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Sophie Louise
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Cuando las elijo las cosas que me suceden me hacen crecer, cuando no, simplemente sufro sin esperanza

Cuando escucho en mi corazón que soy amado, comienzo a amar. Yo soy también ese hijo amado de Dios, su predilecto. No quiero olvidarlo. En el camino quiero notar el abrazo de Jesús. Su amor me salva. Me enseña a mirar de otra manera.

Y sé que mi forma de mirar la vida cambia mi forma de vivir. La mirada puede estar llena de luz o llena de amargura. De aceptación o rechazo.

Mi capacidad para ver en lo que me sucede una oportunidad para ser santo es algo que le pido a Dios. La capacidad de obedecer con docilidad a Dios en sus planes.

Creo que en la vida la mayoría de las cruces y renuncias que sufro no las he elegido antes. La enfermedad, el fracaso, el abandono, la ofensa, suceden sin que yo decida antes que ocurran. No tienen que ver con decisiones previas. No son debidas a errores o caídas. Simplemente suceden.

Y en esos momentos, con dolor, toco mi fragilidad. Experimento la cruz. Cargo con ella. Camino herido. No lo elijo yo, no lo decido. Pero sí que tengo la oportunidad de vivir la vida que me toca eligiéndola en un acto de libertad.

En ese momento de cruz puedo decirle que sí a lo que me ocurre. Tal vez necesito la luz de Dios para poder hacerlo. Su amor inmenso. Cuando lo logro, cuando las elijo, las cosas que me suceden me hacen crecer. Entonces no me lleno de amargura.

Puedo elegir una enfermedad que padezco y decidir cómo quiero vivirla. Le digo sí a lo que vivo con un corazón grande. Cuando no lo hago, cuando no elijo, simplemente sufro sin esperanza la cruz del camino.

La enfermedad, las pérdidas, las dificultades, son oportunidades que Dios permite y en ellas me da la oportunidad de crecer. Es una escuela en la misericordia. Aprendo a tocar la misericordia de Dios. Aprendo a ser misericordioso.

Como leía el otro día: Algunos ven una oportunidad en las desgracias que les suceden. Otros ven una calamidad en la oportunidad que se les presenta. Es un cambio en la mirada ante la vida.

Cuando miro los límites del camino con misericordia, todo cambia. Me acepto en mi pobreza y eso me capacita para aceptar a los demás en sus límites. De mi sí depende todo. De mi alegría para enfrentar la vida tal como viene y elegirla tal como es.

Todo se juega en mi elección. Resulta curioso elegir algo que de mí no depende. Parece absurdo, pero no lo es.

En el camino no sólo me encuentro con encrucijadas en las que decido seguir un camino u otro. Ahí sí que mi elección marca un rumbo determinado. En el caso de lo que ocurre sin nuestra decisión previa, sólo me queda una elección, pero es muy importante hacerla. Elijo lo que ya me está sucediendo.

No puedo hacer nada por evitarlo. Sufro, pero lo elijo. Le doy un sí confiado. Sé que Dios nunca quiere mi mal. Sé que Dios pretende educarme con esa cruz. Sé que Dios me quiere con locura, me ama hasta lo más profundo de mi corazón, soy su hijo predilecto y no quiere mi dolor. Desea que sea feliz, que mi vida sea plena.

En el libro Bajo la misma estrella dice el protagonista: “No puedes elegir si van a hacerte daño en este mundo, pero sí eliges quién te lo hace. Me gustan mis elecciones”. Elige enamorarse de una persona y cuidar la relación sabiendo que los dos están enfermos de cáncer. Saben que van a sufrir por amarse, por la pérdida que vendrá. Pero eligen amarse.

Me gusta pensar que soy dueño siempre de mis elecciones. La vida no me impone las cruces. Simplemente suceden y yo las elijo. Dios me conduce y yo confío. En esa confianza puedo elegir mi cruz o bien no hacerlo y vivir amargado el resto de mis días. Mi vida está en sus manos. Él lleva el timón.

Decía el padre José Kentenich: Dejar que Dios elija por nosotros nos infunde una actitud de despreocupación. Esa despreocupación debería reflejarse en nuestro cuerpo y alma. Por lo común estamos intranquilos y ansiosos a causa de las interferencias que hay en nuestro espíritu.

Puedo vivir bien la enfermedad, la puedo vivir con paz, o puedo vivirla intranquilo y angustiado. Puedo vivir centrado en mí mismo, en el dolor, en la preocupación por el futuro o vivir centrado en los demás y en sus cruces.

Cuando vivo centrado en mí, en lo que a mí me preocupa, creo que el mundo debería girar en torno a mí porque estoy enfermo. Me agobia que los demás no me pongan en el centro, no piensen en mí. Vivo esperando que me cuiden, me valoren, me tomen en cuenta, me escuchen.

Vivo centrado en la enfermedad y me empobrezco, me limito, permanezco inmaduro. Me ofuscan mis sentimientos de dolor y de angustia.

Cuando me descentro desde mi enfermedad y me vuelco en el dolor de los otros, crezco como persona. Cuando elijo la enfermedad o mi herida como camino de salvación para mi vida, todo cambia.

Esa cruz que vivo es mi camino de santidad. Es la senda que elijo para asemejarme más a Jesús en la vida. Entonces dejo de mirarme tanto a mí mismo y comienzo a mirar más a los demás.

La enfermedad del alma o del cuerpo bien vivida me hace más capaz de misericordia. Cuando sufro el dolor sé lo que significa. Cuando he pasado por el dolor de la enfermedad, por la angustia, por la espera, por la impotencia, comprendo mejor al que sufre lo mismo.

Es más fácil consolar a otros cuando también yo he sufrido. Pero para ello tengo que descentrarme. No vivir pensando en lo que necesito.

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