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Shakespeare es posmoderno

The Weinstein Company
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Es barroco hasta lo insondable

https://www.youtube.com/watch?v=KokvFMkhua8

Shakespeare envejece muy bien. Por eso es un clásico, y por eso no dejan de estrenarse, año tras año, adaptaciones que cuentan con cierta acogida entre el público, experimentos con gaseosa incluidos. De primeras, nos vienen a la mente aquellas cuatro horas y pico de Hamlet (1996) de este rescatador de joyas literarias que es Kenneth Branagh, o sus mucho más acertadas y ambiguas Enrique V (1989) y Mucho ruido y pocas nueces (1993), a caballo entre el teatro y el cine.

Pero hay algo en Shakespeare que lo hace no solo perenne sino idóneo para la posmodernidad: es barroco hasta lo insondable; sus textos son laberínticos, interpretables, sugerentes y crepusculares; su vida de burlador también está trufada de claroscuros morales, de misterios de alcoba. Y todo eso lo hace muy de nuestro tiempo, incluso antes de que nuestro tiempo llegase.

Sólo hay que volverse hacia el Ser o no ser (1942) de Lubitsch, para verificarlo. En aquella obra maestra se insertaba Hamlet en una película de espías como una muñeca rusa dentro de otra. El cineasta berlinés ponía en juego la metaficción, siguiendo una de las estrategias favoritas de escritores contemporáneos como Barthelme, Barth, Pynchon o David Foster Wallace. Conseguía así llevar aproximar los interrogantes de la obra del clásico inglés a otros momentos históricos y disidencias políticas, mostrando su pertinencia transhistórica. Es la tesis que defiende Branagh en su también muy shakespeareana En lo más crudo del crudo invierno (1995): que los grandes clásicos, antes de intemporales, son actuales.

Lo atestigua el cine más reciente. Por ejemplo, Sofía Coppola, en su María Antonieta (2006), exploraba el alcance del narcisismo de nuestros días a través de un retrato anacrónico de aquel chivo expiatorio de la Revolución Francesa interpretado a la perfección por una magnífica Kirsten Dunst y las fugaces Converse en el zapatero de la reina perdidas en un fotograma de aquel fastuoso palacio de video-clip. Sería fantástico que la Coppola o su compañero de generación Michael Gondry, autor de preciosidades como Olvídate de mí (2004) y que ha actualizado otro tipo bien distinto de clásico como La Espuma de los días (2013), se atreviesen con la eneava versión de Romeo y Julieta o de El mercader de Venecia.

Shakespeare es profunda y profusamente posmoderno. Lo vimos ya en aquel pastiche que arrasó en los Oscar de 1999 llevándose siete estatuillas: Shakespeare in love (1998), de John Madden. Shakespeare es un mago de las palabras capaz de los análisis más intemporales, trágicos y exhaustivos de las pasiones humanas y de los tormentos a los que estas nos abocan. Y no sólo ejerce su maestría en el drama, también reina fulgurante en la comedia. Tiene la misma facilidad para el asesinato que para el flirteo. Cuando quiere muta y sobrevuela grácilmente los amoríos con la levedad del mismo Kundera en obritas como Como gustéis, de la que, cómo no, también tiene su versión el Shakespeare-maníaco Kenneth Branagh (2006).

Ahora llega un nuevo Macbeth (2015). Estamos ansiosos por ver cómo se conjugan frases de gran vuelo filosófico, como “la vida es una fábula contada por un idiota en medio de un ataque de ira”, con una estética cercana a la de la teleserie Vikingos (2013-). La cultura pop se impone, y, cada vez más, los cómics de acción tipo 300 (2006) se acercan más a tragedias metafísicas como Macbeth y a nadie le parece extraño. Un brindis por ello.

 

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