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El respeto, una llave mágica

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/02/16

¿Conocen muchas personas que despierten espontáneamente su respeto?

Me gustaría aprender a respetar siempre la vida de los hombres. Sus creencias distintas a las mías. Sus tiempos que no coinciden con mis ritmos. Sus decisiones que no siempre comparto.

Pienso que el respeto y el amor van muy unidos. No entiendo un amor que no respeta. No entiendo un respeto que no ama.

Me gustaría distinguirme por la hondura de mi alma. Por mi mar profundo donde Dios me encuentra, cuando le dejo entrar dentro de mi alma.

Me gustaría respetar siempre al que me ama y a veces con mi forma no lo respeto, y lo ato, y lo encadeno. Me gustaría respetar al que no me ama y me desprecia y me difama. Sí, el respeto es sagrado.

Quiero también aprender a respetar a Dios en sus planes conmigo. Aunque no me gusten siempre. Una persona comentaba: “Y hablando de oración, cuando exigimos a Dios explicaciones, lo que estamos haciendo es entrar en la profundidad de su alma con pies de elefante. Él nos deja entrar, y nosotros entramos como remolinos que todo lo levantamos, olvidando todo respeto y delicadeza. Quizás el primer respeto, es ante el alma del Señor. Nunca lo había visto así. Ahora le preguntaré cada vez si puedo entrar.

Me gustaría entrar en el corazón de Dios, en el corazón de los hombres, con un respeto infinito, de rodillas.

¡Qué fácil es herir cuando no respeto! A veces hiero y ofendo, cuando intento convencer al otro de que lo mío es lo verdadero.

No respeto cuando impongo, cuando quiero que los demás sean como yo quiero. Cuando no acepto las diferencias, los gustos distintos, las decisiones que no son las mías. No respeto cuando voy a lo mío sin tomar en cuenta lo que los demás sienten.

No respeto cuando decido por los otros lo que más les conviene y opino sobre su vida, y la juzgo. Cuando abuso de mi autoridad para que hagan lo que yo deseo.

No respeto cuando dejo de arrodillarme ante la puerta sagrada del alma que se me confía. Y juzgo y deduzco intenciones y pretendo adivinar porque creo que lo sé todo.

No respeto cuando hablo mal de aquel con el que comparto el camino, porque no es como yo o tal vez no me quiere. Hiero su fama al pensar mal. Desprestigio sin miedo por rabia o envidia.

No respeto cuando no sé escuchar lo que hay en el otro. Y sólo quiero hablar contando lo que yo siento. No respeto cuando pongo tantas normas al otro que casi no tiene espacio para ser él mismo. Y decido por él, para que él no arriesgue.

Estoy convencido de algo: quiero aprender a respetar la vida ajena. Es un don. Ya lo sé. Lo pido. Decía el Padre José Kentenich: “Educar consiste en servir desinteresadamente a la vida ajena[1]. Educar es servir la vida ajena con infinito respeto. Y añadía: “El educador debe situarse frente al educando con respeto y amor; entonces también despertará respeto y amor”.

No se puede entender el respeto sin el amor. Ni un amor sin respeto. El respeto a la intimidad de la persona amada. Respetar sus tiempos para contarme lo que guarda con recelo. No tengo derecho a saber. Sí a esperar paciente lo que él desea. La actitud de respeto es fundamental en la vida.

Sólo podemos educar respetando. Cuando se pierde el respeto en el amor todo se corrompe. Un amor verdadero siempre se sostiene sobre el máximo respeto. Un respeto sagrado a la vida que se nos regala. Me pregunto si yo trato con respeto a las personas. Y también me pregunto a quiénes respeto yo más.

El Padre Kentenich decía: “¿Conocen muchos hombres mayores, hermanos de comunidad, que despierten espontáneamente su respeto? ¿Saben por qué en la ancianidad suele ocurrir que desilusionemos terriblemente a los demás? Porque descuidamos mucho el amor, que es lo más importante de nuestras vidas, la fuerza que nos puede transformar interiormente”[2].

Pensaba en que por nuestras acciones podemos perder el respeto de los que nos aman. Podemos descuidar el amor y dejar de ser respetados por nuestros actos cuando no somos coherentes. Cuando las palabras y las obras no coinciden.

Me da miedo perder el respeto de los hombres, su amor. Soy yo el que lo pierde y el que lo gana. ¿Quién me respeta de verdad? Y yo, ¿a quién respeto? Respeto al que da la vida con generosidad, al que no teme el desprecio ni el fracaso.

Respeto la coherencia, la santidad, el amor, la verdad. Respeto al que no espera nada y obedece humilde a Dios. Al que arriesga sin miedo su vida, dispuesto a perderlo todo por seguir la voz de Dios que le pide ir mar adentro.

[1] P. Rafael Fernández, Pedagogía kentenichiana

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

Tags:
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