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Reflexiones al despedir un árbol de mi jardín

© Carlos Padilla

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/02/16

Ojalá lograra yo tener unas raíces tan hondas y fuertes que se hundieran en lo profundo de la tierra

El otro día vi cómo sacaban un árbol que había estado durante muchos años en un jardín. Creció y se hizo fuerte. Raíces hondas. Pero con el tiempo el árbol había enfermado y estaba muerto.

Se mantenía erguido, desnudo de hojas, seco, orgulloso, desafiando el tiempo. Un árbol muerto guarda seguro en su tronco muchos recuerdos, muchas palabras, muchos silencios. Tantos años creciendo lentamente.

Me gusta esa forma de crecer de los árboles sin hacer ruido. Dicen que hace más ruido el árbol que cae que cientos de árboles creciendo en silencio. Es cierto.

Cuando cortaron este árbol muchos se dieron cuenta de su existencia, lo vieron y recordaron su sombra ausente. El ruido de sus ramas al caer hizo levantar la mirada. Lo vieron caído, muerto. Comentaron el dolor de su ausencia. Opinaron sobre si debía o no haber sido cortado.

A veces pasamos cientos de veces por delante de un mismo árbol y no lo vemos. Forma parte de nuestra rutina, pero no existe. Y de repente, basta con verlo caído un día para sorprendernos.

Un árbol caído deja un hueco que no se puede rellenar tan fácilmente. Años creciendo, haciéndose fuerte por dentro, adentrándose audaz en la tierra hacia lo más hondo, irguiéndose altivo hacia lo alto del cielo. Y al final, pasados los años, sólo queda un hoyo guardando su ausencia.

Dicen que un árbol tiene la misma madera en la superficie que bajo la tierra. Eso me impresiona siempre. Tantas raíces como ramas. Tanta madera en el tronco y bajo tierra. Así debería ser en mi vida. Lo mismo en mi apariencia que en mi hondura. Lo mismo mi vida interior que mi vida hacia fuera. Yo diría que más en mi profundidad que en la superficie para tener equilibrio, para no dejarme llevar por los vientos y las tormentas.

Cuando cortaron el tronco quedaba lo más difícil, sacar el tocón de la tierra. Cavar hondo, cortar raíces, con la sierra, con el hacha. Con esfuerzo. Un hoyo inmenso para sacar sus raíces. Horas y horas para acabar con esa raíz honda que había crecido tan lentamente.

Dos hombres intentaban cortarlo y se esforzaban con mucho afán. Una persona vio la escena y me dijo: Increíble, ¡Qué profundas y fuertes son las raíces de este árbol caído! Me gustaría que mis raíces estuvieran igual de arraigadas en el Santuario. Tenía razón. Me gustó la imagen.

Ojalá lograra yo tener unas raíces tan hondas y fuertes que se hundieran en lo profundo de la tierra. Y que cuando muriera quedara un hoyo y muchas raíces bajo tierra perdidas en el silencio. Ojalá estuviera tan arraigado en el corazón de Jesús y mis labios recitaran siempre lo que el corazón vive. Que no hablara de cosas que mi corazón no encarna.

Para ello tengo que crecer lentamente, con paciencia, sin prisas, por dentro, muy hondo. Como ese árbol centenario que logró ahondar sus raíces hasta que la enfermedad truncó su vida. Fue paciente en ese crecimiento. No tuvo prisa. Nosotros queremos crecer muy rápido.

Alguien miraba el árbol que vendría en su lugar y pensaba: ¿Cuándo será tan grande como el que había aquí antes? ¿Cuándo dará sombra?”. No sé cuándo lo veremos. Hay que tener paciencia. Lo mismo con la vida, con mi vida. Paciente para ver un día lo que Dios hace en mi alma. Paciente cavando hondo, muy hondo.

Este tiempo de Cuaresma es un tiempo de hondura. De cavar en silencio, sin hacer ruido. De crecer en sabiduría. No creo en esos cambios repentinos que no son profundos. No creo en los cambios aparentes que no fructifican.

