Aleteia

De Luisiana a Marte: el año que un hombre solo sobrevivió ante la adversidad

Comparte

Matt Damon y Leonardo DiCaprio encarnan a hombres a los que un empuje imparable les lleva a superar la cercanía a la muerte

Solo, con sus compañeros marchándose lejos pensando que está muerto. En un caso con lo que quizás sea el máximo abandono posible en unas circunstancias insalvables, “Marte” (“The martian”, Ridley Scott,2015) nos presentaba a un astronauta ensartado en una antena, con una brecha en el traje, la reserva de oxígeno bajo mínimos, la base arrasada por una ventisca y sus compañeros de misión regresando a casa.

En el otro caso que nos cuenta “El renacido” (“The revenant”, Alejandro González Iñárritu, 2015) la situación no es mucho mejor cuando el protagonista sufre por parte de un oso un despiadado ataque que dejará al espectador helado en la butaca. Sus compañeros también le abandonarán, también pensarán que no ha podido sobrevivir a esa carnicería e incluso lo enterrarán. Por si acaso.

Pero en ambos casos Matt Damon y Leonardo DiCaprio encarnan a hombres a los que un empuje imparable les lleva a superar la cercanía a la muerte luchando de una manera asombrosa por recuperar en primer lugar el control sobre la situación en la que se encuentran y a continuación, una vez puestos a salvo y relativamente garantizada su vida, emprender un camino que incluso con la mejor de la preparaciones ya sería osado recorrer y esperar salir airoso.

Cuando todo se ha perdido e incluso la propia vida no está demasiado garantizado que nos vaya a durar mucho más, puede parecer más sencillo abandonar toda esperanza, dejarse llevar, sucumbir al camino fácil y dar la batalla por perdida. Pero no todo el mundo se rinde. En el caso de “Marte” y “El renacido”, sin embargo, son dos motores bien distintos los que ofrecen ese empuje a sus respectivos protagonistas.

El astronauta Mark Watney simplemente se descubre a sí mismo diciéndose en voz alta “no voy a morir aquí”. Simplemente. A pesar de encontrarse solo en otro planeta su determinación, sus conocimientos científicos y la convicción de que conseguirá generar oxígeno y energía, cultivar alimento y comunicarse con la Tierra animan (sin perder nunca el sentido del humor) a quien se conforma con ser el mejor botánico del planeta, un pirata marciano o simplemente el hombre que no se conformó con ser el primer fallecido en Marte.

El cazador Hugh Glass, tras sobreponerse a heridas mortales y contemplar impotente cómo su hijo es asesinado y a él lo entierran tras darlo por muerto, se deja apoderar por un rabioso deseo de venganza que será en última instancia el pozo del que extraerá fuerzas que le permitan afrontar una auténtica odisea que, a diferencia del caso imaginario del astronauta, se corresponde con unos hechos reales acontecidos a finales del S. XIX.

Quizá por esa naturaleza imaginaria frente a la realidad (más o menos ficcionada y aderezada a efectos narrativos y cinematográficos) la ordalía del “marciano” puede llegar a nosotros imbuida de un aliento de positiva esperanza aderezado con toques de sentido del humor mientras que en la “peripecia” del trampero no hay concesiones y el drama se alía con la tragedia para descarnar el alma de alguien que literalmente resurge de la tumba para luchar por su vida tan despiadadamente como las circunstancias, los hombres y la Naturaleza han tratado de arrebatársela.

Son dos formas, en suma, de afrontar la soledad del hombre ante la oposición de los elementos, las circunstancias e incluso las propias leyes de la Naturaleza para que su vida continúe adelante. Son dos lecturas sobre el poder de la fe del hombre en sí mismo y en el poder de su convicción de no abandonar por infranqueable que parezcan los obstáculos.

Quizá por ello, incluso en el caso de ese hombre empujado por la venganza, es necesario llegar al punto en el que se han superado todos los obstáculos y se ha sobrepuesto uno a un destino que parecía inevitable para darse cuenta de qué sentido puede tener, después de todo, disponer de la vida humana, propia o ajena.

Lo malo es tener que pasar previamente por tan doloroso trance y que no nos baste con escarmentar en cabeza ajena, aunque sea frente a una (o dos) pantallas de cine.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.