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¿Dios nos ama a todos por igual?

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¿Te has imaginado alguna vez que Dios te desea?

Muchas veces se escucha que “Dios nos ama a todos por igual” y con esta expresión se transmite que Dios nos ama como si fuéramos todos iguales y su amor una realidad difusa que ama “en general” a la humanidad, pero a nadie en particular.

Lo cierto es que según lo que Dios mismo ha revelado en Jesucristo, no nos ama a todos por igual.

Afirmar esto puede hacer pensar que Dios está discriminando gente o que prefiere a unos más que a otros, o que sería injusto, o algo irracional. Es cierto, ¡la locura de su amor rompe todos nuestros esquemas!

Anunciar el amor salvador de Dios ¿qué significa? ¿qué experiencia de amor tienen las personas? ¿qué entienden por amor incondicional y gratuito? ¿tienen alguna experiencia de un amor así como para imaginarlo?

Muchos problemas se plantean en la vida espiritual para comprender un amor como el cristiano, revelado en Jesucristo. ¿Por dónde comenzar para comprender algo de este Misterio?

Un amor exclusivo, pero no excluyente

Todo lo que se pudiera decir nunca agotará el misterio de un amor que supera todo cuanto se pueda pensar o imaginar, conocer o experimentar, tal como lo describe san Pablo (Efesios 3,18-19).

Cuanto más grande es un amor, tanto más personal y exclusivo se manifiesta.

Desde pequeños le preguntamos  a los demás “¿A quién quieres más?”, como buscando a tientas un amor que nos prefiera más, que nos quiera de modo original y no se repita con otros. Tenemos sed de un amor profundamente exclusivo.

La buena noticia es que fuimos hechos para un amor así, y ese amor existe: el amor de Dios es el más exclusivo de los amores.

Pero ¿qué significa esto?, ¿excluye a otros? No. Sencillamente que cuanto más grande y verdadero es un amor, se hace singular, irrepetible, único e insustituible.

Y aunque hablamos análogamente de Dios desde nuestras experiencias del amor humano, porque no podríamos expresarlo de otro modo; no podemos olvidar que Dios ha hablado de su amor a través de imágenes profundamente humanas y comprensibles.

La imagen bíblica del amor de Dios por cada uno ha sido expresada en el más personal e insustituible: el amor de noviazgo y matrimonio, como aparece en el Cantar de los Cantares y en los profetas.

Y plenamente ha manifestado su amor en el rostro humano de Jesús, con un amor que lo ha dado todo sin reservarse nada, hasta el escándalo de la cruz.

“El amor esponsal es un amor de deseo y elección. Por ello ¡si es verdad que el hombre desea a Dios, es verdad también, misteriosamente, lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, que quiere y estima su amor, que se alegra por él como se alegra el esposo por la esposa (Is 62,5)!”

¿Te has imaginado alguna vez que eres deseado/a por Dios? ¡Y es verdad! Como nos ama más a nosotros que nosotros a Él, nos desea mucho más de lo que nosotros lo deseamos.

Karl Rahner escribió al respecto: “Cuando el ser que ama es Dios, y cuando este amor divino, don sobrenatural que Dios hace de sí mismo, alcanza la medida absoluta, por encima de todas las supervaloraciones posibles… el amor no podría ser más singular, único en cada caso… Dios ha de amar a cada uno con un amor único, con un amor cuya singularidad es fundamentalmente original“.

Podríamos decir que si tú no existieras, a nadie amaría Dios como te ama a ti.

Dios no se da de modo global “a la humanidad” en general, sino que hace su entrega total y gratuita de sí mismo a cada ser humano en singular.

Y continúa Rahner: “El acto por el que Dios se da a sí mismo en herencia a cada hombre singular, es la maravilla que toma cada vez vías nuevas e imprevisibles y que tiene un carácter siempre y constantemente único, el de un amor sobre-personal, de una esencia radical y única que es propia de Dios…, entonces el que es objeto de tal amor es, por el mero hecho de este amor, con toda verdad, un ser absolutamente único. Es pues, muy cierto que Dios ha llamado a cada uno por su nombre“.

