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¿En qué episodio de la Biblia Dios no perdona al pecador?

Pixabay.com/Public Domain

Gelsomino del Guercio - publicado el 24/12/15

La parábola del hombre rico y Lázaro es un caso en que Dios parece no tener misericordia

La Misericordia al contrario. O lo que es lo mismo, no conceder una última voluntad expresada por el pecador. Esto también pasa en las Sagradas Escrituras.

En el libro “Las parábolas de la Misericordia” (ediciones San Paolo), del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, se recuerda el caso particular de la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro contenida en el Evangelio de Lucas.

La parábola

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.

En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”. “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”.

El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”. Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”. “No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”.

¿No hay misericordia?

A diferencia de las parábolas que tratan en positivo de la Misericordia (oveja perdida; dracma vuelta a encontrar; padre misericordioso), también en esta la situación da la vuelta, pero con una diferencia: ahora el vuelco de la situación es definitivo, pues hay dos obstáculos. El primer obstáculo es la puerta de la casa que impide a Lázaro, por voluntad del rico, ser socorrido. El segundo obstáculo es el abismo entre los infiernos, donde se encuentra el rico, y el seno de Abraham donde fue acogido Lázaro.

La desproporción entre el tiempo y la eternidad es comunicada por el silencio del tiempo y por el dialogo de la eternidad: ambos quedan sin respuesta. Durante el tiempo, el rico no sació el hambre de Lázaro; en la eternidad, Abraham no puede hacer caso a las tres peticiones del rico. Lázaro no puede aliviar los tormentos del rico ni siquiera con un dedo; no puede ser devuelto al mundo para dar testimonio de lo que sucede en el más allá; ni tampoco la resurrección de un muerto puede convertir a los cinco hermanos del rico.

Y sin embargo, en los infiernos el rico repite una súplica: “Ten piedad de mi” (16,24; 18,13). Pero es el único caso donde la súplica de un hombre no es escuchada, porque la situación se ha vuelto irreparable. ¿Cómo es posible pensar una situación irreparable para la infinita Misericordia de Dios?

El punto que explica la razón principal por qué la situación del rico no tiene solución, es el siguiente: Cuando el rico está en el infierno y ve a Lázaro en el seno de Abraham, le reconoce y le llama en dos ocasiones por su nombre. Así se autocondena con sus mismas palabras: conocía a Lázaro durante su vida terrena, pero siempre le había ignorado.

Así que la situación es irreparable porque la compasión es posible mientras hay un pobre que yace lleno de llagas junto a la puerta de un rico; después ya no tiene sentido, y es de hecho imposible. La Misericordia de Dios se declina siempre con la del prójimo; y cuando falta esta, no hay espacio para aquella. No por casualidad Dios no es mencionado en toda la parábola: habla y actúa por medio de Abraham.

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