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Cómo ser libre en el éxito y en el fracaso

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/02/16

Es fácil decirlo, pero...

Habrá momentos en nuestra vida en los que todo nos saldrá bien y nos sentiremos queridos y valorados. Nos buscarán. Tendremos esa fama efímera de todo hombre. Nos conocerán. Nos adularán.

Serán momentos en los que correremos un peligro claro: la vanidad, la prepotencia, la sensación de que solos, sin contar con nadie, lo podemos todo. En esos momentos sería bueno mirar a Jesús y preguntarnos cómo lo vivió Él.

Siempre se retiraba a la soledad a orar, a poner las cosas en su sitio. En ese descanso en su Padre el corazón recobraría la paz. Jesús necesitaba de nuevo estar solo y encontrar su apoyo más necesario en su Padre.

Así debería ser con nosotros. Que nunca los halagos nos debiliten, porque nuestra felicidad y nuestra paz no descansan en el éxito, en la fama, en los logros.

Es fácil decirlo, pero, ¡cuánto nos cuesta vivirlo así de verdad! El éxito nos puede quitar la paz. En el éxito podemos dejar de mirar a Dios.

Me gustaría recodar las palabras que hoy escucho: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré».En ese momento en el que logro lo que quiero, que no olvide nunca de dónde vengo. Vengo de Dios, descanso en Dios.

Pero también sé que llegarán momentos de desierto, de incomprensión, de soledad, de fracaso.

Jesús los vivió. Vivió la persecución y la muerte. El abandono y el rechazo. Y en esos momentos volvió de nuevo la mirada a su Padre. Como esa noche oscura de Getsemaní, y se lo entregó todo. En la oscuridad, vacío de todo, estaba Dios.

Siempre está Dios cuando todo lo demás me falta. Pero mirando más en profundidad, veo que en realidad en las épocas duras hay cosas muy bellas. Y en los momentos de éxito hay cosas duras que podemos entregar.

Mirando más allá es así. No es todo tan blanco o tan negro. Hay personas felices en el dolor. Hay gente amargada en el éxito.

En sus inicios, cuando muchos le siguen por sus palabras y sus milagros, no todos lo adulan. Algunos quieren matarlo. Y a veces son los suyos. Sus familiares y amigos de Nazaret. Seguramente serían muy cercanos y queridos por Él.

¡Qué dolor tan grande en el alma de Jesús! No pudo cambiar a los suyos. No pudo mover sus corazones y no creyeron en Él. Es verdad que todo se juega en creer o no en Jesús. Jesús sintió pena, desilusión, impotencia.

Igual que en los momentos finales de su vida también tuvo personas en las que descansar como en Betania, en Juan, en María, en José de Arimatea, en Nicodemo.

Pienso que tenemos que pedirle a Jesús una mirada profunda para no dejar de sentirnos pequeños, limitados y necesitados en los momentos de éxito. Y una mirada pura para saber ver la belleza de alguien que nos consuela, que nos apoya y nos acoge, en los momentos de dolor y de cruz.

Me gustaría pedirle hoy a Jesús un amor como el que san Pablo describe. Un amor auténtico con vocación de eternidad. Un amor que reúna todas esas características que me parecen casi imposibles: «El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites».

Es el mayor milagro que le podíamos pedir en nuestra vida. Que en el éxito y en el fracaso, en medio de los hombres y en la soledad, mi amor sea siempre así: un amor paciente y puro, un amor generoso y servicial.

Un amor así no se improvisa. Es un amor que madura en la entrega. Que no depende de qué momento estemos viviendo. Un amor así es un don que pedimos cada mañana para poder seguir a Jesús por los caminos, amando como Él nos ama.

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