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La única oración que no logro rezar

Zoe Romanovsky - publicado el 03/03/16 - actualizado el 17/06/19

La oración de entrega de san Ignacio de Loyola no es para los débiles de corazón

Hace unas cuantas noches, mientras esperaba a que mi hija saliera de su clase de gimnasia, estaba leyendo el último libro de Dawn Eden, Remembering God’s Mercy: Redeem the Past and Free Yourself from Painful Memories, (“Recordando la Misericordia de Dios: Redímete de tu pasado y libérate de los recuerdos dolorosos”) cuando me di cuenta de que la autora usa la oración Tomad, Señor, de san Ignacio de Loyola, para los títulos de los capítulos.

Si hay una oración que nunca he sido capaz de orar con sinceridad, sin duda es esta. ¿Vosotros podéis? Si es que sí, sois de lejos más santos que yo.

Tomad, Señor (o Suscipe, “recibe”, en latín) es una oración profunda, conmovedora, pero cada vez que he intentado rezarla o cantar el himno tan conocido que usa la letra de la oración, mi cabeza se llena de reflexiones, a veces un poco alborotadas. Os explico mejor el proceso habitual de mi fracaso con esta oración:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,

¿Toda, Señor? ¿Por qué no sólo un poquito? En fin, hablamos de mi libertad, de mi autonomía; sinceramente, no me creo capaz de darte todo eso, por lo menos no ahora.

De todas formas, ¿qué quiere decir eso? Lo siento, me da miedo. ¿Tal vez cuando ya sea muy muy mayor? Bueno, sigamos…

mi memoria, mi entendimiento,

Vale, puedes llevarte todos los recuerdos dolorosos, eso es fantástico, y también estoy encantada con compartir los buenos contigo, aunque ya los conoces. Pero, ¿mi memoria de verdad? Eso no suena muy bien. Suena a que me voy a quedar con demencia senil.

¿Se supone que con esta frase te pido que habites mi memoria, que la infundas con tu Gracia? Bueno, ¿y por qué no lo dijo San Ignacio con esas palabras concretas?

No quiero que te lleves toda mi memoria; de hecho, ya ni siquiera es tan buena. Y eso de “mi entendimiento”, por favor, no. Me gusta mucho entender; necesito entender. Ni siquiera entiendo lo que se supone que significa esto. Anda, ¡quizás es que ya te has llevado mi entendimiento!

y toda mi voluntad,

Uf… Esta oración no va muy bien. Probablemente debería parar aquí.

todo mi haber y poseer;

Vos me lo disteis,

a Vos, Señor, lo torno;

Bueno, creo que puedo devolver algo de lo que me has dado… quizás. Algunas cosillas. Sé que me lo has dado todo, y estoy sinceramente agradecida, de verdad, pero ¿para qué querrías que te lo retornara todo? ¿En qué estaba pensando san Ignacio?

Todo es vuestro,

disponed a toda vuestra voluntad.

Sí, reconozco que todo es en primera y en última instancia tuyo, y que de verdad puedes hacer lo que quieras con ello porque yo soy demasiado pequeña como para aferrarme a nada si Tú de verdad insistieras en lo contrario, pero por favor, no hagas que suceda nada terrible. Es decir, nada que a mí me pareciera terrible. Porque eso sería terrible, para mí.

Dadme vuestro amor y gracia,

que esta me basta.

Esta frase sí que quiero que sea verdad. Sí quiero tu amor y tu gracia; lo pido constantemente. Pero la verdad es que no sé si eso es suficiente. Sé que debería ser suficiente, pero parece que siempre quiero más… *Suspiro*. Creo que ahora estoy deprimida.

***

Me da la sensación de que esta no es la forma en que san Ignacio, ni ningún otro santo, decía esta oración. De todas formas, con estas palabras me doy cuenta del tipo de entrega, el tipo de rendición por la que tengo que trabajar.

Al menos estoy en buena compañía: en su libro, Dawn Eden dice que tardó mucho tiempo en dejar de resistirse a la Oración de Jesús, pero que, llegado un tiempo de gran necesidad, le aportó gracia cuando tuvo el valor de decirla en oración.

Por ahora, creo que me centraré en la Oración ante el Cristo de San Damián, de San Francisco:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta…

Por Zoe Romanowskyeditora de estilo de vida y responsable de los contenidos multimedia de la edición en inglés de Aleteia.

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