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Lo que tú puedes hacer para tener fe: Ora, ayuna y da limosna

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=111374129&amp;src=id" target="_blank" />Woman praying in Catholic church</a> © Andrey_Kuzmin / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/02/16

Podemos ser más creativos a la hora de alimentar nuestra vida espiritual

La Iglesia nos invita en Cuaresma a meditar los tres pilares de nuestra fe: oración, ayuno y limosna. Son las tres rocas sobre las que descansa nuestra fe. Son los pozos de los cuales bebemos en nuestro camino por el desierto. Las fuentes de vida que calman la sed.

Quisiera detenerme a meditar sobre estos tres pilares. Miramos nuestra vida de oración, nuestra intimidad con el Señor y nos preguntamos cómo es nuestro amor a Dios.

Siempre el corazón desea más. Siempre podemos rezar más. Podemos cuidar más nuestra oración, dedicar más tiempo al silencio. Es cierto que podíamos vivir más en el desierto y depender menos de los medios de comunicación. Vivir más hacia dentro y menos volcados en el mundo.

Nos gustaría adentrarnos más en esa profundidad de vida que debería tener todo cristiano. Podemos ser más creativos a la hora de alimentar nuestra vida espiritual. Soñamos con una vida de oración que nos dé la vida verdadera y ordene el corazón. Una oración en la que pueda crecer más si me lo propongo en este tiempo. Más silencio. Más calidad de mi tiempo con Dios.

Decía el padre José Kentenich: “Si nuestra oración se agota en pensar religiosamente, entonces ya no es oración. Puedo tener pensamientos religiosos todos los días sin que se transforme mi interior; orar significa, en cambio, amar. ¿Y qué es la santidad? ¡Es el amor del niño al padre!”[1].Una oración que no me lleva a amar más, a dar más, a ser más generoso y fiel, no es verdadera oración.

La Iglesia nos pide también que demos limosna. Queremos detenernos a mirar al que más necesita. Nuestras obras de misericordia son nuestra renuncia, nuestro mayor sacrificio por amor a otros.

La limosna puede ser tiempo, cariño, cercanía, dedicación. No solamente dinero. Pero también dinero para socorrer al necesitado.

Dice el Papa Francisco: Cuando doy limosna, ¿dejo caer la moneda sin tocar la mano? Cuando doy limosna, ¿miro a los ojos de mi hermano? Cuando sé que una persona está enferma, ¿voy a encontrarla? ¿La saludo con ternura? ¿Sé acariciar a los enfermos, los ancianos, los niños o he perdido el sentido de la caricia? No avergonzarse de la carne de nuestro hermano: ¡es nuestra carne! Seremos juzgados por el modo en el que nos comportamos con este hermano.

Es importante dar amor. Socorrer al que no tiene. Vestir al desnudo. Dar de comer al hambriento. Todo eso es necesario para cuidar la dignidad del otro. Es importante saber dar de lo que tenemos. Y también dar lo que no tenemos, no sólo lo que nos sobra.

La oración nos tiene que sacar de nosotros mismos y lanzarnos a la vida. Oración y amor al necesitado están íntimamente unidos.

Decía el Papa Francisco: “Toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. Podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas”.

La oración es la expresión de nuestro amor más hondo hacia Dios. La oración que es amor a Dios debería llevar a rompernos por amor hacia el necesitado. El amor de Dios no nos deja tranquilos, nos pone en camino, nos hace salir de nuestra comodidad. Nos invita a salir de nosotros mismos hacia el encuentro con el prójimo.

También la Iglesia nos pide que no olvidemos nuestra vida de ayuno. Es fácil olvidar el ayuno. A todos nos cuesta la renuncia, el sacrificio. Nos cuesta no comer carne los viernes. Dejar de comer cuando hay hambre y se nos pide que ayunemos. Dejar de usar las cosas que nos facilitan la vida aunque sintamos que tenemos una cierta dependencia de ellas.

¿Para qué ayunamos? ¿No nos dice Dios que quiere misericordia y no sacrificios? ¿Qué sentido tiene?

