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“Love Actually”: el amor está en los aeropuertos

Universal Studios
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La heredera natural de "Qué bello es vivir" para el periodo de Navidad en el tercer milenio

Los más vetustos del lugar heredaron como peli navideña “Qué bello es vivir”, deliciosa y enternecedora, pero vista más allá de los años 80 por alguien nacido a partir de los 70 huele a alcanfor cosa mala, a pesar de los magníficos principios, valores y sentimientos que defiende y transmite: honradez, sinceridad, amistad, entrega… y amor.

La generación postpunk, la que creció con el “no future” y muchos de cuyos integrantes quedaron arrojados en las cunetas tras desbocarse los caballos sobre los que galopaban puede haber quedado demasiado descreída como para seguir albergando bellos sentimientos y creyendo en ángeles que ganan sus alas con buenas acciones de los que nos llega noticia cuando suenan unas campanillas.

Hizo falta que en 2003 tomase los mandos de la situación Richard Curtis con “Love Actually”. Este director, a quien también debemos quedar agradecidos por la divertida y estimulante “Radio encubierta” (2009) y por la romántica y tierna “Una cuestión de tiempo” (2009) se adentró en nuestros corazones con toda una declaración de principios desde el propio título, al truncar la frase con la que se cierra la función: “el amor en realidad está en todas partes”. Un mensaje que no era de extrañar en alguien a cuya autoría como guionista, además de las tres películas ya citadas, debemos “Cuatro bodas y un funeral” (1994), “Notting Hill” (1999) y “El diario de Bridget Jones” (2001).

En la mejor tradición de la comedia coral británica con historias entrecruzadas, siquiera de una forma marginal pero nunca forzada en algunos casos, desfila ante nosotros un complejo y completo catálogo de seres y estares (por parafrasear El Último de la Fila) donde tenemos un solterón impenitente que, a pesar de ser primer ministro, descubre en una espontánea secretaria lo que probablemente jamás habría encontrado, porque nunca hubiera buscado ahí.

Tenemos también un matrimonio que se desmorona en segundo plano mientras sólo un inoportuno desliz (con previa intervención del hilarante Rowan “Mr. Bean” Atkinson”) ofrece una pista sobre una infidelidad, un joven aventurero entusiasta y entusiasmado que ve cómo su tópico sueño sobre el American Way of Flirt resulta ser mejor incluso en la realidad (qué contrariedad que las bellas jovencitas que le acogen en su hogar sean tan pobres que por no tener calefacción tienen que dormir todas juntitas y apretaditas en la misma cama).

Tenemos un mejor amigo del novio al que la novia piensa que le cae fatal pero que resulta ofrecer una de las declaraciones de amor mudas más emotivas de la historia del cine, un reciente viudo que cree estar aliviado cuando la tristeza de su pequeño hijo “solo” se debe a que una niña del colegio de la que está enamorado no le hace caso, una vieja estrella del rock que encuentra su momento de gloria mientras parece no tener en consideración a su sempiterno representante, una impenitente y responsable trabajadora a la que un hermano problemático condiciona tanto la vida que es incapaz de hacer sitio en ella para otro hombre, un descorazonado escritor el que un oportuno retiro a Portugal le permite conocer a una mujer con la que no son necesarias las palabras (o al menos no es necesario que mutuamente comprendan las que el otro pronuncia) para entenderse…

Aquel es hermano de ésta, para cuyo marido trabaja aquel, que es amigo del otro, que a su vez… descubrimos pronto que como en la vida, cual cesto lleno de cerezas, tirar de un zarcillo obliga a otras cerezas a salir en solidaridad y no tardamos en descubrir que una parte importante de esas sonrisas, esos abrazos, esas ganas de que alguien se reencuentre contigo, en nuestro frenético presente, se viven en un espacio que aparentemente tendría poco de sentimental sino fuera porque es el nexo de vidas y destinos, de holas y adioses, de “vuelve pronto” y “te he echado de menos”. De sentimientos que crecen en la distancia y que se expresan finalmente con una mirada y el calor de estrechar en nuestros brazos a quien hemos tenido lejos de nosotros durante un tiempo.

El marco temporal en torno al que gravita “Love Actually” no es otro que la Navidad, esa fiesta quizá desnaturalizada por regalos y cenas en la que la manifestación del sentimiento ha terminado por hacer que olvidemos precisamente ese sentimiento que subyace bajo la celebración y los presentes: el nacimiento del amor, del Amor, con mayúscula, del AMOR con todas las letras mayúsculas, que simbólicamente, astronómicamente, mitológicamente, religiosamente confluye en estas fechas. Todo lo que nace es irremediablemente fruto de la suma de dos entidades que se alían, esencia de un pacto que busca mejorar lo que ya había y perdurar, entregada la causa a procurar un crecimiento próspero.

Ver “Love Actually” y no quedar embargado por un ímpetu irrefrenable a abrazar a nuestros semajantes, a demostrar a quienes nos importan que realmente sentimos algo por ellos, en mayor o menor medida, a esbozar una sonrisa y abrir los brazos, igual que cuando acudimos a un aeropuerto a recoger a alguien que ha estado lejos de nosotros, significaría tal vez albergar un corazón demasiado frío e insensible o que te llamas Ebenezer Scrooge y que aún no has recibido tres visitas en cierta Nochebuena.

Pero es que ¿hay mayor muestra de amor que ir a un aeropuerto a recoger a alguien? ¿Hay mayor felicidad que encontrar que alguien te espera en un aeropuerto cuando regresas de viaje?

Como dice la letra de la canción que versiona en la película la vieja estrella del rock “el amor está alrededor”, así que nuestra generación puede considerar “Love Actually” como “la peli navideña” por antonomasia, pero quizá deberíamos verla también en otras épocas del año y no arrinconar los buenos sentimientos sólo al momento de despedirnos del año.

 

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