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El poético consejo de san Ignacio a Francisco Javier cuando parte a las Indias

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/12/15

Para vivir en Dios lo sencillo de la vida, para percibir la misericordia, la aceptación total

Me gusta pensar que la misericordia y no el pecado tiene la última palabra en mi vida. El perdón que calla la ofensa. El abrazo que sana la herida. El consuelo que se convierte en mano que acaricia el pecho dolorido. El beso que acoge al que se había perdido.

Decía el Papa Francisco al abrir la puerta santa: «La historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se comprende bajo esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo integra todo en la misericordia del Padre».

Y a veces creo que me detengo más en el pecado que en el perdón. Me turba más mi error que mi sanación. Me detengo más en la caída que en el abrazo. No lo sé. Me falta valor para compartir la vida, los miedos, los sueños. Las heridas y los errores.

Decía Carl Rogers: «Cuando percibo tu aceptación total, entonces, y sólo entonces, puedo mostrarte mi yo más suave, mi yo más delicado, mi yo más amoroso y, sobre todo, sólo entonces, puedo mostrarte mi yo más vulnerable».

No soy de hierro, más bien soy de barro blando, y me asusta el rechazo. Por eso sólo si me acogen como soy me muestro por completo. Y puedo vivir toda mi vida de fachadas si no me dejo cambiar por Dios, si no me abro, si no me expongo sin miedo.

Quiero que Dios ilumine mis sombras y mi noche. Me sorprendo cuando otros comparten su vulnerabilidad sin temor alguno, mientras yo me siento impotente para verbalizar mi pobreza.

Miro mi debilidad escondida en mis entrañas. No estoy solo. Me falta mirar más hondo, adorar más a Dios en el silencio de mi alma y encontrar la paz de su abrazo. Tal vez me he acostumbrado sólo a recibir. Y me cuesta tanto dar.

Quiero poner en el corazón de Dios todo lo que me agobia, lo que me inquieta, mi pecado, mi pobreza. Quiero aceptar que Dios me ponga donde quiera ponerme. Me lleve donde quiera llevarme. Él lo sabe mejor todo. Quiero que tome posesión de mí por entero.

Sé que es verdad lo que escucho: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias». Tal vez Dios sólo quiere mi sí humilde. No quiere mis sacrificios, mis ofrendas. Quiere mi corazón arrepentido y con ganas de dar la vida. Quiere mi alma expuesta, abierta.

Le decía san Ignacio a Francisco Javier cuando parte a las Indias: «La vida interior importa más que los actos externos; no hay obra que valga nada si no es del amor reflejo. Mézclame, de vez en cuando, en el trabajo requiebros y jaculatorias breves, que lo perfuman de incienso. Ni el rezo estorba al trabajo, ni el trabajo estorba al rezo. Trenzando juncos y mimbres se pueden labrar, a un tiempo, para la tierra un cestillo y un rosario para el cielo».

Me gusta esa poesía llena de vida y esperanza. Vivir en Dios lo sencillo de la vida. Las caídas y los logros. Los silencios y los miedos.

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