Necesito cavar más hondo. Hundir la pala en la tierra. Y luego esperar a que las nuevas raíces se abran camino bajo la tierra. Busquen agua. Den alimento al tronco endeble. Así es mi vida. Me gustaría tener raíces hondas que no cedieran con el viento, con el agua, con la tormenta.

Quiero detenerme sobre mi vida y ver mis propias raíces. ¿Son hondas? ¿Llegan a lo más profundo de mi subconsciente? ¿Estoy realmente anclado en el suelo del santuario? ¿Tengo allí mi morada verdadera, en el corazón de María?

Me da miedo ser superficial en mis raíces. Cuando las raíces buscan el agua fácil y no penetran con lentitud en la tierra. Esa agua fácil que no ayuda a crecer. No quiero tener una vida interior poco profunda. Corro el riesgo. Me da miedo.

Más tarde otra persona, viendo la misma escena del árbol caído, del esfuerzo de los hombres luchando con el tocón y cavando un hoyo inmenso, me dijo: Así de duro es mi corazón. Me imagino un ángel del Señor con un hacha tratando de desprenderme de todo lo que me hace mal”.

Es también verdad. A veces me apego con fuerza a dependencias que me hacen esclavo. Cavo hondo en la dirección equivocada. Echo raíces donde no toca. Me tuerzo por las piedras. Me duermo en la tierra blanda. Me conformo con una vida mediocre, suave.

Hay raíces que es necesario cortar para que crezca bien el árbol. Dios necesita un hacha para cortarlas. Tengo ramas que me dispersan de lo importante. Hay que podar para que no ceda el tronco, para que no se desvíe y pierda el rumbo, para no caer llevado por el viento.

Hay que regar para que mis raíces crezcan en la tierra, con esfuerzo, más hondo. Desmalezar de malas hierbas para que crezca sana la vida. Me gusta la imagen de un gran hoyo en medio de un jardín, en medio de mi alma. Me da esperanza.

Allí hubo antes un árbol y muchas raíces. Ahora hay un hoyo y mucha nostalgia. Mucho futuro, mucho anhelo. En ese espacio vacío ha sido plantado otro árbol pequeño. Lo suficientemente pequeño para no morir al ser trasplantado.

Las cosas hay que hacerlas bien, darle tiempo a la vida. Ha habido que cavar hondo para poderlo plantar. Cavar, ahondar, profundizar. Así es la vida, así es este tiempo de cuaresma. A partir de ahora puede volver a empezar desde el hoyo una vida nueva.

Y yo en mi alma, cuando ahondo, dejo que surja una vida nueva. En el hoyo vacío puedo echar tierra buena y dejar que el nuevo árbol crezca lentamente en mi interior. Así es mi vida. Así es cuando me dejo trabajar por Dios como jardinero y veo cómo saca las raíces enfermas y planta las nuevas. Corta lo que hay que cortar, protege lo que hay que proteger, y riega.

Es lo mismo que hago yo en otras vidas. Planto y riego, corto y cavo. Y la vida es de Dios. Más abundante que el tronco del nuevo árbol. Porque Dios siempre supera lo que yo hago.

Decía el Cardenal John Dearden: “Esto es lo que intentamos hacer: plantamos semillas que un día crecerán; regamos semillas ya plantadas, sabiendo que son promesa de futuro. Sentamos bases que necesitarán un mayor desarrollo. Los efectos de la levadura que proporcionamos van más allá de nuestras posibilidades. No podemos hacerlo todo y, al darnos cuenta de ello, sentimos una cierta liberación. Ella nos capacita a hacer algo, y a hacerlo muy bien”.

Nosotros hacemos el hoyo, cavamos, plantamos y regamos. Pero el crecimiento lo pone Dios. Él hace posible lo que humanamente me desborda. Me da paz. Mi vida en sus manos. Como un árbol frágil que quiere ser fuerte. Teme, se levanta, permanece erguido.

Quiero que Él sea mi guía. Quiero que me sostenga cuando no pueda caminar yo solo. Quiero oír siempre su voz sosteniendo mis pasos. Quiero que sea Él la tierra en la que echar raíces. Necesito rezar, descansar en Él. Volver a la luz donde Dios me muestra quién soy y hacia dónde me lleva de su mano.

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