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Tips para aprender de la Virgen María a vivir la rutina diaria con alegría

Padre Faus - publicado el 05/01/16

¿De dónde sacaba su alegría, en esa secuencia de días casi siempre iguales a lo largo de casi treinta años? Descubre su secreto y mira estos prácticos consejos para imitarla

Cuando San Lucas empieza a narrar la vida pública de Cristo dice que, al iniciar su ministerio Jesús tenía unos treinta años (Lc 3,23).

Treinta años. Cuando Jesús empezó a atraer a las multitudes con su palabra y sus señales milagrosas, los que lo habían conocido antes se quedaban asombrados: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María? (Mc 6,3); ¿No es éste el hijo del carpintero? (Mt 13,55).

¿Entiendes lo que eso significa? Durante por lo menos treinta años, la vida de Jesús tuvo – a excepción de unos meses en el exilio en Egipto – la normalidad de la vida diaria de la relación familiar y de trabajo propia de un hogar modesto. Se ve que José, al iniciarse su vida pública, ya había fallecido, porque sólo es mencionado indirectamente, mientras que la madre es presentada como la persona conocida, María.

Dirijamos nuestra mirada a la Virgen Madre. Pasados los acontecimientos extraordinarios de los primeros dos años después de la Anunciación (cf. Lc,1,39.2,52), la vida de ella entra en la “rutina” de madre de una pequeña familia en Nazaret (Mt 2,23). María, junto con Jesús y José, ve transcurrir los días con la aparente monotonía de un calendario y un reloj que nunca marcan eventos extraordinarios (a excepción de los dos días y poco de agonía, cuando Jesús, a los doce años, se quedó en el Templo).

¿De dónde sacaba su alegría, en esa secuencia de días casi siempre iguales a lo largo de casi treinta años? De la misma fuente de donde sacaba todas las demás alegrías: ¡del amor!

Vale la pena meditar sobre ello, porque es muy frecuente que hoy las personas, alucinadas por alegrías de fantasía, fuera de lo común, pierdan las verdaderas alegrías del día a día.

La “rutina” del día

La rutina del día puede ser, para cualquiera, una cosecha de cenizas o de oro. Depende de nosotros. Para María, cada día era una recaudación de oro fino, un tesoro de gozo que, al dormir, le dejaba una sonrisa estampada en los labios.

No cuesta nada pensar en las pequeñas alegrías cotidianas de Nuestra Señora: su convivencia amable con Jesús y José, el cuidado de su Hijo, el encanto con el hijo que crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52); las conversaciones íntimas al final del día, la risa cristalina de los juegos puros; y las canciones que animaban el trabajo: y la búsqueda del agua en el pozo, hacer pan casero, preparar alimentos en el horno de piso, la tarea de hilar, tejer, coser…

Con qué cariño María debe haber tejido la túnica sin costura, que los soldados sortearon a los pies del hijo crucificado (Jn 19,23-24)…

La rutina del día era para ella, como para nosotros, “es un tejido de pequeñas menudencias, que –según la rectitud de intención – pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados. (Camino, n. 826)

La “rutina” de María sólo tenía una intención: el amor. Era una tapicería de virtudes. Como decía el cardenal Luciani, pocos días antes de convertirse en el Papa Juan Pablo I, en un artículo sobre las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, la “tragedia cotidiana” (casi diaria en los roces, peleas y discusiones de muchos hogares) puede ser transformada por el amor en “la sonrisa cotidiana”.

Con su ejemplo, María nos dice: “en la sencillez de tu labor ordinaria, en los detalles monótonos de cada día, has de descubrir el secreto para tantos escondido
de la grandeza y de la novedad: el Amor”. (Surco, n. 489)

Aprender con la Virgen las alegrías cotidianas

El amor al deber

Un adolescente inmaduro decía “El deber… son todas aquellas obligaciones aburridas que la gente detesta hacer”.

María nos diría exactamente lo contrario: “El deber es la voluntad de Dios, que yo escucho en cada momento, y que me pide responderle de nuevo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Cada detalle del deber es como un ángel Gabriel, que dice que Dios me espera ahí, y eso me llena de alegría”.

San Josémaría hacía sobre eso un bello comentario: “Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido”. (Es Cristo que pasa, n. 148).

Así, el deber, en vez de ser una obligación aburrida, es un cántico del alma que vive de amor.

Alegría esmerada en el deber

El poeta francés Charles Péguy decía: “Mi madre (una campesina sencilla) secaba el mimbre de las sillas con el mismo amor y el mismo entusiasmo con que nuestros antepasados construían las catedrales – ‘du même amour e du même coeur’”.

Antes recordábamos el esmero con que María tejió, de una sola pieza, la túnica inconsútil de Jesús. Es el ejemplo de una actitud constante en ella, pues ella todo hacía por amor a Dios, a Jesús y a José, con el mismo cariño e idéntico esmero, cuidando hasta el más mínimo detalle.

Pienso que la beata Teresa de Calcuta era como un eco del corazón de Nuestra Señora, cuando escribió al arzobispo vietnamita F. Xavier Van Thuân, que fue liberado de la cárcel tras 13 años de cautiverio: “Lo que cuenta no es la cantidad de nuestras acciones, sino la intensidad del amor que ponemos en cada una de ellas”.

Van Thuân, citó esas palabras en el retiro en el que predicó al papa Juan Pablo II en marzo de 2000, y comentó: “Cada palabra, cada gesto, cada decisión, tiene que ser el momento más bello de nuestra vida. Es necesario amar… sin perder un segundo”.

