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¿Conoces a la mujer que fue durante 28 años musa de J.S. Bach?

Petit Livre d’Anna Magdalena de 1722 © Wikipedia
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Un bonito retrato familiar y religioso de la segunda esposa del gran compositor alemán

Anna Magdalena, tan esquiva como entrañable. Segunda esposa de Johann Sebastian Bach, a quien le dará 13 hijos, permaneció durante 28 años como la admirable compañera del genio. No sabemos mucho de ella y, no obstante, es muy querida entre muchos melómanos.

¿Creeríamos la autobiografía de ficción escrita en el siglo XX, La pequeña crónica de Anna Magdalena Bach, que la imagina relatando la historia de su marido, que nos acerca a ella, que nos permite verla como el ser de carne y hueso que fue?

Probablemente, aunque imaginaria, nos encantaría pensar que la vida de los Bach fuera parecida a esta ficción: una vida familiar llena de alegrías, de tristezas, de hijos, de amor. Un auténtico “palomar”, como decía su hijo, donde se mezclaban amigos, estudiantes, músicos de paso y admiradores. Pero sobre todo, una vida de música y de fe profunda… Soli Deo Gloria, “Sólo a la Gloria de Dios”, como Bach gustaba escribir para firmar sus partituras.

Un rostro pintado jamás encontrado…

Anna Magdalena es quien, sin quererlo, ha eclipsado en nuestro pensamiento a la primera esposa de Bach, su prima Maria Barbara, con quien tuvo siete hijos durante sus 12 años de vida en común, antes de su repentina muerte en 1720.

El rostro de Anna nos sigue siendo desconocido, su retrato pintado nunca fue recuperado. La única huella real de ella es el pequeño libro de música creado en 1722 por su marido, exclusivamente para ella. Una especie de diario que no nos muestra nada acerca de su persona, pero que nos permite adivinar todo el afecto que siente Bach por su esposa, quince años más joven que él. El cuaderno incluye pequeñas composiciones escritas especialmente para ella y que le permitían practicar con el clavecín.

Un segundo cuaderno de música fue descubierto en 1725, donde se encuentran algunas piezas para piano, algunos pasajes copiados de otros compositores y también melodías cantadas, puesto que Anna era música y tenía una hermosa voz.

Entre las canciones encontradas hay una pequeña pero sublime melodía de Gottfried Heinrich Stölzel, Bist du bei mir (que durante mucho tiempo se atribuyó erróneamente a Bach), una especie de pequeño mensaje que los cónyuges parecían enviarse mutuamente: “Si estás conmigo, marcharé con gusto a la muerte y a mi reposo. ¡Ah! Mi fin sería feliz si son tus bellas manos las que cierran mis ojos fieles”.

Si bien los historiadores y musicólogos han escrito numerosas obras sobre Bach y su música, pocos se han detenido a profundizar en su entorno familiar. Con la excepción de Philippe Lesage, germanista y entusiasta de la historia antigua, que ha publicado un libro titulado Anna Magdalena et l’entourage féminin de J-S Bach  (“Anna Magdalena y el entorno femenino de J.S. Bach”). Es un trabajo de no poca envergadura el que ha desempeñado el autor: con un gran rigor científico, ha logrado cosechar minúsculos fragmentos de historia que nos permiten descubrir un poco mejor la enigmática figura de Anna Magdalena.

Una fe inquebrantable en Dios

¿Cómo vivió Anna esta vida dedicada por entero a la música? Nadie lo sabe, pero uno puede imaginar fácilmente a la pareja disfrutando de los placeres sencillos, mostrándose fuertes ante la adversidad, ante la aflicción, y compartiendo esta pasión por la música que marcaba el ritmo de cada etapa de sus vidas.

Pero, también como su marido, Anna poseía esa fe inquebrantable en Dios. Su pequeño cuaderno de música le permitió descubrir muchas corales litúrgicas, como ejercicios de piedad domésticos, del tipo que practicaban en el siglo XVIII en los países germánicos. Puesto que la fe de Bach era parte integral de sus vidas, este es el prisma esencial desde el que hay que entender la música del compositor.

A través de su música, Bach transporta nuestros sentidos a las puertas de la eternidad, nos hace entrever un pedazo de paraíso, nos da esperanza y, lo que es mejor, nos invita a creer. Como decía de él el escritor Julien Green: “Habla una lengua que se dirige a las profundidades del alma, una lengua que hace creer”.

Una obra inmensa y eterna que el filósofo Emil Cioran resumía en esta frase, ya célebre: “Si hay alguien que se lo debe todo a Bach, es sin duda Dios”.

 

 

 

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