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La actitud del acompañamiento: una pastoral para divorciados vueltos a casar

© WenPhotos
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Dejemos de juzgar y ofrezcamos calidez a los divorciados

Hace unas semanas, me ofrecí como voluntario para colaborar armando una pastoral dirigida a divorciados vueltos a casar, siguiendo las intenciones propuestas, hace poco, por el Papa Francisco.

Me apresuro a dejar este punto en claro para recordarme a mí mismo que no puedo hacer un artículo sobre lamentaciones. Nadie me obligó a meterme en este enredo y, por lo tanto, no me puedo quejar.

Suena bien, me dije entonces; es una gran oportunidad para ejercitar mi nueva decisión de hacer apostolado directo; además ¿qué tan difícil puede ser armar una pastoral? No tenía idea. Debí sospechar algo raro cuando el Papa decidió que era necesario un sínodo extraordinario, y otro ordinario, para abordar el tema.

En este caso, como en tantos otros, lo más recomendable es buscar la forma de comenzar inmediatamente, antes de que las emociones se enfríen y el tiempo encuentre formas de colocar cada vez más obstáculos en el camino ¡A la carga! Dije en voz alta.

Pero ¿cómo comenzar si no se tiene idea del rumbo? Lo mejor es tomar el siguiente paso obvio, por pequeño que este sea. En este caso, el paso más obvio es acudir a Google (no creo que haya paso más obvio que ese).

Muy comedidamente, Google me bombardeó con cientos de documentos apropiados, publicados unos por vicarías pastorales y otros por movimientos cristianos reconocidos. Descargué unos cuantos, los junté a otros que obtuve en este mismo sitio y me puse a leer.

¿Cómo se arma una pastoral?

Los documentos son consistentes en decir – palabras más, palabras menos – que no se puede planificar una pastoral efectiva si no se define primero algunas premisas básicas: los objetivos, las acciones a realizar, los medios, pero sobretodo a quién va dirigida la pastoral, en qué lugar y en qué momento.

En otras palabras, como en todo itinerario de viaje, empresa o aventura, es muy conveniente contar con un mapa que no sólo indique dónde queremos llegar sino que también nos diga desde dónde partimos.

En este caso, me parece que el objetivo al que queremos llegar es medianamente claro; acoger con cariño cristiano al seno de la comunidad, a aquellos divorciados vueltos a casar para que reciban el apoyo que requieren (tal y como ha sido sugerido por el Papa Francisco).

Donde la cosa se pone pesada es en el otro extremo: en el punto de partida.

La historia y la experiencia nos han enseñado, a veces a palos, que equivocarse en definir el sitio de partida puede resultar catastrófico. Un ejemplo de este error podría ser asumir que nosotros sabemos de antemano lo que los otros necesitan, lo que ellos piensan y sienten.

¿Qué haría yo si alguien viniera a mí con una serie de reglas para cambiar mi estilo de vida? No voy a ser muy explícito en lo que le recomendaría que haga con la serie de reglas, por pura decencia, pero creo que, en cualquier caso, no sería muy receptivo.

Me parece que cae por su propio peso: si quiero ayudar a armar una pastoral efectiva para los divorciados vueltos a casar, debo hacer un esfuerzo por conocer más sobre ellos, sus problemas, sus miedos, sus objeciones, su vida.

La Clave es la Actitud

Un amigo muy querido, de esos que han tenido que pelearla en los frentes más difíciles, me dijo una vez mientras filosofábamos entre buen vino que la clave en la vida no es el éxito sino la forma cómo enfrentas lo que ella te pone al frente. La clave es la actitud, dijo.

Un ejemplo de lo intrincado que puede resultar una pastoral dirigida a divorciados vueltos a casar, es el llamado de atención que hace unos días publicara el arzobispo de Filadelfia, Mons. Charles Chaput sobre la Falsa Misericordia.

“Los divorciados y casados nuevamente por civil siguen siendo miembros bienvenidos de la comunidad creyente, pero la Iglesia no puede ignorar la Palabra de Dios sobre la permanencia del matrimonio, ni puede mitigar las consecuencias de las elecciones que las personas adultas hacen libremente”, dijo.

En otras palabras, debemos de atraer a los divorciados a nuestra comunidad con calidez, pero sin dejar de ser claros en decir que tienen necesidad de ayuda para vivir un proceso de conversión.

Sin embargo, el arzobispo tiene razón. El mismo Señor Jesús, que compartía su mesa con publicanos y pecadoras, nunca dejaba de nombrar el pecado por su nombre, sin concesiones. La Iglesia no puede validar un comportamiento que separa a las personas de Dios y al mismo tiempo permanecer fiel a su propia misión, dijo el arzobispo Chaput. “Un sincero acercamiento hacia Dios siempre conlleva un alejamiento del pecado y del error”.

