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CLÁSICOS DE CINE: Casino, el infierno en Las Vegas

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Una película durísima en la que Scorsese obliga a sentir compasión por un ser despreciable

ADULTOS CON RESERVAS – Escenas extremas de contenido violento o sexual

El estreno de Legend (Brian Helgeland, 2015), un film sobre las correrías de los hermanos Kray, una pareja de gánsteres que sembraron el terror en el Londres de los 60, nos puede servir de excusa para inaugurar esta nueva sección con un celebrado clásico moderno del cine de la delincuencia organizada, Casino (Martin Scorsese, 1995). De hecho, del film de Helgeland se ha dicho que “copia a Scorsese” (Diario El Periódico), que tiene “leves aromas scorsesianos” (La vanguardia) o que la película no pasa de ser “un Scorsese descafeinado” (New York Post). Nadie puede hacer una película sobre la mafia, sea del lugar que sea, sin que la sombra de Scorsese planee sobre su cabeza.

Casino fue un encargo de Nicolas Pileggi, un escritor que ya había colaborado con el director en otra obra maestra del género, Uno de los nuestros. Pileggi quería llevar al cine su detallada visión de la corrupción en Las Vegas de los 70 y no se le ocurría nadie mejor que Martin Scorsese que había elevado su libro “Uno de los nuestros” a clásico de culto casi en el acto. No fue un proyecto personal del director desde un primer momento aunque se sentía muy cómodo con el material. Casino es mitad una película de encargo, mitad una propuesta personal.

Casino nos cuenta la historia de Sam “Ace” Rothstein (Robert De Niro), el jefe de uno de los casinos más importantes de Las Vegas cuyo trabajo consiste en procurar que el flujo de dinero que entra y sale del lugar no se detenga nunca. Un día Nick Santoro (Joe Pescis), un delincuente de poca monta, extremadamente violento y carácter imprevisible, llega a la ciudad con la intención de quedarse para desbaratarlo todo.

De entrada, lo que llama la atención de Casino es su personaje principal, Sam Rothstein, contra todo pronóstico, un eficaz gestor en el truculento mundo del juego en Las Vegas pero en lo personal, un verdadero pringado. Rothstein está enamorado de Ginger McKenna (Sharon Stone), una bellísima mujer de turbio pasado que no está enamorada de él pero que se deja agasajar. Desde el minuto uno el espectador saber que esta relación no va a salir bien y nadie sale defraudado con esto, excepto el propio Rothstein.

La película, con el endiablado ritmo habitual de Scorsese, sus equilibrismos visuales (apoyados fundamentalmente en el montaje) y las soberbias interpretaciones, se pasa en un suspiro. Uno tiene la sensación de estar descendiendo a los infiernos para conocer a lo peor de cada casa y las entrañas de un mecanismo engrasado por la extorsión, la corrupción y la violencia.

Sin embargo, en el infierno, uno no puede existir sin su ración vital de penitencia. Como si de algún tipo de pecado original arrastrasen, sus protagonistas tienden a arrimarse a aquello que les hace daño como si así aliviaran su sensación íntima y personal de merecida condena. Le sucedía a Travis Bickle en Taxi Driver (1976), a Jake La Motta en Toro salvaje (1980) o a Sam Bowden en El cabo del miedo (1991), siempre hay una razón para flagelarse aunque la desconozcamos.

En este sentido, la particular flagelación de Rothstein es Ginger. Su empeño por continuar con ella aun cuando le ha sido infiel delante de sus narices desafía cualquier lógica sentimental. Pero en cambio Rothstein parece empeñado en padecer mal de amores como si eso fuera lo que “debe padecer”.

Mientras, en el opuesto extremo, tenemos aquellos personajes que no se sienten culpables de nada y es más, pretenden actuar como verdugos con legitimidad para decidir qué está bien o mal. Son estos los peor parados en las películas de Scorsese y son estos también los que, con frecuencia, antes suelen revelar que aunque repugnantes, también son seres humanos.

En Casino, Nick Santoro es traicionado por los suyos, llevado a un apartado maizal, golpeado a palos hasta que, sin poder moverse, es enterrado vivo. La escena, de una violencia extrema, consigue en cambio su objetivo. Un personaje como Santoro que a lo largo de toda la película se ha comportado como un violento desgraciado que jugaba a ser Dios con la vida de los demás, es también una persona que sufre, sangra y llora. Terrible.

Terrible por el momento en sí, como digo, brutal. Terrible por lo que le hacen al personaje y por cómo es mostrado en pantalla. Y terrible porque Scorsese obliga al público a ponerse en la piel de un psicópata que ha despreciado durante todo el metraje pero que ahora siente compasión por él. Es terrible, pero también una sorprendente característica del ser humano. La tendencia irrenunciable a la compasión.

Al final, en Casino, uno siente compasión por Nick Santoro y esto es algo con lo que el público termina de ver la película con el estómago un poco indispuesto, preguntándose cómo han jugado con él para sentir cualquier tipo de misericordia por semejante despojo moral.

En los soberbios títulos de crédito de Casino, diseñados por el mago Saul Bass, Scorsese nos da la bienvenida a su película entre luces de neón y llamaradas de fuego. La particular puerta de entrada a ese infierno en la Tierra que es Las Vegas de los 70, según la lupa de Scorsese, un lugar preñado de asesinos, corrupción, extorsión, chantaje y todos los delitos que uno pueda imaginar.

 

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