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El hombre de una tierra salvaje: Largo camino hacia la venganza

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Construida con elementos de western, en realidad narra el proceso de maduración y autoaceptación de un hombre herido

Los cimientos de El hombre de una tierra salvaje están construidos sobre el sustrato creativo de una obra anterior, Un hombre llamado Caballo, y el interés de productor, estrella y guionista de la misma, Sandy Howard, Richard Harris y Jack DeWitt, de colaborar de nuevo en una prolongación espiritual, que no literal –ésa llegaría casi un lustro más tarde, con La venganza de un hombre llamado Caballo–, de tan particular acercamiento al western. De ahí que se fijaran en un mito de la conquista del Oeste norteamericano como el trampero Hugh Glass para narrar, igual que en su colaboración previa, el itinerario de transformación moral y mística –en este caso, además, de forma literal, ya que se trata de un relato en tránsito, con sus personajes en constante movimiento– de un hombre blanco desconectado de su propia esencia.

Un planteamiento narrativo que se complementa o, si se quiere, se mimetiza con las inquietudes de un director, Richard C. Sarafian, que venía de rodar uno de sus trabajos más puros, más esenciales, Punto límite: cero –que es, a grandes rasgos, una larga persecución que retrata, a través de las vivencias de su protagonista, el existencialista Kowalski (Barry Newman), los Estados Unidos post-Woodstock–, de ahí que intentara evolucionar todavía más a nivel expresivo, asumiendo un estilo más desnudo, más radical. La escasez de diálogos, y la necesidad de trazar el arco dramático del filme confiando en la gestualidad y la expresividad de Harris, le llevaron a darle un protagonismo excepcional a los entornos –por cierto, castellanoleoneses, más en concreto de la provincia de Soria– mediante un aprovechamiento espléndido del formato panorámico.

Sin embargo, y quien sabe si con la intención de acercarse a las formas más enérgicas del spaghetti western, Sarafian se aleja, por momentos, de la puesta en escena serena de Punto límite: cero para abundar en el uso de un recurso tan idiosincrásico de los setenta como el teleobjetivo. De hecho, a nivel visual, El hombre de una tierra salvaje adquiere mucha más fuerza cuando el director planifica de forma más estática, componiendo con mayor cuidado, que cuando tira de zoom para reencuadrar la escena o incluso para llevar a cabo algún (más bien brusco) movimiento de cámara.

Aun así, hay que reconocerle que, especialmente acompañado por la banda sonora de Johnny Harris, logra dotar de cierto sentido épico a las experiencias de Zachary Bass (Harris) y, sobre todo, crea una imagen de gran belleza plástica que Werner Herzog reinterpretaría en Fitzcarraldo: la del barco avanzando, sobre ruedas, a través de tierra firme.

No es baladí el detalle de que el capitán de dicha nave lo interprete John Huston. Como el Ahab que interpretara Gregory Peck en su versión de Moby Dick, su personaje está obsesionado con la figura de Bass, que acaba convirtiéndose en algo así como su ballena blanca –al fin y al cabo, también siente por él una mezcla de fascinación y de espanto intensos–, una especie de espectro intangible que le persigue y que representa, en gran parte, su sentido de la culpabilidad. Una imagen que va contagiándose al resto de su equipo, hasta acabar emborronando el recuerdo que tenían de su antiguo compañero y convertirlo en una especie de leyenda, un mito que les persigue desde más allá de la propia muerte.

Una dimensión de la historia, la mística, que comparten tanto El hombre de una tierra salvaje como esa relectura de la misma historia que supone el último trabajo de Alejandro González Iñárritu, El renacido.

Desde luego, no parece casual que tanto el Zachary Bass de Harris como el Hugh Glass de Leonardo Di Caprio experimenten a lo largo de sus respectivos metrajes diversos procesos de resurrección –mientras se recupera de sus heridas, el primero se entierra bajo elementos naturales para mantenerse caliente: cada vez que sale de ellos, Sarafian lo filma como si un muerto saliera de su tumba– que los convierte a la vez en revenants y en chamanes. Para ambos, con matices y significados distintos, ese tránsito les permite alcanzar, definitivamente, la paz, y reconciliarse con el significado de su propia existencia.

Frente a la continua búsqueda de la trascendencia visual de Iñárritu –ésa que ha llevado a unos cuantos a establecer paralelismos con el cine de Andrei Tarkovski–, el director de El hombre de una tierra salvaje resuelve el conflicto interno de su protagonista quizás de forma más sencilla, más directa, pero al mismo tiempo, también más significativa.

Tras sacrificar, durante su camino, numerosos animales para poder sobrevivir, y ver a otros tantos seres humanos asesinándose unos a otros, lo que altera de forma definitiva la visión del mundo de Bass es asistir al parto de una mujer india, que le conecta con su propia paternidad y le hace ser totalmente consciente –sin necesidad de las secuencias alucinatorias de Un hombre llamado Caballo– de cuál es su lugar en el mundo. Una idea muy hermosa y, a la vez, muy simple.

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