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10 orientaciones del mensaje del Papa a los obispos

Aleteia Team - publicado el 21/02/16

Reflexión de Faustino Armendáriz Jiménez, obispo de Querétaro

El pasado 13 de febrero de 2016, en la Catedral metropolitana de la Ciudad de México, en el contexto de la Primera Visita Pastoral de Su Santidad Francisco a nuestro país, el Papa  sostuvo un encuentro con nosotros los obispos, en donde después de un significativo momento de oración ante Jesús crucificado, nos dirigió un largo y contundente mensaje que a nivel teológico y metodológico, se centró en reflexionar sobre el significado, la importancia y la trascendencia pastoral de la “Mirada de Santa  María de Guadalupe en la vida personal y en la misión del Obispo”.

El Santo Padre propone que la ‘Mirada de Santa María de Guadalupe’, debe de ser el modelo mediante el cual los obispos mexicanos y la Iglesia en general, debemos de mirar la realidad, para poder así estar en grado de responder a la naturaleza de la consagración episcopal, como pastores de mirada limpia, alma transparente y rostro luminoso.

El discurso se encuentra estructurado en cuatro grandes apartados: 1. Una mirada de ternura; 2. Una mirada capaz de tejer; 3. Una mirada atenta y cercana, no adormecida; y finalmente 4. Una mirada de conjunto y de unidad. Dicha estructura nos ofrece a su vez, varios temas que a nivel ‘programático’ son una propuesta pastoral del Papa para contribuir a la ‘conversión pastoral’, que busca fortalecer el desafío de la Nueva Evangelización, especialmente ante la realidad herida que el pueblo mexicano vive cada día, por las problemáticas sociales, políticas y económicas, la violencia y el crimen organizado, el secularismo y la falta de Dios en el corazón humano.

Quiero señalar ‘Diez Orientaciones Clave‘ que nos permitan asimilar este mensaje y enriquecernos de él, de manera que el obispo, los presbíteros, los diáconos, consagrados y consagradas y todos los fieles laicos, estemos en grados de contribuir —como en los albores de la primera evangelización— en la gestación de una cultura cristiana nueva que permita a los hombres y mujeres de nuestro tiempo experimentar la ternura y el amor de Dios,  como la única fuerza capaz de conquistar el corazón y así vivir como hijos amados de Dios.

  1. Necesidad de regazo

Les invito —señala el Papa—a partir nuevamente de esta necesidad de regazo que promana  del alma de vuestro pueblo”. Somos un pueblo que en gran medida, culturalmente explica su idiosincrasia en la figura materna, al grado de no entender la propia identidad sin ella. Hoy en día, nos damos cuenta que comunidades enteras siguen siendo sostenidas en el modelo matriarcal. Ofreciendo a la persona humana desde  los inicios de la vida, el calor y la ternura que sólo la madre puede ofrecer. Dicha realidad, muchas veces se ve ausente por situaciones adversas que se sufren, esto explica el hecho que la figura de la Santísima Virgen María de Guadalupe desempeñe históricamente el Ícono de la identidad nacional, pues en ella sentimos y experimentamos el regazo de la madre que perenemente nos acoge y consuela.  El pueblo mexicano en Santa María  de Guadalupe se descubre, se entiende y se significa, lo cual ha favorecido para que la fe cristiana anide muchas veces en el corazón de las personas. En este sentido el santo Padre afirma: “El regazo de la fe cristiana es capaz de reconciliar el pasado, frecuentemente marcado por la soledad, el aislamiento y la marginación, con el futuro continuamente relegado a un mañana que se escabulle. Sólo en aquel regazo se puede, sin renunciar a la propia identidad, «descubrir la profunda verdad de la nueva humanidad, en la cual todos están llamados a ser hijos de Dios»”. Los obispos estamos llamados  a reclinarnos  con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de la gente, descendiendo con atención y descifrando su misterioso rostro.

  1. Vigilancia

Cada uno de nosotros los obispos —y todos aquellos que hemos sido  llamados por Dios al pastoreo— estamos entonces llamados a tener una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Ello implica tener una mirada limpia, un alma transparente y un rostro luminoso. El camino para lograr esto es entonces, como nos enseña Jesús en su evangelio, la perenne trasfiguración; nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación. Cristo con su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. “Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). ¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Solamente contemplando continuamente  el rostro trasfigurado de Jesús  en la oración, podremos vernos libres de la mundanidad, el materialismo trivial y el afán de poder humano. De esta manera se entiende entonces —como ha dicho el Papa— que “el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial”.

