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¿Conoces otra obra maestra de Haendel que no sea «El Mesías»?

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En los oratorios es donde este compositor encontró la mayor realización de su genio

A la edad de 63 años Händel compuso Salomón, un oratorio en inglés considerado como una de sus últimas grandes obras maestras.

Antes de nada, recordemos que el término “oratorio” tiene su origen en el latín oratorium, que designa un lugar de oración propio para los ejercicios espirituales donde la música toma tal vez un lugar predominante.

Esta forma vio la luz en Italia, para luego desarrollarse hasta alcanzar la perfección a través de la música de Händel.

Tras convertirse en ciudadano británico, Händel se distanció del modelo de oratorio italiano. Pero al introducir el género en Inglaterra, había de darle una identidad particular.

La peculiaridad de los oratorios de Händel es que están fuertemente impregnados por las experiencias artísticas del autor como compositor de óperas: acción dramática y confrontación de los personajes, todo ello en una mezcla sutil de recitativos, arias y coros.

Salomón es un oratorio monumental que describe el apogeo del rey bíblico del Antiguo Testamento, conocido por su inmensa sabiduría, a través de los tres grandes momentos de su vida: la construcción del Templo de Jerusalén, el célebre juicio y la visita de la Reina de Saba.

Händel comenzó la composición del oratorio el 5 de mayo de 1748 y lo finalizó el 13 de junio del mismo año. Como punto final para el último coro, escribe “S.D.G”, (Soli Deo Glori, Sólo a la Gloria de Dios).

La primera parte del oratorio festeja la finalización tan esperada de la construcción del Templo de Jerusalén, cuya edificación había sido prohibida a David, padre de Salomón, debido al derramamiento de sangre que había manchado su reinado.

La segunda parte del oratorio comienza con la celebración de Salomón con este maravilloso y animado coro de israelitas, From the censer curling rise:

From the censer curling rise

Grateful incense to the skies

Heaven blesses David’s throne,

Happy, happy Solomon!

Live, live for ever, pious David’s son;

Live, live for ever, mighty Solomon.

“El humo del incienso

se eleva en acción de gracias hasta el cielo.

Dios bendice el trono de David.

¡Feliz, feliz, Salomón!

¡Que viva por siempre el piadoso hijo de David,

que viva por siempre el poderoso Salomón!”

 

La sabiduría del rey Salomón

Es también en la segunda parte de este oratorio donde descubrimos el famoso episodio que hizo tan famosa la figura del rey Salomón.

El Primer libro de los Reyes (3, 16-28) relata las discrepancias que enfrentaron a dos mujeres que habían dado a luz cada una a un hijo, pero uno de ellos había muerto.

Las dos mujeres se disputaban la maternidad sobre el hijo superviviente, a lo que Salomón, para resolver el desacuerdo, pide que le traigan una espada y ordena: “Partid en dos al niño vivo, y dad la mitad a la una y la otra mitad a la otra”.

Una de las mujeres exclamó que prefería renunciar al niño antes que verlo sacrificado. En ella reconoce Salomón a la verdadera madre y hace que le devuelvan al bebé.

La llegada de la reina de Saba

La tercera parte evoca la llegada a Jerusalén de Nicaula, la reina de Saba, a la que se ofrece una visita guiada por las mayores glorias del reino de Salomón.

El aria introductoria es sin duda una de las más célebres de Händel, aunque pocos saben que pertenece a este oratorio.

Este breve y animado pasaje instrumental para dos oboes y cuerda describe perfectamente la riqueza del rey Salomón y la imagen resplandeciente que quiere ofrecer a su visitante.

La partitura de Händel, magnífica en su diversidad, constituye una de sus más grandes obras y demuestra que Händel sigue siendo indudablemente un compositor magníficamente teatral.

Los poderosos coros que la componen son absolutamente estimulantes, llenos de expresividad y con estilos variados y deslumbrantes.

Su producción de oratorios bíblicos es rica y por lo tanto no debe ser reducida únicamente al Mesías, si bien es merecidamente considerado como el oratorio más exitoso y majestuoso que realizara.

Sus otras composiciones cubren un abanico considerable que va desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis de San Juan: Israel en Egipto (1738), Saúl (1738), Belsasar (1744), Susanna (1748) y muchos otros…

Todas estas obras maestras, aunque muy poco conocidas hoy día, merecen ser destacadas y mejor difundidas. Como escribía el musicólogo Jacques Michon: “Es sin duda en sus oratorios –profanos o sagrados– donde Händel […], gracias a una personalidad artística nutrida a la vez por la ópera italiana y por la tradición inglesa de música de iglesia, encontró la mayor realización de su genio”.

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