Ama a cada ser humano al 100%, como si no existiera nadie más a quién amar. ¡Así deberíamos imaginarlo! Y al mismo tiempo, al mirar al prójimo, de solo pensar cuánto le ama Dios, seguro amaríamos mucho más a los demás.

Un amor de aceptación

Es importante amar a Dios. Pero mucho más importante es que Dios nos ama a nosotros. Lo realmente difícil es aceptar -creer- este amor para mí, porque es reconocer que soy aceptado totalmente así como soy y que ese amor por mí no va a cambiar, ni va a desaparecer, ni a retroceder, ni me abandonará.

En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero” (1 Jn. 4,10). Este es el cimiento de la fe cristiana y la certeza más profunda del Evangelio.

“En el amor nosotros estamos divididos y esto nos dificulta comprender el amor de Dios. Nosotros o queremos mucho una persona, o lo normal, o muy poco. Si pensamos que Dios es una persona que puede dividir su amor, no estamos pensando en Dios, sino en nosotros mismos. Dios es perfectamente uno y no divide su amor.

Nosotros sentimos amor, pero Dios es amor. Su amor no es una actividad. Es su ser completo. Si al menos captáramos una mínima noción de lo que esto significa, comprenderíamos que Dios no podría dar el 100% de su amor a su Hijo y luego el 70% a nosotros. Si pudiera hacerlo no sería Dios.

Al leer los diálogos de santa Catalina de Siena, da la impresión de que Dios no tiene nada más que hacer excepto ocupar su tiempo con ella. Y es así. Toda la atención de Dios está en Catalina y en cada uno de nosotros”.

¿Por qué nos ama Dios?

Porque le dio la gana amarnos, porque sí. No nos ama porque seamos buenos o por ninguna razón o mérito de nuestra parte. Si el amor de Dios dependiera de algo que hay en  mí, ya no sería incondicional. Solo depende de él, porque Dios es el fundamento de su amor por mí.

Su amor por ti, no depende de ti. Aceptar que somos amados incondicionalmente es un acto de fe. Si Dios me ama y me acepta tal como soy, también yo debo amarme y aceptarme a mí mismo. Yo no puedo ser más exigente que Dios, ¿no es verdad?

Un problema de fe

¡Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene!” (1 Jn 4,16). Esta es la fe que nos hace felices. Quien se sabe amado siempre y sin condiciones no puede no ser feliz.

Cuando le creemos a alguien que nos ama, nos cambia la vida. ¿Por qué no cambia cuando decimos que creemos en el amor de Dios? Si nos lo creyéramos, en seguida la vida, nosotros mismos, nuestros sufrimientos, todo se transfiguraría ante nuestros ojos.

El pecado es esencialmente blindarse contra el amor de Dios, no creerle, no darle lugar. La conversión no es otra cosa que decidir creer en este amor y dejarse amar por él.

Como lo expresó el apóstol Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni los poderes espirituales, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm. 8,37-39).

Quien ha creído en el amor de Dios, no tiene asegurada una vida mejor ni menos sufrimientos, sino que puede vivir con gozo en medio del dolor, porque su fuerza y su refugio es el amor incondicional del Señor.

Su corazón no tiembla aunque tiemble la tierra, porque su certeza es inamovible: “Dios me ama y nada ni nadie puede evitarlo, ni siquiera yo mismo”.

Un cambio radical

En Jesús, Dios no nos ha dado algo, sino que se ha dado él mismo. Así nos ama, con un amor que lo da todo sin pedir nada a cambio.

Por eso los grandes santos, hombres y mujeres de todos los tiempos, hicieron grandes sacrificios y vivieron con radicalidad la fe. No por obligación o para ganarse el cielo por sus obras, sino como respuesta a un amor incondicional y gratuito.

Porque habían descubierto que el cielo se les había regalado sin haberlo merecido. Cuando se conoce este amor, cambia radicalmente la forma de entender el amor al prójimo: “Ámense como yo los amé a ustedes”.

La fe permite creer realmente en su amor y así vivir desde ahora en la vida eterna, que no es otra cosa que estar con Él, ahora y más allá de la muerte, amados desde siempre y para siempre.

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