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¿Qué tienen en común un pobre, un embrión, un discapacitado y la naturaleza?

© danfador
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No hay ecología sin una adecuada antropología

Disertaba recientemente el decano de la Facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica San Dámaso sobre la encíclica Laudoto sí del Papa Francisco, bajo el título de una encíclica de temática, antes que ecológica, antropológica y social, que atañe al concepto que tenemos de nosotros mismos, como seres humanos, y de nuestra responsabilidad para con los demás y para con el futuro que nos aguarda.

Precisamente conviene recordarlo hoy, cuando asistimos al término de las negociaciones internacionales sobre el cambio climático en Páris, porque mientras no se asuma por parte de todos, empezando por los responsables públicos, que el mal que le aflige al planeta es un mal moral, no pondremos las bases de una solución perdurable y, como se dice en el argot sobre estas cuestiones, “sostenible” al desastre ecológico del que el cambio climático no es sino el icerberk de la situación a la que nos aproximamos mundialmente.

El Papa lo explicaba claramente en su encíclica cuando decía que “cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado”.

“No hay ecología sin una adecuada antropología”, dice el Papa. “Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad”.

Por otro lado, el Papa no se calla tampoco a la hora de, en continuidad con el magisterio de Benedicto XVI, destapar que en el origen de la crisis ecológica aletea la sombra del relativismo: “Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción?

¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres?”.

Es, dice el Papa, “la misma lógica del “usa y tira”, que genera tantos residuos”.

La crisis ecológica, por tanto, no la solucionará una cumbre internacional aunque bienvenidas sean sus conclusiones y compromisos, y más aun si por primera vez hasta los cumplen. Pero la crisis está en el tejado de la opulenta sociedad occidental, de su mentalidad consumista, de su autorreferencial e insolidaria atalaya, y de su desprecio al bien común en aras de su existencial relativismo enfermizo.

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