivo que consiguen crear en torno a la violencia, lo cierto es que los personajes violentos, débiles, delicuescentes, desorientados y que asumen elecciones más que desacertadas pueden llegar a resultar si no atractivos al menos sí interesantes, como así puede resultarle a alguno este universo marginal, lisérgico, delictivo y de (insistimos) elecciones no siempre acertadas.

En otro estilo (los tiempos mandan, las modas cambian) pero aquella época de “pelis de delincuentes juveniles” también hizo que en muchos adolescentes (y algunos no tan adolescentes) se despertase ese ansia de emulación de personajes que existía en el mundo real (con el Vaquilla y el Torete como máximos exponentes) y que a través de la pantalla podían provocar un buen número de películas debidas a Jose Antonio de la Loma, a caballo (no va con segundas) de las décadas de los 70 y 80: “Perros callejeros” (1977), “Perros callejeros II: busca y captura” (1979), “Los últimos golpes de el Torete” (1980) o “Yo, el Vaquilla” (1985).

Ese grito de guerra de “písale Torete, que es robao” animando a la huida en coche ajeno y esa banda sonora flamenca y carcelaria contrastan poderosamente con lo que podríamos llegar a denominar mensaje y ambientación de “Trainspotting”.

Sus canciones, grabadas a fuego para muchos en relación con las poderosas imágenes conseguidas por Danny Boyle en relación a los momentos de la película en las que sonaban, probablemente llegarían a animar a pocos espectadores a lanzarse irreflexivamente en manos de las sustancias alteradoras de los estados de conciencia.

Quizá, y a diferencia de esas otras películas relacionadas, el mensaje final que tras hora y media de peripecias al margen de la ley (y de la salud) nos dirige mediante voz en off el bueno de Renton (sonriente Ewan McGregor caminando hacia la cámara hasta difuminarse) puede ser, en realidad, el resumen de una filosofía de vida que en el inicio el protagonista defiende como la única posible para eludir compromisos, rutinas y responsabilidades mientras que al final emplea la misma y ya popularizada fórmula (“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia…”) para justificar lo que podríamos denominar una redención (aunque a ello contribuya llevarse el botín de un robo cometido en comandita con sus compañeros) con esa declaración de principios final, sonriente y difuminándose, que constituyen el más preclaro canto al principio de libre albedrío del que dispone el ser humano: elige la vida.

Y es que muchos no sabrán el significado del título de esta película, pero conocerlo puede resultar esencial para comprender en su completa complejidad la trama. En pleno esplendor de la Revolución Industrial el ferrocarril se extendió por Gran Bretaña con profusión de tendidos de vías, recorridos, destinos, convoyes, horarios… y se convirtió en pasatiempo comprobar la puntualidad del paso de las locomotoras así como sus destinos y los tipos de vagones y/o máquinas que los propulsaban que cada “participante” en dicho juego conseguía avistar.

Literalmente eso es lo que significa la palabra que da título a la novela/película: “avistamiento de trenes”. Pero el nombre de ese “pasatiempo” se empleó en las décadas de los 70, 80 y 90 para referirse al “pasatiempo” de inyectarse droga en las venas del brazo, lo que conseguía un efecto visual, por acumulación de pinchazos a lo largo de la vena, similar al del listado en el que se anotaban los trenes cuyo paso se había controlado.

Puestos a elegir pasatiempo, Renton nos muestra finalmente que tras atravesar circunstancias difíciles, dolorosas y peligrosas, puede ser mejor idea optar por abandonar la autodestrucción y apostar por la vida.

 

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cine
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