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Southpaw: Redención sobre el cuadrilátero

2015, SOUTHPAW
Allstar/THE WEINSTEIN COMPANY
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Reflexiona sobre nuestra sociedad ultracapitalista y narra el proceso de humanización de su primitivo protagonista

Antoine Fuqua es uno de esos directores hollywoodienses que, a pesar de trabajar de espaldas a reconocimientos críticos y a peregrinajes festivaleros, ha sabido construirse una carrera sólida e interesante desde dentro de la industria a través del cine de género.

La energía y la intensidad que transmite a sus narraciones, sobre todo en las set pieces, así como su tendencia a usar una fotografía seventies, contrastada y sin miedo al grano –sobre todo en sus colaboraciones con Maurio Fiore, con quien lleva trabajando desde Training Day–, marcan un estilo mucho más personal de lo que se le acostumbra a reconocer. Incluso cuando ha tenido que asumir patatas calientes como Lágrimas del sol, Shooter: El tirador u Objetivo: La Casa Blanca, Fuqua no solamente ha salido del trance con dignidad, sino que incluso ha dejado alguna huella autoral –como el ataque terrorista con el que arranca este último filme, auténtica lección de planificación y de montaje–.

En sus manos, Southpaw se convierte en algo más que una película de boxeo. Como ya ensayó en The Equalizer (El protector), el director transciende la propia ambición expresiva del guión de Kurt Sutter –guionista de The Shield: Al margen de la ley y creador de Hijos de la anarquía y The Bastard Executioner– a través de una atmósfera densa, pegajosa, que refuerza su dimensión existencialista.

De forma similar a clásicos del género como Cuerpo y alma, los responsables del largometraje entienden el deporte que abordan como un vehículo de reflexión social, una metáfora sobre la voracidad del ultracapitalismo, así como sobre su necesidad de crear y derribar mitos a toda pastilla. Pero, al mismo tiempo, también como una senda de redención personal y, sobre todo, de autoaceptación –de forma parecida a otra grandísima película deportiva que no ha conocido todavía estreno en España, Warrior– para su protagonista, Billy Hope (Jake Gyllenhaal).

Desde ese punto de vista, la necesidad del personaje de cambiar de estilo sobre el cuadrilátero, de pasar de ser un fajador a un estilista, no es solamente funcional. Es también un reflejo de su propia transformación personal, del lento proceso de maduración que le lleva, bajo la supervisión del veterano “Tick” Wills (Forest Whitaker), a renunciar a su rabia interior, a sus impulsos masoquistas, a cambio de ser más consciente de su propia realidad.

En las primeras secuencias, Fuqua rueda a Gyllenhaal como una especie de animal desbocado, incontrolado, de aspecto y comportamiento desagradables, que va ganando serenidad y, sobre todo, equilibrio emocional, a medida que avanza el metraje y, de alguna manera, se (re)encuentra a sí mismo. Cuando se va reconociendo, por fin, más allá del cuadrilátero a través del proceso de duelo compartido con su hija Leila (Oona Laurence).

En general, Fuqua planifica las secuencias de boxeo como si estuviéramos asistiendo a una retransmisión televisiva, dándole preferencia a los encuadres generales del cuadrilátero, e introduciendo algún plano de detalle rodado cámara al hombro. Pero, a medida que se hacen más personales para Hope, va quebrando ese planteamiento, interfiriendo con más planos disruptivos, a pie de cuadrilátero, que nos acercan más a la piel de los protagonistas.

De ahí que, en su enfrentamiento climático con Miguel Escobar (Miguel Gómez), el director emplee recursos tan agresivos como la cámara subjetiva, que nos meten mucho más en el fragor del combate y nos permiten experimentar la culminación del camino de redención del personaje de Gyllenhaal.

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