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Buena noticia: Tú no eres tu pasado

Meg Hunter-Kilmer - publicado el 27/02/16

Todo lo que has hecho mal y todo el mal que se te ha hecho se pierde en el inmenso océano de misericordia de Dios

Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor a quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja él de nosotros nuestras rebeldías. Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen (Salmos 103, 11:13)

Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo, por gracia habéis sido salvados (Efesios 2, 4:5).

Creo que hay una tendencia entre los cristianos a creer que cuando Dios nos mira, ve a horribles pecadores, así que entorna los ojos, se dice alguna mentirijilla y continúa como fingiendo que todo va bien. Pero esto no es lo que nos dicen las Escrituras.

Su Palabra dice que nuestros pecados han desaparecido, que nos volvemos más blancos que la nieve. Y su amor no es proporcional a nuestra pureza.

Su amor es tan fuerte como altos son los cielos, y no a aquellos que le obedecen sino a aquellos que le temen, a aquellos que vuelven su mirada hacia Él buscando su misericordia.

Pablo lo deja aún más claro: Dios te encontró siendo un cuerpo mugriento, plagado de pecado, y te amó de igual forma.

No te vio como lo que eras sino como lo que podrías ser y te devolvió a la vida. Te restauró, por la sangre de su propio Hijo, te limpió y te dio ropas nuevas, no porque de alguna forma te lo hubieras ganado, sino por quién es Él.

Por la Gracia fuiste salvado. Simplemente porque Dios te quería. Y no te quiso porque fueras muy puro o bueno o listo. Dios no te ama porque tú hayas merecido ese amor; te ama porque Él es amor.

Esto quiere decir que nunca dejará de amarte, sin importar quién seas o lo que hayas hecho. Te trajo a la vida y fuiste renovado.

Tú no eres tu pecado. No eres tu pasado. No eres tu adicción ni tus abusos ni tus padres ausentes. Todo lo que has hecho mal y todo el mal que se te ha hecho se pierde en el inmenso océano de misericordia de Dios.

Eres una creación nueva, renacida en las aguas del bautismo y renacida de nuevo, cada vez, en el confesionario. Le perteneces.

Y por supuesto, si todo esto es cierto para ti, entonces también es cierto para todos los que se bañaron en las aguas del bautismo, para todos los pecadores que emergen del confesionario y para cualquier otra persona perdonada de alguna forma por la infinita misericordia de Dios.

Si Él me mira y no ve mi pecado, entonces yo no tengo derecho a mirar al presidiario o al político o al conductor agresivo o al familiar molesto y ver sus pecados.

Es labor de Dios la de juzgar  —no la mía— y aun así Él escoge la compasión. ¿Qué pasaría si yo también eligiera la compasión y mirara con ojos misericordes en vez de ojos críticos?

Esta Cuaresma voy a dejar de juzgar. El pecado sigue siendo pecado, claro. No voy a fingir que no hay reglas. Pero incluso en las muy pocas ocasiones que sea asunto mío, voy a ignorarlo y voy a ver a uno de los amados de Dios en vez de a un desgraciado pecador.

Cuando la gente charle en la iglesia o conduzca despacio en el carril rápido o publique comentarios desagradables en Facebook, ni siquiera voy a ponerme excusas: voy a optar directamente por la misericordia. Porque la misericordia me escogió a mí.

Sé que no puedo empezar a amar con el mismo amor del Padre. Y sé que nunca podré ofrecer misericordia igual que lo hace el Señor. Pero puedo elegir recordar que yo no soy mis pecados, lo que significa que tú tampoco eres los tuyos.

Durante este Año de Misericordia, descansemos en la misericordia de Dios y permitámosle decirnos quiénes somos. Ofrezcamos esa misma misericordia a los demás.

Jesús nos dice que aquel que es perdonado muestra mucho amor (Lucas 7:47). Sé que a mí me han perdonado mucho, más incluso de lo que soy consciente. Por eso, estoy intentando aprender a amar mejor.

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