La alegría de contemplar

¿Ya imaginaste la felicidad con la que María debe haber contemplado a su hijo Jesús entre la paja del pesebre, dormido en sus brazos y luego en el hogar de Nazaret, mientras gateaba, daba pasos inciertos y se lanzaba a los brazos protectores de ella? Y al observarlo esmerarse como aprendiz de José, trabajando con arte la madera, en todo momento.

Ella vivía con los ojos y el corazón puestos, con inefable felicidad, en aquel que los profetas llamaron el más hermoso de los hijos de Adán (Sal 45,3).

Cómo nos hace falta pedirle: “Madre, enséñanos a contemplar. Porque hoy el mundo parece haber perdido esa capacidad: poco meditamos en la intimidad, en el silencio orante del corazón (cf. Lc 2,19)… Parece que perdemos la capacidad de concentrarnos en la contemplación agradecida de las cosas bellas, de las palabras de Dios y de los dones que Él nos da…

Hasta la religiosidad, para algunos, tiende a manifestarse sólo como agitación, ruidos, jaleo, alboroto teatral…

Cómo necesitamos aprender a contemplar, en la paz de una iglesia, en unos días de retiro en silencio, o solos en casa (cf. Mt 6,6) – con los ojos y la imaginación llenos de fe -, las escenas de la vida de Jesús (el Evangelio, el Vía Crucis…); y los pasajes de la vida de María (los misterios del Rosario), con el corazón abierto a la intimidad divina, para ver, escuchar, orar, amar…

La alegría del “sacrificio escondido y silencioso”

Esa expresión de san Josémaría – “sacrificio escondido y silencioso” – define bien una actitud fundamental de la vida de María Santísima.

Comentaba ese santo la escena evangélica de la mujer del pueblo que alabó a la madre de Jesús, y la respuesta esclarecedora que Jesús le dio: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11,27-28).

Esa frase – escribía San José María – “era el elogio de su Madre, de su fiat…,que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada”.

Y añadía que, al meditar sobre esto, “nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario” (Es Cristo que pasa, n.172).

¿Podrías imaginarte a Nuestra Señora reclamando por los pequeños sacrificios diarios? ¿Las renuncias, los imprevistos, las contrariedades, las fatigas? ¿O cobrando de los demás el agradecimiento?

Está claro que no. Su sacrificio era puro. Ella sabía bien que Jesús nos enseñó: que las alegrías más bellas crecen sobre la “buena tierra” de la mortificación – de la cruz -, sobre la donación practicada sin interés, sobre la renuncia voluntaria movida por el amor.

¿Y nosotros? En una sociedad como la nuestra, dominada por los tentáculos del consumismo y del placer, se va perdiendo la capacidad de saborear las pequeñas alegrías cotidianas.

Cada vez hay menos personas que experimentan lo que decía san Agustín: “Cuando hay amor, o sacrificio no cuesta, o amamos el propio sacrificio que cuesta”.

En este mismo sentido, san Josémaría observaba: “¿No te has fijado en que las almas mortificadas, por su sencillez, hasta en este mundo gozan más de las cosas buenas?” (Surco, n. 982).

María nos enseña la maravilla de las pequeñas alegrías cotidianas, de esas que están al alcance de todos, pero que nuestra vida agitada vuelve invisibles.

Tal vez ya las hayamos vivido en la infancia, tal vez ya sentimos cierta nostalgia de las que no vivimos, al “verlas” en los romances del pasado o en los recuerdos que nos cuentan los abuelos…

Son tesoros que el ritmo frenético de la vida actual quiere robarnos, y que es necesario rescatar.

La alegría de dar alegría

Hagamos una simple reflexión sobre el episodio de las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11).

Era una boda rural. Mucha fiesta y mucha gente. Muchos parientes, amigos, vecinos invitados. Estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.

Avanzada la celebración, María le dijo a Jesús: No tienen vino. Sólo ella, entre la multitud, había entendido que la familia de los novios había calculado mal la bebida, y habrían podido pasar una vergueta. Jesús le respondió: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Ella no insistió, pero no se desanimó. Conocía a su hijo. Por eso avisó a los que servían: Haced lo que él os diga.

Poco después Jesús llamó a los sirvientes: Llenad las tinajas de agua (eran seis tinajas de piedra, muy grandes). Y las llenaron hasta arriba. Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. ¡Asombro! El maestresala quedó pasmado con la calidad del vino y llamó al novio: Todos sirven primero el vino bueno… Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.

Este fue el primer milagro de Jesús, subraya el Evangelio. ¿No parece un poco extraño? ¿Nosotros pensaríamos más lógico que el primer milagro hubiera sido la curación de una ceguera, la resurrección de un muerto, una tempestad calmada…

No. Por solicitud de la Madre, Dios hecho Hombre inicia los milagros con un detalle “doméstico”: dar alegría a unos novios, no permitir que un descuido perjudique la fiesta.

Pienso que en esa actitud de Cristo hay tres enseñanzas:

Primero: las pequeñas alegrías de la vida sencilla tienen mucha importancia ante los ojos de Dios. Espero que la tengan ante los nuestros.

Segundo: Jesús quiere ayudarnos a comprender que las almas que, como María, saben sacar alegría de los deberes cotidianos viven contentos, y sienten el impulso de transmitir alegría a los demás.

Tercero: con ese milagro Cristo quiere dejar patente el poder de intercesión de Nuestra Señora junto a su Hijo Jesús. Él la escucha siempre.

Ahora, tú, lector, medita sobre esto y saca tus conclusiones.

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