  1. Cristo Jesús, fundamento de la existencia.

Ante las grandes incertidumbres y problemáticas que nos aquejan, motivadas en gran medida por la supremacía de la razón y de la tecnología mal encausada, se corre el riesgo de olvidarse de lo trascendente, así lo hemos podido constatar no sólo en nuestro tiempo, sino a lo largo de muchas décadas, especialmente cuando ha imperado de manera desequilibrada el pensamiento que se fundamenta sólo en la razón y en la experiencia de lo que se palpa y es demostrado científicamente, cayendo en el relativismo imperante de nuestro tiempo;  dudando incluso de Dios, quien fundamenta y sostiene la existencia.  En este sentido el santo Padre nos señala que: “Dios nos pide tener una mirada capaz de interceptar la pregunta que grita en el corazón de nuestra gente, la única que posee en el propio calendario una «fiesta del grito». A ese grito es necesario responder que Dios existe y está cerca a través de Jesús. Que sólo Dios es la realidad sobre la cual se puede construir, porque «Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano»”. Si queremos dar una respuesta a la “gran interrogante de nuestros días”, necesitamos sumergirnos en el misterio de Dios y así nuestras palabras serán un eco de aquello que personalmente hemos “visto y oído” (cf. Jn 20, 25).  “Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías”.

  1. Asumir los desafíos, mediante un proyecto pastoral que se centre en la familia y en las demás instituciones que buscan el bien común.

Las situaciones que vivimos hoy, plantean desafíos nuevos que para nosotros, a veces, son incluso difíciles de comprender. Nuestro tiempo nos pide vivir los problemas como desafíos y no como obstáculos. De manera especial el santo Padre señala el narcotráfico.  En este sentido el Papa nos pide no minusvalorar su complejidad. Él nos dice: “Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia”. Ante dicha realidad se nos exige un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral  para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza llevando a muchos a la indiferencia y al individualismo. En consecuencia si queremos afrontar dichos desafíos la primera instancia será la familia, involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, las comunidades políticas y las estructuras de seguridad. Es por ello que en la organización y programación pastoral, una ‘prioridad fundamental’ será la familia, especialmente para atender aquellas realidades que por situaciones adversas de la vida, se ha visto sometidas a nuevas problemáticas pretendiendo dar un nuevo rostro a la familia proyectada por Dios.

  1. Seguir la metodología de Dios, que teje su rostro en la historia con el hilo fino de la humanidad.

Conscientes del significado que ha tenido el acontecimiento de las apariciones de la Santísima Virgen María de Guadalupe, para la gestación de la nueva cultura mexicana,  el Papa nos invita a tomar como modelo la metodología  que Dios mismo utilizó para plasmar en el manto del alma mexicana el bello rostro de la “Morenita”. Dicha metodología toma en cuenta dos cosas: los colores vivos y los hilos. Es decir, el amor de Dios y el hilo fino de la humanidad con una buena dosis de paciencia divina que “urde” poco a poco  la historia personal y comunitaria.

Dios es un experto en humanidad, por eso pone siempre al centro a la persona, no como medio son como fin. Uno de los males de nuestro tiempo, es la ausencia de un verdadero humanismo. En este sentido el Papa nos señala: “Los diseños de Dios no están condicionados por los colores y por los hilos, sino que están determinados por la irreversibilidad de su amor que quiere persistentemente imprimirse en nosotros”. El camino para llegar al corazón del hombre será  el mismo hombre.

El Papa nos señala la importancia de redescubrir el ejemplo de ‘nuestros padres en la fe‘  que de manera sabia y contante supieron  introducir en su momento y para la posteridad, la semántica del misterio divino. Una semántica que consiste primero en aprender y luego en enseñar la gramática necesaria para dialogar con Dios. En esta línea nos exhorta a imitar la condescendencia y capacidad para reclinarnos en el rostro de María, dibujado en cada corazón de nuestros hermanos, especialmente en los pueblos indígenas. “Que las miradas de ustedes, … sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades; de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta, que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo”. Esto nos ayudará a dar respuestas y soluciones a los problemas complejos que vive nuestro México.

  1. Nueva Evangelización

Ya en otro momento se ha dicho que la nueva evangelización consiste en imaginar situaciones, lugares de vida y acciones pastorales, que permitan a muchos salir del “desierto interior”; tener el coraje de introducir el interrogante sobre Dios dentro de este mundo; tener el valor de dar nuevamente cualidad y motivos a la fe de muchas de nuestras Iglesias de antigua fundación: ésta es la tarea específica de la Nueva Evangelización.  Al respeto  el santo Padre nos ha dicho: “Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas”.

