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Oración a la Virgen María niña

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Con el tiempo perdemos la inocencia y es la mayor tragedia de nuestra vida... ¿por qué me turbo tantas veces en la vida?

En un monte de México se apareció la Virgen de Guadalupe a un indio. Irrumpió un día en su vida y le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?”. María aparece en su vida y le pregunta algo tan sencillo. ¿Qué haces, Juanito?

María amaba a Juan Diego. Lo amaba en su vida concreta. Mucho antes de aparecerse en aquel monte. Lo amaba desde antes incluso de su conversión, desde antes de ser bautizado. Era su hijo más pequeño.

Juan Diego era un hombre viudo, que había sido bautizado y amaba con ternura a Dios. María viene a su vida de repente. Ella busca los corazones más sencillos. Lo mismo hace con nosotros.

Jesús también se acercó a Juan Bautista en el Jordán. María irrumpe y se aparece en mi vida. Quiere que sea feliz. Ella quiere que vivamos en su pecho, que aprendamos a confiar.

Juan Diego tiene esa relación de hijo con María y a su vez, también la ve como una niña: “Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía”. ¡Cuánto cariño en tan pocas palabras! ¡Cuánta ternura!

Me sorprende ese amor niño de Juan Diego. Ese amor filial que lo hacía sentirse hijo, niño en las manos de Dios, de María. Una filialidad que sana el corazón. Decía el padre José Kentenich: “Una filialidad capaz de calar hasta el subconsciente y obrar allí milagros de transformación”[1].

Quiero aprender a ser niño. María también es niña. Para Juan Diego es su niña, una más de sus hijas, la más pequeña. Y a la vez es su Señora y su Madre. Ante Ella se siente pequeño. Tan débil y tan hijo confiado en sus manos seguras de Madre.

Se sentía niño. Y veía a María como una niña. El amor asemeja y acerca. Hace que se intercambien los papeles. Somos padre e hijo, madre e hija al mismo tiempo. En un amor que nos aproxima, que nos hace casi una sola carne.

Juan Diego y María unidos por el fuerte lazo de su amor. De un amor profundo y cálido. De un amor de niño.

El otro día vi un cuadro que me llamó mucho la atención. San Juan apóstol le daba la comunión a la Virgen María. Me conmueve pensar en esa escena. Nunca antes lo había pensado. María se fue a casa de Juan. En el cuadro Juan se parece mucho a Jesús.

El amor asemeja. Juan quiso mucho a Jesús. Y Jesús a Juan. Tal vez tuvieran un cierto parentesco. Pero me quedo con el amor que asemeja. Juan mira a María y le da de comulgar a su propio hijo.

Nunca lo había imaginado. Pero pudo ser así. Las primeras comunidades celebraban la eucaristía desde un tiempo temprano. María pudo haber recibido a su hijo en su corazón de nuevo hecho carne.

Me conmueve mirar a María arrodillada otra vez, como en la Anunciación. Otra vez diciéndole que sí a Dios. Diciendo que sí a la voluntad de Dios. Otra vez haciéndose niña la que es Madre.

Niña, la que es esclava del Señor. Niña, la que tiene todo el poder y nos da seguridad en los caminos. Me alegra mirar a María niña.

Parece indefensa, pero lleva a Dios en su seno. Parece incapaz de entregar toda su vida. Pero su corazón de niña confía y se entrega totalmente. Hay una gran devoción a María como la Divina Infanta.

Yo a veces no la miro como niña. Tiendo a ver a María antes como Madre que como niña. Pero hoy me quiero detener en sus ojos de niña, en su mirada tan pura, en la inocencia de sus labios. Parece indefensa y está llena del poder de Dios.

Su fortaleza me conmueve. Y su fragilidad aparente. Me quiero detener en sus manos de niña alzadas hacia Dios, indefensa, humilde, esclava. Quiero cuidarla y protegerla entre mis brazos. Cuando es Ella la que siempre me protege.

Me siento, como Juan Diego, un padre de Ella, siendo su hijo. Es el amor que intercambia los papeles. La miro como niña dócil. Es una niña que tiene su seguro en Dios, en el corazón de Dios. Teme y confía. Se abraza y se pone en camino.

Desde el primer día María vivió lo que nosotros tenemos que vivir. Desde el día en que el Ángel le dijo que era llena de gracia y su corazón se ensanchó ante el horizonte inmenso del océano. Temió, confió, lo dio todo con sus manos de niña abiertas al cielo.

Decía el Padre Kentenich: “No hay mayor felicidad para el hombre de hoy que la recuperación del sentir de niño frente a Dios y no hay misión más grande en estos tiempos que la de reconquistar para la humanidad el perdido sentir de niño”[2].

Miramos a María niña, como Juan Diego, para recuperar el sentir de niños. La miramos niña para ser nosotros como Ella, también niños. Queremos volver a ser como niños. Confiados. Con una mirada pura y llena de Dios. Con inocencia y belleza. Frágiles pero llenos del poder de Dios.

Con el tiempo perdemos la inocencia y es la mayor tragedia de nuestra vida. Desconfiamos. Sospechamos. Tememos la muerte. Nos asusta la vida. El horizonte infinito nos parece imposible.

Si dejamos de ser niños la vida se vuelve difícil, dura. Como si todo a nuestro alrededor estuviera contra nosotros. La mirada de los niños no desconfía. No ve segundas intenciones. Cree con ingenuidad en la bondad de los hombres. Siempre espera.

