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México es una sorpresa

© ALESSANDRO DI MEO / POOL / AFP
Pope Francis wears a traditional Mexican sombrero hat received as a gift by a Mexican journalist on February 12, 2016, aboard the plane to Havana.
Pope Francis headed to Cuba on Friday looking to heal a 1,000-year-old rift in Christianity before embarking on a tour of Mexico dominated by modern day problems of drug-related violence and migration. / AFP / POOL / ALESSANDRO DI MEO
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El último renglón de Francisco en México

Francisco escribía. Mientras escuchaba los mensajes de quienes tuvieron oportunidad de representar los perfiles y periferias de México en su visita apostólica, Francisco escribía. Ponía nombre y rasgos de las inquietudes y las alegrías que le manifestaban sus interlocutores.

Al final, no sabemos qué dicen esas líneas que ha puesto en papel pero sí podemos intuirlas por el mensaje que dio a la despedida de su estancia: “México es una sorpresa”.

México se abre a la realidad como una singularidad informe e inasible pero sumamente bella y vibrante. Su cultura y su mirada crecen festivas incluso en el fondo de una fosa; su calidez y hospitalidad son posibles aún entre la tregua y la tragedia; y su carácter se distingue en ocasiones más por los ausentes que por los que les buscamos en la memoria, la risa, la euforia o el llanto.

Se ha escrito mucho de lo que dijo o calló el papa Francisco en México; se han analizado con microscopio sus gestos y sus pasos, se le ha cuestionado por qué no dijo ciertas cosas, mientras otros se empeñan en justificar que sí lo dijo pero que no todos tienen capacidad de oír o escuchar igual.

Ya en el vuelo que le retornaba a Roma, Francisco resumió esto a los periodistas sobre México: “Es un pueblo que no se puede explicar… porque la palabra pueblo no es una categoría lógica, es una categoría mítica”.

¿Cuáles son los mitos que integran el relato mexicano hoy en día? ¿Ante qué supuestos nos encontramos ateridos? ¿Qué prodigio evita que el pueblo de México entienda que una tumba es sólo una tumba, que una muerte es una muerte y que la felicidad siempre es alegre? ¿Qué habrá visto Jorge Mario Bergoglio para que se haya convencido de que ‘México es una sorpresa’?

México no es ajeno a todas las problemáticas estructurales y sistemáticas que Francisco ha denunciado en todos sus mensajes, sus viajes y sus documentos. ¿Por qué entonces no dio desde este ‘Ombligo de la Luna’ el mismo discurso de denuncia al modelo, de exhortación a las organizaciones, de crítica a un sistema que envilece los dones en las manos de los dirigentes? ¿Por qué fue ‘suavecito’ en sus palabras, apelando al corazón personal, a la condición de prójimo, a la minoridad de las transformaciones?

¿Por qué sí señaló como ‘no cristiano’ al dirigente que desea construir muros en Estados Unidos pero no a quienes desde el poder han cooperado en la desaparición de tanta gente en México? ¿Por qué un pueblo como Cuba, despreciado, aislado y sojuzgado, sí puede ser capital de la unidad pero México no puede ser algo, sino apenas ser sorpresa?

México es una sorpresa y hay que estar abiertos al Dios de las sorpresas. Francisco ya le había dicho al mundo que no debe permanecer encerrado en sus propias ideas sino caminando.

En México, quiero pensar, Francisco escribió sobre sus notas los nombres de quienes caminan y están dispuestos a creer a pesar de tener tan pocas razones para hacerlo. Ser parte de una escritura cósmica como incluso se reconoció a sí mismo en el poema de Paz: «Soy hombre: duro poco y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: también soy escritura /y en este mismo instante alguien me deletrea».

Para Bergoglio, la categoría mítica de México es la sorpresa; y, si eso es cierto, entonces aún no hemos visto el último renglón que ha provocado Francisco en este país.

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