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La amenaza fantasma: O cómo un niño generoso acabaría siendo Darth Vader

20th Century Fox
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El tono excesivamente blando, según Lucas, estaba justificado porque pretendía reflejar el punto de vista ingenuo de Anakin

 

No es ningún secreto a estas alturas que, poco después del estreno de La guerra de las galaxias (Star Wars. 1977), George Lucas anunció que el film no era sino la cuarta entrega de una saga que iba a estar compuesta de un total de seis episodios. Pero después de la realización de los episodios quinto y sexto, El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back. Irvin Kershner. 1980) y El retorno del Jedi (Return of the Jedi. Richard Marquand. 1983) respectivamente, Lucas dejó este ambicioso proyecto en dique seco.

Hacia finales de los noventa, y animado por las innovadoras posibilidades de los efectos visuales elaborados a partir de imágenes generadas por ordenador (CGI), puso por fin en marcha la producción de los tres primeros episodios de su saga galáctica cronológicamente hablando, con vistas a completarla, y ocupándose él mismo de la realización, algo que no había vuelto a hacer desde La guerra de las galaxias. El resultado de sus primeros esfuerzos sería La guerra de las galaxias. Episodio I. La amenaza fantasma (Star Wars: Episode I – The Phantom Menace. 1999), inauguración oficial de la nueva trilogía, destinada desarrollar minuciosamente una trama principal: el proceso mediante el cual Anakin Skywalker acabó convirtiéndose en Darth Vader, el popularísimo villano de la conocida como “trilogía original”, y en segundo término, la subida al poder del dictatorial Imperio Galáctico en perjuicio de la República.

A pesar de la tibieza de su puesta en escena, La amenaza fantasma no es tan despreciable como suele afirmarse. De hecho, está por encima de la posterior La guerra de las galaxias. Episodio II. El ataque de los clones (Star Wars: Episode II – Attack of the Clones. George Lucas. 2002), para mi gusto la peor entrega de la saga. Pese a todo, es un film insatisfactorio si se lo compara, acaso inevitablemente, con La guerra de las galaxias y El Imperio contraataca, dado que carece de la agilidad narrativa de la primera y, sobre todo, de la densidad y atmósfera de la segunda, todavía hoy considerada (con justicia) la mejor entrega de la saga.

Con todo, hay que decir en su descargo que, según declaraciones del propio Lucas, el tono excesivamente blando de La amenaza fantasma estaba justificado por el hecho de que pretendía reflejar el punto de vista ingenuo e inmaduro del aquí todavía infante Anakin (encarnado por el actor infantil Jake Lloyd), con vistas a ir endureciendo y oscureciendo el tono a medida que la caída de Anakin en el Lado Oscuro de la Fuerza fuese progresando en El ataque de los clones y La guerra de las galaxias. Episodio III. La venganza de los Sith (Star Wars: Episode III – Revenge of the Sith. George Lucas. 2005), la mejor entrega de la nueva trilogía para el firmante de estas líneas.

La amenaza fantasma hace gala de defectos que no se pueden obviar. Está, por descontado, la cargante concesión infantil, en el peor sentido de la expresión, del personaje de Jar Jar Binks (voz de Ahmed Best en v.o.), habitante del pueblo Gungan creado enteramente mediante CGI que, con razón, llegó a ser tan criticado que hasta Lucas tuvo el cuidado de reducir sus apariciones al mínimo en El ataque de los clones.

El film resulta, asimismo, poco dinámico y cargado de un exceso de verborrea “informativa” en los diálogos, hasta el punto de que sus elucubraciones sobre el funcionamiento genético de la Fuerza (los famosos “midiclorianos”), o su intento (loable, por arriesgado) de explicar el funcionamiento de la República, que la erige en la entrega más “política” de la saga, terminan por aburrir. Incluso un actor excelente como Liam Neeson, asumiendo el papel protagonista (el Maestro Jedi Qui-Gon Jinn), parece aquí torpe y deslavazado: en el momento del estreno de La amenaza fantasma, no faltaron rumores en relación a una mala relación profesional entre Neeson y Lucas por culpa, aseguraba el primero, de la poca pericia del segundo en materia de dirección de actores.

Pese a esas deficiencias, hay en La amenaza fantasma suficientes elementos de interés que contribuyen a elevar el tono de la función. Las escenas de acción están resueltas con considerable vigor, y no faltan en ellas bonitas imágenes: por ejemplo, el plano en el que los sables láser de Qui-Gon y su “padawan”/ discípulo, el joven Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), “aparecen” en medio de una estancia llena de gas; o la rara veleidad “artística” que Lucas se permite en la planificación del primer y breve duelo a espada láser en el desierto entre Qui-Gon y el maléfico caballero Sith Darth Maul (Ray Park), insertando planos cortos de la capa negra de este último que flota en el aire al son de sus coreográficos movimientos.

Pero si hay dos secuencias que justifican el visionado del film son, sin duda alguna, la magnífica de la carrera de vainas, uno de los mejores fragmentos de acción de toda la saga, dotada de carga emocional y dramática, pues del resultado de la carrera depende el destino de los protagonistas; y el grand finale en el planeta Naboo, que combina en paralelo la batalla campal de los Gungan contra el ejército de Drones, la incursión aérea de Anakin a la nave nodriza que controla a distancia a estos últimos (claro equivalente, por lo demás, del ataque final contra la Estrella de la Muerte de La guerra de las galaxias), la captura del virrey por parte de la reina Amidala (Natalie Portman) y, en particular, el espléndido duelo de Qui-Gon y Obi-Wan contra Darth Maul.

John Williams no solo contribuye de nuevo con una partitura prodigiosa a realzar este clímax. También aporta una sutil pincelada psicológica en las primeras apariciones del pequeño Anakin —en la tienda del avaro Watto (voz de Andy Secombe en v.o.) donde trabaja, y en la vivienda que comparte con su madre Shmi (Pernilla August)—, con un tema musical melancólico que incluye sutiles notas de la “Marcha Imperial” para El Imperio contraataca, anunciándonos así cuál será el terrible destino de ese niño dulce y generoso.

 

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