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Padres por desigual: Todo por nuestros hijos

© 2015 Paramount Pictures
Scarlett Estevez plays Megan and Will Ferrell plays Brad in Daddy’s Home from Paramount Pictures and Red Granite Pictures
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Reflexiona, desde su envoltorio de comedia desmadrada, sobre lo que significa hoy tener hijos

Hay una metáfora visual dentro de Padres por desigual que logra resumir, con una sola imagen, tanto el conflicto que da forma al largometraje como lo que supone la experiencia de la paternidad.

Me refiero a la cola de automóviles, perfectamente marcada por una fila de conos, que permite a los padres del colegio al que acuden los hijastros de Brad Whitaker (Will Ferrell) acceder al mismo de forma ordenada y civilizada.

Una cola tan rígida, tan restrictiva, que cuando el auténtico progenitor de los niños, el macarra Rusty (Mark Wahlberg), es quien se ve obligado a respetarla, se ve superado por la presión del entorno y acaba escapando de un volantazo, llevándose por delante los conos y huyendo de allí a toda pastilla.

No es casual que la estructura del largometraje, un conflicto territorial que desemboca en una escalada cómica cada vez más desatada, se asemeje a otra colaboración anterior de Will Ferrell y Adam McKay –aquí solamente productor, si bien también participó en la escritura de uno de los borradores iniciales del guión–, Hermanos por pelotas.

Si allí los responsables de Gary Sanchez Productions embestían contra la pasividad y el «peterpanismo» extremo, que provoca el (ultra)capitalismo en el que estamos inmersos, aquí reflexionan sobre nuestra dificultad para asimilar, como sociedad, el papel que los hombres debemos (o deberíamos) cumplir como progenitores, y sobre todo, el nivel de renuncia, de sacrificio personal, que ello implica.

Desde esa perspectiva, hay que entender a los dos protagonistas de Padres por desigual, Brad y Rusty, como una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de la paternidad. Dos concepciones opuestas, extremas, sobre lo que significa tener hijos, y que resumen a la perfección (desde el sarcasmo típico de sus responsables) cómo se vive la experiencia de ser padre dentro de nuestra generación…

Pese a que ambas, cada una a su manera, tengan algo de búsqueda patológica de aprobación: no es sano, como hace el personaje de Ferrell, condicionar la felicidad propia exclusivamente al bienestar de los demás; pero tampoco lo es, como ocurre con el de Wahlberg, vivirlo todo desde el hedonismo y la egolatría, escabulléndose frente a cualquier atisbo de responsabilidad.

Por supuesto, todo ello está envuelto en una cascada de gags concebidos por el director y coguionista, Sean Anders, para dar rienda suelta a las inagotables posibilidades cómicas de Ferrell, que pese a moverse aquí en un registro poco habitual en su filmografía –en el que abundan, hay que recordarlo, los personajes antipáticos y maleducados–, despliega tantísima energía que ofusca, a veces prácticamente sin pretenderlo, a sus propios compañeros de reparto.

Es el caso del propio Wahlberg, con el que había formado una pareja mucho más equilibrada en un filme anterior de McKay, la descacharrante Los otros dos, y que aquí da la sensación de ir siempre a remolque de su compañero de reparto, por más que, sobre el papel, se nos quiera dar la sensación opuesta.

Quizás no sea tan agresiva en lo político como su reciente Dale duro –todo un toque de atención contra la discriminación racial estadounidense–, ni tan atrevida en lo formal como esa parodia de los telefilmes de Lifetime que era Adopción peligrosa, pero, tras su aspecto de comedia amable (casi) para todos los públicos, Padres por desigual esconde una radiografía más ácida de lo que pudiera parecer sobre las ansiedades, las inseguridades y el espíritu hipercompetitivo de nuestro contexto social más inmediato: ¿qué otra lectura tiene, si no, su estructura cíclica?

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