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¿Es posible que una persona cambie?

© Lisa A

Carlos Padilla Esteban - publicado el 29/01/16

Si las pasiones y el subconsciente no han sido captados, es muy difícil que las formas adheridas a la piel duren para siempre

Es curioso, a veces no dejo que las personas cambien. Me cuesta renunciar a mi esquema, a la casilla elegida. Me exige esfuerzo quitarme los prejuicios y las ideas preconcebidas.

Me da igual lo que hagan, lo que intenten, lo que luchen tratando de ser mejores, distintos. Un día las coloqué en una casilla, decidí cómo eran y siempre de nuevo las veo igual, no las dejo salir de mi imagen.

Aunque hayan cambiado, aunque hagan las cosas de forma diferente, no lo acepto. Me gusta mi modelo. No acepto que ahora sean generosas cuando antes no lo eran. No quiero asumir que ahora son más humildes porque nunca antes lo fueron. Son quienes he decidido que sean y de ahí no pueden salir.

A veces no acierto en mi juicio, me confundo. Las coloco en la casilla incorrecta. Pero aunque esté errado, no las cambio. Alguien me sugiere que no es verdad, que estoy equivocado, que estoy difamando, pero no lo acepto. Sigo atado a mi percepción.

Todo esto nos pasa con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos. Nos pasa precisamente con aquellos a quienes más amamos, con aquellos a los que más conocemos.

Volvemos una y otra vez a nuestra idea preconcebida: «Siempre de nuevo con tus cosas, nunca vas a cambiar», les decimos, cuando repiten un mismo gesto, o caen en un mismo juicio.

Y si un día cambian de verdad y ya no actúan de la misma manera, no nos acabamos de creer la autenticidad del cambio. Seguimos anclados en nuestra idea.

Pero también nos sucede con las personas más lejanas, aquellas a las que conocemos menos. Es más fácil todavía etiquetar a los desconocidos, criticarlos, condenarlos.

Basta un juicio que escuchamos sobre su vida. De una persona o de varias. O basta un encuentro con nosotros, algo que nos dijo, algo que hizo, alguna torpeza que nosotros interpretamos viendo intenciones detrás que tal vez no estaban. Eso basta para encasillar, para prejuzgar, para decidir si tal o cual persona es digna de nuestro respeto y cariño.

Nuestra percepción subjetiva se convierte en un criterio de juicio absoluto. Con frecuencia pasamos por alto un derecho a cambiar que tiene todo hombre.

El paso del tiempo no sólo nos llena de canas y arrugas. Curiosamente puede llegar a cambiar aspectos de nuestra personalidad. Los años nos cambian. Sí o sí. Para bien o para mal. Nos pueden hacer distintos.

Crecemos, cambiamos ciertas ideas que teníamos sobre la vida, descubrimos nuevas facetas antes nunca descubiertas. Desarrollamos habilidades que teníamos ocultas, ejercitamos virtudes que no conocíamos.

Encontramos nuevos ámbitos en los que poder desarrollarnos. Algunos de nuestros defectos los limamos con esfuerzo. Algunas de nuestros talentos, con el paso de los años y el trabajo, brillan más.

Tal vez el tiempo nos hace más pacientes. O más alegres. O tal vez la vida, el amor, las heridas, nos hacen más flexibles y abiertos a los cambios.

Muchas veces podemos convertirnos en mejores personas si le dejamos a Dios que actúe en nuestro corazón. Él puede obrar milagros en mi forma de ser, en mi forma de amar. Puedo crecer y ser mejor.

Pero también sé que la repetición continuada de muchos actos de generosidad no necesariamente me hace más generoso. Las formas que repito porque estoy rodeado de un ambiente que lo favorece, no por ello se han grabado en el alma para siempre.

Como decía el padre José Kentenich: «Lo esencial no es la piedad de prácticas sino la piedad de convicciones»[1]. Nos gustan las formas externas. Nos dan seguridad. Pero muchas veces estas formas no van acompañadas de un convencimiento interior.

Si mis pasiones y mi subconsciente no han sido captados, es muy difícil que las formas adheridas a la piel duren para siempre. Cuando vengan vientos fuertes todo se tornará mucho más difícil.

Creo en los cambios. Eso sí. Creo en esos cambios que se producen en lo más hondo del corazón. En esos cambios auténticos del alma.

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

Tags:
alma
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