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"El Renacido": Exuberante hasta el exceso

Ramón Monedero - publicado el 01/02/16

Visualmente imponente pero emocionalmente difusa aunque en conjunto sea una obra apabullante

El renacido cuenta la historia real de Hugh Glass, un cazador que vivió cuando el lejano oeste aún no había tomado forma. En 1822, Glass fue contratado para recorrer el río Misuri hasta su nacimiento para cazar y comerciar con pieles.

Estos viajes solían durar años y en agosto de 1823, Glass fue atacado por un oso que lo dejó malherido y finalmente, cayó inconsciente.

El equipo que iba con él, al ver las heridas, dio por seguro que no sobreviviría, así que dos voluntarios, Fitzgerald y Bridger (este último de 17 años) se quedarían con él hasta que falleciera para después enterrarlo dignamente.

Pero parece ser que unos indios sorprendieron a Fitzgerald y Bridger, o eso es al menos lo que ellos contaron.

Lo cierto es que con la tumba ya excavada, Fitzgerald y Bridger cogieron sus pertenencias y parte del equipo de Glass y lo abandonaron, dando por seguro que moriría en poco tiempo.

Sin embargo Glass se aferró a la vida como nadie se hubiera podido esperar. Se recuperó de sus heridas y primero arrastrándose, después cojeando y finalmente andando, recorrió más de 300 kilómetros con una idea que fue calando en su cabeza: vengar a quienes lo abandonaron.

Aunque con pequeñas variaciones (a Glass le sacan un hijo inexistente) en esencia, esta es la historia que nos propone El renacido.

Se trata de la última película del director mexicano Alejandro González-Iñárritu, un hombre que comenzó como un outsider de la industria y que ahora, aunque sin perder su esencia, se ha hecho un importante hueco dentro de la industria de Hollywood.

No es la primera vez que un director se lleva un Oscar y nunca más se supo, pero este no es el caso de Iñárritu. Habrá a quien le gusten más sus primeras películas y habrá quien prefiera las últimas, pero de lo que no cabe la menor duda es que Alejandro González-Iñárritu es un director a tener en cuenta.

Lo primero que vale la pena destacar es que El renacido es un espectáculo de primer orden.

Su estética sucia, el uso (y el abuso) del gran angular, el empleo de los primeros planos casi crispados, confieren al conjunto un aroma excelso, casi excesivo.

Las apabullantes imágenes del oeste nevado y el cuidadísimo y asombroso uso de los efectos especiales (casi imperceptibles pero palpables -atención al ataque del oso-) combinados con sus elaborados planos secuencia construyen una obra formalmente impecable y realmente asombrosa.

Sin embargo El renacido se queda un poco corta en lo que a emociones se refiere. Planteada como una epopeya sobre la supervivencia, el relato se desinfla hacia la mitad de la película y su coleteo final, en torno a la venganza de quien lo abandonó, suena a pegote un poco forzado.

Ya lo hemos dicho alguna vez, el cine por su naturaleza limitada, generalmente está obligado a esquematizar las cosas y por tanto, a veces, a simplificarlas.

En El renacido, Hugh Glass (un soberbio Leonardo Di Caprio) persigue a quien fue responsable de que lo abandonaran. En la historia real Glass, perdonó la vida a quienes lo dejaron a su suerte. A uno por ser muy joven y al otro por tratarse de un oficial del ejército y asesinarlo estaba penado con la muerte. Una suerte de misericordia forzada pero, misericordia al fin y al cabo.

En El renacido las cosas pasan de forma distinta. Di Caprio encuentra a quien lo abandonó y tras una encarnizada pelea, cuando lo tiene a su merced le dice “la venganza está en las manos de Dios” y lo deja a su suerte en una situación digamos, complicada. Glass se lava las manos, al menos ante su propia persona, él no ha matado a nadie.

Puede que la película no sea una obra maestra y puede que se haya descuidado un poco su aspecto dramático, aunque a cambio hayamos sacado un envoltorio formal apabullante.

Sin embargo, vale la pena ver El renacido entre otras cosas porque -algo que no suele ocurrir- cuando uno termina de verla, siente la sensación de que seguramente valdría la pena volver a verla. Y esto último, vale millones.

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