Necesitamos reinventar la Iglesia, no en el sentido de cambiar doctrinas o verdades que fundamentan el ser y quehacer del Cristianismo; necesitamos echar manos de la creatividad y la astucia evangélica, capaces de atraer a muchos para que logren encontrarse con Dios. Especialmente ofreciendo respuestas a las grandes interrogantes sobre la bioética, la salud y la familia.

Llama mi atención y me parece algo extraordinario que el Papa nos proponga hoy que la ‘catequesis mistagógica’ es el camino idóneo para la predicación del evangelio. En este sentido será necesario que conozcamos y profundicemos en la metodología de  los grandes mistagogos como: san Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia y San Ambrosio de Milán . Quienes conocedores de las Sagradas Escrituras, de las realidades sacramentales, de la retórica y de la simbología de su tiempo, trasmitían el mensaje del evangelio de manera artística, simbólica, capaz e imprimir en el corazón de sus oyentes no solo un conocimiento intelectual sino sobretodo vivencial del misterio de Dios.

Es necesario explicar el misterio no sólo de manera conceptual sino también de manera experiencial. La inteligencia más plena y fructuosa de los misterios se adquiere con la renovación de las explicaciones y sobre todo con la recepción continuada de los sacramentos. Es necesario que los pastores caigamos en la cuenta que esto es lo que mejor sabemos hacer: llevar a cada hombre de la mano para que conozca, contemple y se sumerja en el misterio de Dios y sea este misterio, quien le permita dar un giro a su vida cristiana, viviendo como un contemplativo.

  1. Conversión Pastoral

Uno de los temas neurálgicos de todo el discurso considero lo engloba la conversión pastoral, al grado que el santo Padre fue reiterativo al pronunciar dicho discurso.  “Solamente una valerosa conversión pastoral –y subrayo conversión pastoral– de nuestras comunidades puede buscar, generar y nutrir a los actuales discípulos de Jesús (cf. Documento de Aparecida, 226, 368, 370)”. De manera que la conversión personal despierte la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta. En una auténtica conversión pastoral se hace siempre más importante y urgente radicar y hacer madurar en todo el cuerpo ecle­sial la certeza que Cristo, el Dios de rostro humano, es nuestro verdadero y único salvador (DA 22). Cada bautizado, en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo (DA 162). En el Pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión (DA 163).

En este aspecto el santo Padre nos insta a colaborar para que la comunión se vea con claridad en la misión: “Por tanto, les invito a comprender que la misión que la Iglesia hoy les confía, y siempre les confió, requiere esta mirada que abarque la totalidad. Y esto no puede realizarse aisladamente, sino sólo en comunión”. En la medida que seamos signo de comunión, será más creíble y veraz nuestro ministerio y nuestro trabajo.

  1. La Virgen María, modelo de custodia.

El santo Padre es consciente que la “«Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran”, no duda en motivarnos para que siguiendo el ejemplo de la Virgen María, custodiemos a cada uno de los que de manera irrepetible nos miran en la búsqueda de Dios. Especialmente nos ha señalado el cuidado y la atención a nuestros sacerdotes, quienes constantemente están expuestos a la mundanidad que devora el corazón y quienes como hijos predilectos de la Santísima Virgen María, necesitan de la constante cercanía de nosotros los pastores.

  1. Recuperar el sentido de lo sagrado.

El mensaje de  Santa María de Guadalupe se centra pues, en pedir una “casita sagrada” para el Hijo de Dios que está por nacer, lo que significa que si se quiere asumir su mensaje, habrá que tener en cuenta dos cosas: en primer lugar, entender que la “casita” es aquel lugar teológico donde los más débiles y los que menos cuentan se sientan a gusto, se sientan como en casa. Donde se pueda vivir el calor del hogar, la cercanía y la familiaridad con los de la propia casa. En segundo lugar, la casita es “sagrada” pues ha de custodiar las cosas santas, las cosas de Dios, a todos los bautizados. El santo Padre nos recuerda que “Somos guardianes de este misterio. Tal vez hemos perdido este sentido de la humilde medida divina, y nos cansamos de ofrecer a los nuestros la «casita» en la cual se sienten íntimos con Dios. Puede darse también que, habiendo descuidado un poco el sentido de su grandeza, se haya perdido parte del temor reverente hacia un tal amor. Donde Dios habita, el hombre no puede acceder sin ser admitido y entra solamente «quitándose las sandalias» (cf. Ex 3, 5) para confesar la propia insuficiencia”. Esto nos hace pensar en que como sociedad y quizá como Iglesia, hemos perdido el sentido de lo sagrado y ante la realidad divina, se nos ha olvidado quitarnos las sandalias para pisar la tierra sagrada de la cultura, de la persona, de la dignidad de los pueblos y comunidades especialmente indígenas,  olvidándonos de su amor.

