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Exorcismo en el cine: ¿es creíble lo que nos muestran?

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El Exorcista (1973) inauguró todo un subgénero cinematográfico, en el que quizás la realidad supere la ficción

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El estreno de Exorcismo en el Vaticano (Vatican Tapes, Mark Neveldine, 2015) nos invita a volver la mirada hacia el cine de posesiones. Como ya apuntamos en su momento la cinta de Mark Neveldine es una propuesta que deja mucho que desear. Precisamente en aquel artículo una lectora nos preguntaba dónde se podían encontrar películas realistas dentro de esta temática.

Difícil propuesta. De entrada porque como medio de expresión artístico que es el cine, está en su ADN reinterpretar la realidad en función de los intereses creativos de su director o guionista, de modo que es, a priori, el cine, un mal sitio para buscar cosas realistas. Pero es que, en segundo lugar, el cine también es un medio de masas, un espectáculo, por lo que siempre tendrá una tendencia a la exageración, a lo más vistoso y al espectáculo vaya o no en detrimento de la realidad.

Las películas de exorcismos se articulan en función de una serie de clichés que han aguantado inamovibles desde el estreno en 1973 de El exorcista (William Friedkin). Aquella película estaba basada en una novela bastante regular de William Peter Blatty que se convirtió en un éxito de ventas. La todopoderosa Warner Bros vio en aquel texto la semilla idónea para confeccionar un éxito de masas y no se equivocaron.

Por si fuera poco, el film se lo encargaron a joven cineasta de la época con fama de ser un psicótico creativo que estaba dispuesto a darlo todo en un proyecto como El exorcista. Menos mal, porque de haber caído en manos de un director sin sangre muy fácilmente ahora estaríamos hablando de una película mediocre.

La novela de Blatty estaba basada en un caso real, el de Rolan Doe, un niño de 13 años que según parece pudo haber sufrido un caso de posesión demoniaca y que fue exorcizado por el reverendo William S. Bowdern. Al parecer Blatty recuperó numerosa información al respecto para redactar su libro aún así, como decíamos al principio, no dejamos de hablar de una reinterpretación de la realidad con una intención artística o, en todo caso, comercial.

No obstante, lo más interesante de El exorcista, la película, es el tono absolutamente realista con el que es tratada toda la acción. Incluso los momentos más grotescos resultan verosímiles y llegan a confundirse con la tendencia natural hacia el espectáculo de una película, de forma que ficción y realidad casi se mezclan.

Existe otro supuesto caso real muy bien documentado que ha sido llevado al cine al menos en dos ocasiones que valgan la pena considerar. Se trata de Annaliese Michel, una joven alemana de una familia profundamente religiosa que un día comenzó a escuchar voces, retorcerse en pesadillas y a sufrir convulsiones. La cosa solo fue a peor hasta que el obispo de Wurzburgo, Josef Stangl, autorizó el exorcismo. Durante un año Annaliese fue sometida a más de setenta sesiones de exorcismos hasta que el 1 de julio de 1976, exhausta, murió.

El caso ha servido de base para El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, Scott Derrickson, 2005), una superproducción de Hollywood más o menos pasable y Requiem (El exorcismo de Micaela) (Requiem, Hans-Christian Schmid, 2006), mucho más interesante y realista también. Esta producción alemana se acercaba al caso de Annaliese sustituyendo el nombre de su protagonista y poniendo el acento en el drama del personaje. Requiem es de todos los títulos citados, de lejos, el menos vistoso y puede incluso que se quede corto, según cuentan las crónicas de lo que ocurrió realmente.

Pero como decíamos, resulta muy difícil cogerle el equilibrio a un medio tan abierto al espectáculo como el cine. Lo habitual suele ser pasarse, Requiem, creo yo, se queda corta y lo hace porque no quiere desviar la atención y centra su relato en el sufrimiento de una joven que un día sintió que había alguien más con ella en su interior.

Creer o no creer en las posesiones ya es otra cuestión, aunque como dijo el reverendo Paul Stark, “si el diablo nos puede convencer de que no existe, entonces gana la mitad de la batalla”.

 

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