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Síntomas de desolación y consejos para afrontarla

Radio Maria - publicado el 03/03/16

Si no los necesitas ahora, los necesitarás más tarde, dice san Ignacio

Existen en nosotros dos experiencias muy fuertes en lo más profundo de nuestro ser si vivimos en sintonía con lo que nos ocurre, si no estamos dispersos, si no vivimos hacia fuera. Por un lado se da la consolación, que proviene del Buen Espíritu, por otra parte la desolación que se origina en el mal espíritu.

San Ignacio describe ambas, pero para la consolación es menos lo que dice. Sólo pone dos consejos para los consolados.

Undica sin embargo mucho más para los desolados a lo que describe como una oscuridad en el alma, turbación, atracción por cosas bajas y mundanas, inquietud por abundantes y variadas agitaciones y tentaciones que mueven a desconfianza, desesperación y fealdad.

El alma se encuentra, cuando uno está desolado, toda floja, toda tibia, como separada de Dios, desolado, es decir, solo, alejado de Dios.

A una monja que experimentaba esta desolación interior, san Ignacio le describe las características de la desolación y lo hace de este modo en una carta que le escribe:

El enemigo nos hace desviar de lo que hemos comenzado, trata de tirarnos abajo en el ánimo, en nosotros hay tibieza sin saber por qué estamos de este modo, no podemos rezar con devoción ni hablar ni oír cosa de Dios con gusto interior. Sentimos como si todos fuéramos olvidados de Dios, venimos a pensar que en todo estamos lejos de Dios, lo hecho y lo que querríamos hacer nada tiene sentido, todo es como si cayera en el vacío, nos trae a desconfiar de todo«.

Ignacio da sólo dos indicaciones para los que están consolados; que estén atentos para que cuando venga el tiempo de la desolación los encuentre bien parados (ha de pensar el que está consolado cómo hará cuando esté desolado).

Y también Ignacio, en el momento de la consolación pide no apurarse en tomar decisiones que sean de una excesiva generosidad. A esto lo hace sobre todo en las reglas de la segunda semana [de sus Ejercicios Espirituales, n.d.e.], en donde la tentación se manifiesta más bajo la forma de bien.

Ignacio da más indicaciones sobre la desolación y por eso vamos a trabajar más sobre este aspecto.

No es para describir tu corazón solamente, sencillamente hablamos de todo ser que pisa sobre la tierra, la descripción fenomenológica que hace Ignacio es de una clarividencia increíble de cómo nos pesca en nuestros estados de ánimos apartados del camino de la gracia o tentados para apartarnos de ese lugar.

Cualquiera que se reconozca así mismo como una persona frágil, débil, pecadora, el saludable reconocimiento de esta realidad nos hace bien a la hora de darle rostro a nuestra real condición y desde ese lugar buscar en Dios, con paz, la manera de recorrer otros caminos.

Los síntomas de la desolación

El desolado tiende a encerrarse en sí mismo. Le cuesta amar, la caridad se le torna un suplicio, los demás pierden importancia, desaparecen de su corazón, la persona empieza a querer morderse la cola, girar sobre sí misma.

Vienen de repente a la memoria broncas, rencores, fracasos, tendencias a desvalorizarse, a no sentir el amor de Dios.

Me llamó la atención, en la película El Rito, cómo el diablo, cuando habla en la boca de los que están poseídos por su espíritu, lo que hace es recordarle a los exorcizantes sus pecados del pasado, y trabaja sobre la culpa.

Muy lejos está del Buen espíritu refregar sobre nosotros el pecado, no deja de mostrarlo, pero cuando es el buen espíritu el que muestra el pecado la persona siente una mordiente dentro suyo que le hace salir de sí misma. Cuando es del mal espíritu nos viene el remordimiento más que una mordiente que nos haga salir de nosotros.

Algunas expresiones típicas de nosotros cuando estamos desolados: basta, estoy harto, yo dejo todo, esto es inútil, nadie me ayuda, todo está perdido.

Estas son descripciones típicamente de un pueblo, el nuestro, desolado, que a veces bajo los influjos de un cierto ritmo tanguero hacemos de la vida un melodrama. Para qué hablar, nadie me entiende, no, no me conocen.

Otra expresión: «Imposible seguir luchando contra todo», todo es una gran cosa que no es nada digamos, pero así se presenta como un fantasma la realidad. Otra reacción: «yo hago la mía, me corto solo». Típicamente en la sociedad individualista en la que vivimos esto es un mal ya instalado en el espíritu del mundo.

También se presenta bajo otro rostro, el de la poca valoración de sí mismo: no valgo nada, no sirvo para nada, nadie me quiere, nadie entiende lo que me pasa.

Otro modo, cuando uno tiene una responsabilidad frente a otros en la conducción, en la educación, en la paternidad, maternidad, pastoreo, y se siente que ha sido traicionado en el ejercicio de su servicio dice: bueno, listo, que se las arreglen solos, basta, que Dios los ayude, yo también tengo derecho… como renunciando a la lucha desde ese lugar de conducción.

También suele pasar que cuando uno es guiado, cuando es conducido y a veces se siente que “no soy tenido en cuenta como son tenidos en cuenta otros”, toda una expresión del mal espíritu, la persona desolada dice: «nadie confía en mí, todo a los demás, y en mí quién confía, quién me tiene en cuenta».

¿Qué es la desolación? Es un estado de tentación, es un alma arrugada. El desolado tiene el alma arrugada como una lechuga que se pone en el congelador.

El estado de desolación no es una tentación puntual, sola o aislada, sino que es eso, un estado, en donde todo esto que hemos descrito, está allí expresado en rasgo distinto y más de lo que podríamos decir.

Luchar contra la desolación: paciencia y humildad

Ignacio pone primero, ante la desolación, la paciencia. Ni si quiera tener paciencia, sino estar en paciencia, que implica un estado.

El desolado siente la ausencia de Dios que aparentemente se nos durmió en la barca o no nos escucha, por lo que estar en paciencia es importante.

Después la humildad como arma, la tierra desconocida por el mal espíritu que es soberbio.

Cuando frente a las dificultades, las desolaciones o pruebas, nos ponemos en autosufiencientes u orgullosos, entramos en el terreno de la soberbia donde el mal es más fuerte que nosotros.

La humildad se manifiesta en dos gestos. Primero en rezar: el humilde reza, en cambio el soberbio no reza porque supuestamente no necesita nada.

Cuando uno está desolado, Ignacio recomienda rezar un poquito más, y “no sólo para resistir sino para vencer”. Uno ofrece esos 5 minutos de más, que parecen eternos, como ofrenda.

La segunda cosa en la que se manifiesta la humildad es el pedir ayuda. Ignacio dice que el mal espíritu busca silenciarnos, pasar encubierto, e intenta que el tentado no hable con aquellos que lo pueden ayudar.

Ignacio tiene una regla de oro: en tiempos de desolación nunca hacer mudanza. Implica no cambiar los propósitos, sobretodos los grandes, los de estados de vida, decisiones tomadas.

Y por otro lado, Ignacio recomienda mudarse mucho contra la tentación. Por ejemplo, si cuando estoy desolado tiendo a tirarme y no rezar, hacer lo contrario, rezo más; si me encierra en mi cuarto, entonces salir y encontrarme con la gente.

Además también hacer de mis tentaciones materia de oración, contarle al Señor lo que estamos viviendo y lo que nos está pasando.

También ayuda el recurso de la memoria. Cuando uno está tentado o desolado, sea cual sea la materia, por un lado golpea la unidad hay como un tironeo interior.

Por Javier  Soteras

Artículo publicado por Radio María Argentina

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