Aleteia

CINE CLÁSICO: Cuarenta años después Rocky sigue emocionando

United Artists
Comparte

Significa el triunfo de la identidad personal frente al rodillo igualador de una sociedad indiferente ante el sufrimiento y la dignidad de los olvidados

Rocky (1976) fue una película emblemática. Escrita e interpretada por un entonces prácticamente desconocido Sylvester Stallone, que saltó al estrellato iniciando esta saga de la que nos acaba de llegar la séptima entrega, Creed (2015), nada más y nada menos que cuarenta años después. Casi una teleserie.

Ambas películas tienen cosas en común: el guión escrito por el que seis años después se convirtió en John Rambo en Acorralado (1982), iniciando otra retahíla narrativa que orló nuestras infancias de violencia; las calles de Filadelfia antes y después de ser objeto de la canción de Bruce Springsteen; la victoria moral más que el éxito; la nominación de Stallone al Oscar por su labor como actor -aunque en 2016 haya tenido que ser como secundario-; o las respectivas novias freakis de los protagonistas -Adrian, mujer oprimida por su entorno y patológicamente tímida hasta el punto de ser considerada por la gente una retrasada mental; y Bianca, cantante trendy pero con una sordera progresiva que la convierte en víctima.

Y, sin embargo, también sendos filmes tienen muchas diferencias. El presupuesto de la primera no llegó a un millón de dólares, mientras que en esta última se han gastado treinta y cinco -hasta la fecha han recaudado una cifra parecida. Los barrios que enmarcan la historia siguen siendo lugares profundamente deprimidos económicamente, pero las épocas han cambiado y el cuadro actual se nos antoja menos de serie B y de una estética más calculada y menos documental. No sé cómo decirlo: en Creed todo es más molón y más gentrificado, con lugares más pintorescos tipo lo último en club nocturno o restaurante de bocatas de carne al más puro estilo Philly, y con muchos menos borrachos durmiendo al raso.

En cuanto a los relatos se puede decir que son similares, pese a que en Creed se ha perdido la autenticidad de lo artesanal y se ha edulcorado comercialmente la puesta en escena renegando de aquel escenario melancólico, de cielos plomizos y ruinas urbanas a lo The Wire, virando hacia una trama mucho más domesticada que la anterior.

En Rocky se le regalaba un balón de oxígeno a los perdedores, muy en la línea del sueño americano y de la tierra de oportunidades, algo que no vende ya tanto después del 11-S porque suena a poco creíble. Quizás por eso en Creed se construye un personaje mucho más elaborado psicológicamente: hijo ilegítimo de Apolo Creed en busca de la propia identidad a través de la canalización de la violencia reprimida que le permite el boxeo, donde conecta excepcionalmente con la esencia dejada en él por su padre.

Rocky fue una película que insuflaba esperanza en una América post-industrial. Se puede apreciar en el chándal de algodón gris, con lamparones de sudor y de otras procedencias, y en las Converse All-Star de bota alta con los que entrena Rocky, en ese levantarse a las cuatro de la madrugada para correr por la ciudad insomne y en ese poner la radio para encontrar compañía, en ese ser animado por los tenderos que le circundan en su carrera por el mercado ambulante, y en ese obsesivo golpeo de los cadáveres bovinos en el matadero.

Rocky se convierte en el símbolo de que el milagro americano es posible para todos. Es un matón al servicio de un prestamista mafioso de tres al cuarto. Ha pasado de los treinta sin haber despuntado en nada. Vive en un cuchitril de paredes desconchadas que hace patente las goteras de su vida plagada de recuerdos indeterminados aunque indudablemente tristes. Cuando era pequeño sus padres le decían que como no era demasiado listo, tenía que vivir de su cuerpo…

Y, pese a todo, atesora ciertos valores: quiere a Adrian; es inmerecidamente fiel a su amigo Poli; es proverbialmente caritativo con su entrenador, que nunca ha confiado en él; salvaguarda a los borrachos de dormir a la intemperie; le suelta el sermón a una vecina de doce años diciéndole que si se comporta como una prostituta acabará siéndolo o la gente así lo creerá, algo que en nuestros días puede sonar a machista, …

A ese perdedor, sin embargo, le llega su oportunidad, y no la desaprovecha.

Visto en retrospectiva, a uno le puede parecer que Rocky es una de esas golosinas visuales de las que habla Ramonet, un instrumento de alienación, un sencillo artefacto lenitivo para el espectador del momento. Sin embargo, si te pones a ver la película hoy, te das cuenta de que por lo menos no solo es eso: porque ha resistido al tiempo y porque hay algo de heroico en arrancarle una noche de gloria al destino. O eso, o la mencionada golosina visual también es válida para nuestra época posmoderna, aunque en otro sentido: Rocky encuentra la dignidad en la resiliencia, en la mera supervivencia, en la fortaleza frente al poderoso, en su infatigable capacidad de encajar. Rocky significa el triunfo de la identidad personal frente al rodillo igualador de una sociedad indiferente ante el sufrimiento y la dignidad de los olvidados.

La fotografía final vence: un rostro apelmazado como carne apaleada y sangrienta, convertido en un cuadro de Bacon, unos ojos desaparecidos en la hinchazón, una nariz rota por primera vez, un hombre desfigurado que grita “Adrian, Adrian, Adrian” sin cesar, entre la muchedumbre, ciego, sabiendo que no está completamente solo en su soledad.

Quizá es por todo esto que, cuarenta años después, Rocky sigue emocionando.

 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.