La palabra ‘secularización’ tiene múltiples significados. Proviene del latín tardío “sæcularis” – “terrenal, secular”, que también significaba en latín clásico “de una época”, proveniente de sæculum – “época, extensión de tiempo, generación” (de donde proviene la palabra castellana “siglo”). Esto nos permite quizá entender que la ‘secularización’ le ha ganado terreno a la ‘sacralización’ no solo a nivel cuantitativo, sino sobre todo a nivel cualitativo, es decir, hemos olvidado o estamos en este proceso de olvidar las raíces cristianas que han dado origen a la idiosincrasia de nuestro pueblo que nos distingue y define nuestra identidad nacional. Por tanto el Papa afirma:  “Sin rescatar, en la conciencia de los hombres y de la sociedad, estas raíces profundas, incluso al trabajo generoso en favor de los legítimos derechos humanos le faltará la savia vital que puede provenir sólo de un manantial que la humanidad no podrá darse jamás a sí misma”.

Recuperar el sentido de lo sagrado se verá reflejado en la defensa de la vida humana, desde su natural gestación hasta su muerte natural; recuperar el sentido de lo sagrado se verá reflejado en la vivencia de la propia vocación de consagrados, sea de nosotros los clérigos como de los religiosos y religiosas, de los matrimonios y de todos aquellos que hemos hecho una alianza de amor con Dios; recuperar el sentido de lo sagrado se verá reflejado en la defensa de los más débiles y los más vulnerables, pues como señala el Papa “El protagonista de la historia de salvación es el mendigo”; recuperar el sentido de los agrado se verá reflejado en el cuidado de la casa común, como el lugar sagrado donde Dios nos ha puesto al inicio de la creación.

  1. Ceñir el corazón de cada mexicano con la fecundidad de Dios.

Finalmente, valiéndose de la figura del Esposo, el santo Padre invita a cada uno de los obispos a vivir un ministerio fecundo, fijando la mirada en la “Morenita”, quien como modelo de Madre, engendra al Hijo esperado por los hombres.  “Ustedes — nos ha dicho—tienen la misión de ceñir toda la Nación mexicana con la fecundidad de Dios”. Entre las insignias que el obispo lleva sobre sí hay dos  que quiero comentar: el anillo y la mitra.

El anillo, es signo precisamente del carácter esponsal del ministerio episcopal; es, además, signo del compromiso de defender a la Esposa de todo a aquello que pudiera impedir su integridad.  El Papa hace un fuerte llamado a vivir como esposos de la Iglesia  y a fecundarla con el celo misionero. Al grado de afirmar: “Los invito a cansarse, a cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar”.  “Redescubrir que la Iglesia es misión es fundamental para su futuro, porque sólo el «entusiasmo, el estupor convencido» de los evangelizadores tiene la fuerza de arrastre”. En esta tarea no estamos solos, tenemos la riqueza inconmensurable de los laicos a quien es preciso formar, acompañar, e involucrar en la tarea evangelizadora. El Papa nos ha señalado: “Les ruego especialmente cuidar la formación y la preparación de los laicos, superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia, sobre todo en el hacer presente, con el testimonio de la propia vida, el evangelio de Cristo en el mundo”. Valoremos a nuestros laicos y hagámosles parte de esta gran obra que es de Dios.

La mitra que llevamos sobre nuestra cabeza, nos recuerda que como obispos, estamos llamados para hacer brillar el resplandor de la santidad de Dios  en medio de nuestro pueblo  y poder así, recibir un día la corona de la gloria. “No se necesitan «príncipes», sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial. En Cristo glorificado, que la gente de este pueblo ama honrar como Rey, enciendan juntos la luz, cólmense de su presencia que no se extingue; respiren a pleno pulmón el aire bueno de su Espíritu”.

Que estas diez líneas nos permitan a todos —pastores y fieles— profundizar en la misión que Cristo nos ha confiado, tomando conciencia que “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu” (DA, 11).

Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

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