Decía el padre José Kentenich: Si mi vida subconsciente no elige de vez en cuando el agere contra, nunca voy a ser un hombre capaz de actuar con suficiente facilidad frente a la voluntad divina”[2].El ayuno y la renuncia me hacen más libre.

Sabemos que Dios quiere misericordia antes que sacrificios. Pero el ayuno nos hace más de Dios. Nos hace más desprendidos de nuestros apegos. El ayuno no es un fin en sí mismo, es sólo un medio.

Y que no nos suceda, cuando ayunamos, lo que decía el P. Kentenich: Hay personas que pueden ayunar sabe Dios cuánto; pero después del ayuno, comen como barril sin fondo y beben como esponjas. Se dice que hay tribus africanas que pueden devorar un elefante y luego ayunar por largo tiempo. Pero el hombre de alto nivel ético debe tener sus instintos disciplinados, lo que es en sí una manera de mortificación que cala hondo debido a la continuidad con que hay que ejercitarla”[3].

Es cierto que a lo largo del día tenemos muchas privaciones y renuncias impuestas. La vida es exigente. Los hijos demandan continuamente.

Una persona casada renuncia casi desde el principio a tener una agenda propia, incluso una vida propia. Vive en su matrimonio la donación y los hijos le exigen la entrega continua. Aunque muchas veces puede buscar la comodidad y evitar la entrega.

La persona consagrada está llamada a la entrega total, a la radicalidad en el seguimiento. Muchas veces las exigencias apostólicas le hacen darse y partirse donde Dios la pone. Pero también, al disponer más libremente de su tiempo, corre el peligro de aburguesarse y no cuidar la renuncia.

En todo caso, sea cual sea nuestra vocación, podemos evitar el sacrificio o darnos por entero y partirnos por amor. Todo se juega en el corazón, en la elección que hacemos.

Puedo decir como un día le escuché a un joven: Pido no. O puedo decir ante cualquier exigencia: «Pido sí». Depende de mí. Puedo evitar el compromiso, asumir responsabilidades. O puedo tomarme en serio mi vida.

A veces me acomodo y espero a que alguien asuma lo que hay que hacer, no yo. Dejo al otro la parte más dura. Y yo me acomodo. Me escondo cuando se supone que hay que prestar algún servicio y paso desapercibido.

Es fácil rechazar el ayuno en la vida y no renunciar. Por eso la Cuaresma me enseña a practicar el desprendimiento y la renuncia. Es una escuela en la que puedo aprender a ayunar. Educa el corazón para que sepa decir que no a lo que me apetece, a lo que deseo, a lo que sueño. Y sepa decir que sí a lo que no quiero, a lo que no sueño, a lo que no deseo.

La capacidad de sacrificio es muy importante en el amor. Renunciar nos hace madurar en el amor.

En Cuaresma vemos que hay muchas cosas de las que puedo ayunar. No sólo de comida, que a veces es en lo único en lo que pienso. Tal vez puedo ayunar de móvil, de internet, de juegos, de películas, de descanso excesivo, de compras abundantes, de dependencias que se han metido en el alma y me atan.

El papa Francisco nos habla también de un ayuno de aquello que hace mal al hombre: Ayuna de palabras hirientes y transmite palabras bondadosas. Ayuna de descontentos y llénate de gratitud. Ayuna de enojos y llénate de mansedumbre y de paciencia. Ayuna de pesimismo y llénate de esperanza y optimismo. Ayuna de preocupaciones y llénate de confianza en Dios. Ayuna de quejarte y llénate de las cosas sencillas de la vida. Ayuna de tristezas y amargura y llénate de alegría el corazón. Ayuna de egoísmo y llénate de compasión por los demás. Ayuna de falta de perdón y llénate de actitudes de reconciliación. Ayuna de palabras y llénate de silencio y de escuchar a los otro”.Un ayuno de lo que nos ata, para dar más. Un ayuno de lo que ofende a otros, para hacer el bien.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Hacia la cima

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

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