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El papa Francisco a los niños enfermos: ¡Lo que más cura es la "cariñoterapia"!

CTV / Youtube

Papa en hospital

Pablo Cesio - publicado el 15/02/16

Francisco se mostró agradecido y con ganas de bendecir junto a los niños enfermos de un hospital de México

El papa Francisco tuvo un emotivo encuentro con niños, familiares y personal médico del hospital pediátrico Federico Gómez, como última actividad de este domingo en México.

Al ingresar estuvo sonriente, se sacó fotos con ellos, les dejó autógrafos, rosarios y palabras que guardarán en el corazón. “¿Estás mejor?,  le preguntó a uno de ellos con un gesto de ternura.

Inmediatamente, en posterior coloquio, se cruzó con otro de los pequeños, bendijo un rosario, se lo dio y le dijo: «Yo te nombro custodio de mi rosario».

Otro le dijo: ¡Francisco, te amo!, y el Papa mirándolo fijo y alegré le contestó: «Rezá por mí».

La primera dama de México, Angélica Rivera, hizo de anfitriona en el hospital. “Usted es grande por lo que dice, pero es mucho más grande por lo que hace”, le expresó.

Al momento de hacer uso de la palabra, Francisco agradeció haberlo dejado “compartir un ratito” de sus vidas con él y resaltó la figura del anciano Simeón cuando José y María llevaron a Jesús al Templo para su presentación.

Francisco recordó que Jesús provocó en Simeón dos cosas: un sentimiento de agradecimiento y las ganas de bendecir. “Simeón es el «abuelo» que nos enseña esas dos actitudes fundamentales”, indicó.

“Yo acá (y no sólo por la edad) me siento muy cercano a estas dos enseñanzas de Simeón. Por un lado, al cruzar esa puerta y ver sus ojos, sus sonrisas, sus rostros generó ganas de dar gracias. Gracias por el cariño que tienen en recibirme; gracias por ver el cariño con que se los cuida y acompaña. Gracias por el esfuerzo de tantos que están haciendo lo mejor para que puedan recuperarse rápido”, expresó.

El Papa también resaltó la importancia de sentirse cuidados y acompañados. En ese sentido, agradeció a todos los que se encargan de esta tarea.

“Quiero pedirle a Dios que los bendiga, los acompañe a ustedes y a sus familias, a todas las personas que trabajan en esta casa y buscan que esas sonrisas sigan creciendo cada día. A todas las personas que no sólo con medicamentos sino que con «la cariñoterapia» ayudan a que este tiempo sea vivido con mayor alegría”, agregó.

Finalmente, Francisco hizo alusión al indio Juan Diego y su preocupación y angustia cuando su tío estaba enfermo. Entonces, el papa recordó ese momento en el que la Virgen de Guadalupe le dice a Juan Digo: «No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?».

Francisco culminó con un momento de oración junto a los presentes y rezando el Ave María.

Luego, hubo tiempo para más encuentros personales e intercambios con los niños. Uno de los momentos más destacables fue lo que hizo una joven enferma de cáncer, que le cantó el Ave María de Schubert a Francisco, quien quedó gratamente sorprendido y emocionado.

El Papa abandonó el lugar tras dejar una ofrenda floral a los pies de una imagen de san Francisco de Asís.

El hospital Federico Gómez atiende a unos 800 niños.

El Pontífice presidió más temprano la misa dominical en el Centro de Estudios Superiores de Ecatepec de Morelos.

Discurso íntegro que pronunció en el hospital ante los niños enfermos y sus acompañantes:

Señora Primera Dama.
Señora Secretaria de Salud
Señor Director.
Miembros del Patronato.
Familias aquí presentes
Amigas y amigos.
Queridos niños
Buenas tardes.

Agradezco a Dios la oportunidad que me regala de poder venir a visitarlos, de reunirme con ustedes y sus familias en este Hospital. Poder compartir un ratito de sus vidas, la de todas las personas que trabajan como médicos, enfermeras, miembros del personal y voluntarios que los atienden, tanta gente que está trabajando para ustedes.

Hay un pedacito en el Evangelio que nos cuenta la vida de Jesús cuando era niño. Era bien chiquito, como algunos de ustedes. Un día los papás, José y María, lo llevaron al Templo para presentárselo a Dios. Y ahí se encuentran con un anciano que se llamaba Simeón el cual, cuando lo ve, muy decidido viejito y con mucha alegría y gratitud, lo toma en brazos y comienza a bendecir a Dios. Ver al niño Jesús provocó en él dos cosas: un sentimiento de agradecimiento y las ganas de bendecir. Dar gracias a Dios y le vinieron ganas de bendecir al hijo.

Simeón es el «abuelo» que nos enseña esas dos actitudes fundamentales de la vida: la de agradecer y a su vez bendecir.

Acá yo los bendigo a ustedes, los médicos los bendicen, los curan, todos los que trabajan los bendicen pero ustedes tienen que aprender también a bendecirlos a ellos. Yo aquí –y no sólo por la edad- me siento muy cercano a estas dos enseñanzas de Simeón. Por un lado, al cruzar esa puerta y ver sus ojos, sus sonrisas, sus rostros me generó ganas de dar gracias. Gracias por el cariño que tienen en recibirme; gracias por ver el cariño con que se los cuida aquí, con el cariño con que se los acompaña. Gracias por el esfuerzo de tantos que están haciendo lo mejor para que puedan recuperarse rápido.

Es tan importante sentirse cuidados y acompañados, sentirse queridos y saber que están buscando la mejor manera de cuidarnos, por todas esas personas digo: «¡Gracias!».

(Los niños y acompañantes dicen “gracias” ya aplauden)

Y, a su vez, quiero bendecirlos. Quiero pedirle a Dios que los bendiga, los acompañe a ustedes y a sus familias, a todas las personas que trabajan en esta casa y buscan que esas sonrisas sigan creciendo cada día. A todas las personas que no sólo con medicamentos sino que con «la cariñoterapia» ayudan a que este tiempo sea vivido con mayor alegría. Tan importante el cariño, tan importante, a veces una caricia ayuda más a recuperarse.

¿Conocen al indio Juan Diego ustedes o no? A ver, levanten la mano quien lo conoce. Cuando el tío de Juanito, Juan Diego, estaba enfermo, él estaba muy preocupado y angustiado. En ese momento, se aparece la Virgencita de Guadalupe y le dice: «No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?».

Tenemos a nuestra Madre, pidámosle para que ella nos regale a su Hijo Jesús. Y ahora, a los chicos les voy a pedir una cosa: cerremos los ojos y pidamos lo que nuestro corazón hoy quiera, un ratito de silencio con los ojos cerrados y adentro pidiendo lo que queremos. Y ahora juntos digamos a nuestra madre:

Dios te salve Maria…

Que el Señor y la Virgen de Guadalupe los acompañe siempre. Muchas gracias. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí, no se olviden. Que Dios los bendiga.

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