Pero ¿querrán los divorciados vueltos a casar acercarse a una comunidad pronta a señalarlos como pecadores? Como estrategia de marketing es un caso perdido. Si a nadie le cae bien el pitufo filósofo, una comunidad de acusadores atrae menos que escuchar el himno nacional a las cinco de la madrugada.

Y volvemos al principio: armar una pastoral para atraer y corregir al mismo tiempo, no es para nada fácil. Afortunadamente, el propio Papa Francisco nos da una pista para salir del enjambre cuando nos pide a los cristianos que acompañemos a los demás en “las enmarañadas realidades de sus vidas”.

Esa es la clave. La actitud correcta es acompañar antes que reprender.

No se puede acompañar a los demás desde el tribunal del juez. Hay que comenzar por sentarnos a la mesa con ellos y compartir, como dice el Papa, las enmarañadas realidades de sus vidas. El pastor debe llevar impregnado en su ropa el olor de sus ovejas, dice.

De acuerdo con la doctrina de la Iglesia, la misión de las comunidades es la de ayudar a todas las familias a resolver aquellos problemas que son muy grandes para que sean resueltos por ellas mismas (subsidiariedad).

La oportunidad de acercamiento que tienen nuestras comunidades está en enfocarse en esos problemas. Después vendrá la oportunidad, si Dios cree oportuno, para la corrección fraterna.

Comienza por perdonarte a ti mismo

Facundo Cabral, el famoso trovador y filósofo argentino, comentó muchas veces en público que era un amigo personal de la Madre Teresa de Calcuta, de quién decía que era el mismísimo Amor. En una ocasión, escuché que contaba en una entrevista, que de ella había aprendido que “el que se perdona a sí mismo deja de juzgar a los demás.”

Una cosa lleva a otra; recordaba esa entrevista mientras revisaba mis apuntes sobre la enredada tarea de armar una pastoral para divorciados vueltos a casar. El asunto sucedió de la siguiente manera:

Mostré un borrador de este artículo a un amigo, y entre otras observaciones me hizo un comentario duro y certero:

“Algo tiene que cambiar en la Iglesia, en nosotros, desde el fondo del corazón, que se note, para que cuando acojamos a un pecador o en este caso a una pareja de divorciados vueltos a casar, tengamos en primer lugar una auténtica misericordia”.

En la sección anterior comentamos sobre el llamado del arzobispo Chaput a no caer en la tentación de la FALSA misericordia y de cómo era necesario evitarla para conseguir armar una pastoral efectiva. Ahora mi amigo en mención afirma que el camino correcto era optar por la AUTÉNTICA misericordia.

Pero ¿qué es eso que debe de cambiar en nuestro corazón para poder optar por la auténtica misericordia? Esa era la pregunta clave en este asunto, y encontré una buena pista para responderla precisamente en los comentarios de mi amigo cuando me dijo:

“… lo principal es la actitud con la que nos aproximamos a cualquier pecador empezando por nosotros mismos. A veces somos jueces inmisericordes de nosotros mismos… ¿cómo no lo vamos a hacer de los demás?”

Y fue ahí cuando comprendí qué es lo que tiene que cambiar en nuestros corazones, al mismo tiempo que recordaba a Cabral y la enseñanza de la Madre Teresa.

En aquella entrevista, Facundo Cabral confesaba que, en los inicios de su carrera, él era de los que se pasaba la vida juzgando, señalando a todos, pero que en cierto momento de su vida se había perdonado a sí mismo, y desde ese instante había dejado de juzgar a los demás.

Cabral tenía razón. De hecho, es un proceso por el que probablemente todos pasamos y que los psicólogos llaman “proyección.” Se trata de un proceso inconsciente y funciona más o menos así:

Somos jueces inmisericordes de nosotros mismos y concluimos que no somos tan buenos como quisiéramos. Pero aceptar nuestro propio veredicto nos resulta muy doloroso e inconscientemente empezamos a notar los errores de los demás para reconocernos “mejores” que ellos y salvar así nuestra autoestima del suicidio emocional.

Lo que tiene que cambiar en nuestro corazón es precisamente la actitud con la que nos tratamos a nosotros mismos.

La actitud del acompañamiento es la actitud como yo quisiera que me acompañaran a mí y tenemos que comenzar practicando la auténtica misericordia con nosotros mismos porque nadie puede dar lo que no posee.

Gustavo Silva Guerrero

Artículo originalmente publicado por Centro de Estudios Católicos

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