María fue niña y también fue Madre ante Juan Diego. Y le dio seguridad cuando él dudó de su poder, cuando temió por la muerte de su tío que estaba enfermo: “No se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.

Me alegra ese corazón de niño de Juan Diego que cree. Un corazón que confía y teme. Que se asusta ante la vida porque ve su debilidad. No acaba de creer en los imposibles.

Me gusta mirar así a María, como lo hizo ese indio niño. Como la que sostiene mi vida. Como ese manto protector en el que me refugio cada día al renovar mi alianza de amor con Ella en el santuario.

Y María dejará entonces impreso su rostro en mi pecho. Para que no la olvide. Para que no olvide que soy su hijo.

Entonces, ¿por qué me turbo tantas veces en la vida? ¿Por qué me asustan los peligros y temo fracasar en mis proyectos? María me pide que no tema, que no me angustie, que no me agobie por cosas sin importancia. Me pide que la mire y crea. Para Ella soy el más pequeño y el más valioso de sus hijos.

Me gusta arrodillarme ante María y confiar de nuevo como los niños. Saber que estoy en su regazo, seguro, protegido. Que Ella sostiene mi vida y me conduce. Necesita mi amor, mi entrega confiada, mi sí, como un instrumento dócil en sus manos. María puede pedírmelo todo, porque me lo ha dado todo.

El papa Francisco comentaba a los sacerdotes el jueves santo hablando del cansancio: “Estén seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?, nos dirá siempre que nos acerquemos a Ella. Y a su Hijo le dirá, como en Caná: – No tienen vino”.

Es el amor de Madre de María. Está cerca, ¿por qué temo? Es el amor de una Madre que a la vez es hija y aprendió a vivir confiada en las manos de Dios, su Padre. Sabe que me falta vino, sabe que tengo sed. Se preocupa por todo lo que me preocupa.

Con su vida me enseña el camino de mi descanso. El camino para poner mi vida en sus manos y descansar de verdad. ¡Tantas veces me canso queriendo gobernar el timón de mi barca! ¡Tantas veces quiero salvar el mundo con actos generosos!

Una persona le rezaba así a María: “Querida María, te entrego mi pobreza. Soy pequeño. Te entrego mis amores humanos, mis miedos a perderlo todo. Tú sabes cuánto te amo. Y cuánto anhelo tu cielo. Pero tengo un corazón herido que se apega a la vida. Me conoces. Sabes que tropiezo a veces. No quiero perder lo que poseo. No quiero quedarme sin lo que amo. Tú me quieres como soy. Con mis torpezas. Conoces mi debilidad. Mi pobreza. Y me quieres. Y me llamas. Me encanta mirarte como niña. Te pido perdón cuando te fallo. Dame paz. Quiero soñar con lo imposible”.

Me gustaría mirar siempre así a María y confiar. Mirar con ojos de niño. Ella tiene en sus manos mi vida y sabe lo que más me conviene. Sabe lo que yo necesito antes de que yo lo sepa. Se preocupa de todo lo mío, hasta de lo más pequeño. Está donde yo no llego y actúa a través de mi vida.

Pero yo a veces me ofusco y deseo sólo lo que me inquieta en ese preciso momento. Y pierdo la perspectiva de la vida. Porque todo es más grande, y más vasto, de lo que yo veo.

No quiero dejar de soñar. No quiero empeñarme en lo que a mí me parece lo mejor, lo más necesario. No quiero esa mirada mía que a veces es tan mezquina, tan reducida, tan pobre. Quiero ir más lejos, mar adentro. Y creer en lo que María me pide. Hacer sus planes, no los míos.

Hoy escucho de nuevo su voz: “No les queda vino”. Es verdad. Lo veo cada día. Falta vino a mi alrededor. También a mí me falta el vino verdadero.

Falta el vino de la alegría, del amor auténtico, de la vida más plena. Falta ese vino de la felicidad que el mundo ansía y busca torpemente. Falta el vino de las relaciones humanas sanas, verdaderas y profundas. El vino de una vida con sentido. El vino de una vida pacífica y pacificadora. El vino de un caminar en el que Dios sea quien mande y gobierne mis pasos. Falta el vino que da alegría al corazón del hombre y lo llena de luz.

Los hombres quieren beber un vino verdadero, el mejor vino. María lo ve y me pide que yo les dé vino.

Y yo a veces le digo que no es mi hora. Que no es mi momento. Que sólo tengo agua. Que no puedo, porque estoy cansado, porque tengo sed. Le digo que tengo otras cosas más importantes que hacer, otras preocupaciones y problemas.

Doy un rodeo al monte como hizo Juan Diego cuando, después de la negativa del obispo a escuchar sus ruegos, y preocupado por la salud de su tío, quiso evitar a María dando un rodeo por el monte.

Pero María lo buscó e irrumpió de nuevo en su camino. A veces quiero evitar a María y hago lo mismo. No quiero que vuelva a pedirme aquello para lo que no me siento capaz.

Pero me vuelve a encontrar. Irrumpe en mi camino y me lo pide de nuevo. Y me dice en el corazón: “Falta vino”. Y yo no quiero escuchar. Pero me calmo y asiento. Lo sé, necesitan vino.

 

[1] J. Kentenich, Kentenich Reader I

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

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