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Tratando de volver a la inocencia al envejecer

Shutterstock / Kikovic

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/01/16

Una meditación ante el belén

Me gusta la Navidad. Me gusta detenerme ante el Belén y tocar la estrella. Arrodillarme con las manos vacías y mirar a Jesús. Sin nada que ofrecer, tranquilo. Escuchar y mirar a María y a José. Admirarme ante esa armonía milagrosa que yo no conozco, sólo sueño y anhelo.

Me gusta quedarme un rato contemplando los pastores sin decir nada. Cada uno con sus agobios y miedos, cada uno con sus alegrías y su historia. Los imagino allí, delante de Jesús, sin saber qué decir. Los veo sorprendidos, maravillados, era verdad lo que decía el Ángel.

Me gusta esa sorpresa ante lo inesperado, ante la sorpresa. Me gusta esa ingenuidad de los regalos que llevan al Rey de reyes. Comida, mantas, animales. Me gustan esas manos vacías que quieren abrazar al Niño con ternura.

Me fascinan esos pastores que dejan sin protección el rebaño para obedecer las locuras de Dios y emprender un camino nuevo carente de sentido. Lo dejan todo para ir a adorar a un niño recién nacido. Hombres curtidos en la noche, en el frío junto a sus rebaños.

No serían esos pastores con cara sonriente que colocamos en nuestros belenes. Serían hombres duros, hombres poco acostumbrados a adorar, a rendir pleitesía a nadie. Me alegra su prontitud para ponerse en camino.

Yo muchas veces en la vida no quiero dejar de hacer lo útil para ir a algún sitio a adorar, haciendo así algo aparentemente inútil. Me cuesta perder el tiempo y dejar de lado lo que tenía previsto, mi plan, mi rutina.

Por eso tal vez me gusta tanto esa mirada pura de los pastores que creen, que se fían y se ponen en camino. Me gusta su mirada inocente y noble. Me falta esa forma de mirar la vida.

Justo estos días hemos celebrado la fiesta de los santos inocentes. Esa fiesta siempre me habla de la inocencia de los niños que creen. Esos niños que perdieron la vida antes de poder dar testimonio de palabra de Jesús. No hablaban y ya murieron por Él, en su lugar.

Me impresiona la ingenuidad y la inocencia de los niños. Esa forma de ver las cosas que yo he perdido con el paso de los años. A veces, al envejecer, nos volvemos duros y dejamos de ser como los niños. Me gustaría volver a mirar con inocencia mi vida y la de los hombres. Mirar sorprendido, admirado.

Una persona rezaba: Dame la mirada de los niños que se arrodillan ante esa cueva en Belén. Quiero mirarte conmovido en ese niño envuelto en pañales. Me recuerda que no soy nada. Ojalá tenga la humildad para aceptar mi suerte cuando sea mayor yo y otros me cuiden y tenga que dejarme hacer, dejarme vestir, dejarme limpiar. Volver a ser como un niño. Pero yo quiero hacer mi camino, Jesús, siempre quiero salirme con la mía. Lo que yo quiero, lo que deseo, mis planes. Me da miedo no ser capaz de enfrentar el fracaso, perder mis fuerzas, depender de otros. Dame tu mirada. Quiero confiar”.

Hago mía esa oración confiada. A veces se me ensucia el alma en seguida y mi mirada no es trasparente. Veo lo que nadie ve, lo oculto, tal vez lo que no existe debajo de la piel. Imagino lo que no hay y pongo en el corazón que miro sentimientos que no tiene. Y juzgo y condeno.

Y pierdo sin darme cuenta esa mirada inocente de los niños. Ojalá la tuviera al menos en Navidad. Me gustaría mirar con esos ojos el Belén. Sin preguntarme dónde surge el río de plata que atraviesa el monte. Sin cuestionarme por el tamaño desigual de las figuras. Sin ponerme a preguntar por qué son tres reyes y por qué son de razas diferentes.

Una mirada pura que simplemente cree y se sorprende. Así sería la de esos pastores ya curtidos por la vida. No eran niños por su edad, pero me gusta pensar que conservaban su inocencia. ¡Cómo si no iban a dejar el rebaño para correr a adorar a un niño envuelto en pañales!

Tenían la mirada inocente y pura y creyeron. Me gustaría tener esa fe, esa pureza, para volver a emocionarme en la espera de los reyes y volver a temblar pensando que los he visto entrar en mi cuarto cargados de regalos.

Me gusta esa ingenuidad que no se cree que los reyes sean los padres. Esa ingenuidad que prefiere pensar que hay reyes magos que conocen mi alma y me colman de regalos una vez al año. Sin yo merecerlos. Simplemente con gratuidad.

Le pido a Jesús una mirada pura como la suya. Para asombrarme y sonreír en esta noche santa. Una mirada pura para pensar bien de los que comparten conmigo el camino. Y creer y confiar en que Dios es capaz de hacer milagros con mi barro humilde.

Ese milagro lo creo, porque es lo que hace con mi vida. Tiene misericordia y se arrodilla ante mí. Me sostiene por los brazos y me dice que yo valgo más que todo el oro del mundo. Y yo le creo. Y lo miro asombrado.

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