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La carrera o la vida

© Goodluz / Shutterstock
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No al pacto faustiano: el interés prioritario de una persona debe estar en aquellos para los que es realmente irremplazable

Llega un día, aseguran algunos, en que las ambiciones profesionales de las mujeres se topan con un techo de cristal producto del machismo invisible – y por lo tanto aún más insidioso– de aquellos que ostentan el poder.

Sin embargo, esta explicación, más propia de las teorías de conspiración –el prototipo de explicaciones no verificables y maniqueas–, debe más bien suscitar desconfianza, en lugar de consenso.

Pero lo que se pasa por alto sobre todo es una realidad prosaica: en el mundo profesional, el acceso a los altos cargos tiene que ver menos con criterios de competencia y resultados y más con el sacrificio e incluso la devoción hacia la institución.

El techo de cristal imaginario y la dificultad de elegir

Cuanto más esté dispuesto el aspirante a un puesto a sacrificar la mayor parte de su existencia en favor de su empleador –público o privado–, más oportunidades tendrá de ser investido por sus superiores como uno de sus iguales.

Sin embargo, esta elección tiene unas consecuencias que van mucho más allá del futuro de quien la toma.

Y es que aquel que está dispuesto a sacrificar sus noches, sus fines de semana y la totalidad o parte de sus vacaciones en el altar de sus ambiciones, no está sacrificando solamente su vida privada.

Sacrifica en especial la de su cónyuge, las de sus hijos y, de una forma más amplia, las vidas de todos aquellos que confiaban él y en los que él confiaba.

Vista desde este ángulo, la estadística de infrarrepresentación de las mujeres en las instancias dirigentes adquiere otro significado. Es el reflejo de una elección, no tanto de una no-elección.

Se trata de la expresión de una elección de estilo de vida –el de conceder prioridad a una vida más relacional, a la creación de lazos sociales fuera del ámbito profesional– y por lo tanto, la expresión de una preferencia.

En este caso, una preferencia por el altruismo por encima del rendimiento.

El llamado techo de cristal es por tanto una quimera: ¡no existe! Mujeres como Margaret Thatcher, Angela Merkel, Hillary Clinton, Christine Lagarde o Anne Lauvergeon no chocaron contra ningún techo de cristal.

Ellas hicieron como sus colegas masculinos: para poder acceder a los peldaños más altos del poder, aceptaron pagar un precio exorbitante. Hicieron como los hombres con los que se codean en la cima: aceptaron el pacto faustiano.

Ahora bien, es este pacto faustiano el que hay que denunciar –por el bien de hombres y mujeres, por el de sus allegados y, progresivamente, por el bien del conjunto de la sociedad–, mejor que intentar reforzar aún más la contratación de las mujeres.

El pacto faustiano o el arribismo como forma de vida

Uno no puede quejarse de los estragos causados por el individualismo y la atomización de la sociedad y al mismo tiempo tratar de convencer a las mujeres de que adopten el modelo egoísta y arribista de unos colegas que han renunciado voluntariamente a asumir sus responsabilidades morales.

No se trata solamente de que las mujeres dejen de organizar reuniones pasado su horario de trabajo, sino de incitar a los hombres a despegar los ojos de su propio ombligo para interesarse de forma prioritaria en aquellas personas para las que son realmente irremplazables.

No es una cuestión planteada en términos de guerra de sexos, sino en términos de opciones vitales y, a nivel colectivo, de opciones sociales: ¿debemos promover los comportamientos centrados en el rendimiento laboral o en el vínculo social?

¿Hemos de alentar a los empleados a dedicar más tiempo a sus familias o a su estrategia profesional?

¿Hemos de animar a los trabajadores a estar presentes en las vidas de sus hijos o a facilitar la subcontratación de la gestión del día a día a canguros y luego a maestros –públicos o privados, poco importa aquí– para poder ir desapareciendo mejor de las vidas de sus hijos?

¿Hay que animarles a subcontratar el cuidado de sus ancianos padres en manos de profesionales de la senectud o habría que animarles a estar aún más presentes en estos últimos momentos de su vida?

La denuncia recurrente de un techo de cristal imaginario no es sino la promoción encubierta de un pacto faustiano incompatible con cualquier forma de vida colectiva verdaderamente humana.

Es una cuestión de civilización. Pero, ¿quién de nosotros está dispuesto a escuchar?

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