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Un poco de humor en la oración

Shan Sheehan-CC

Jacques Gauthier - publicado el 16/12/15

Hablar con Dios es tan sencillo que muchos lo abandonan en el camino, ¿será porque no sabemos sonreír?

La oración es una forma de rezar tan sencilla que hay muchos que la dejan a medias. ¿Será tal vez que nos falta un poco de sentido del humor?

Hay que ser capaz de no ponerse demasiado serio cuando dedicamos unos buenos minutos de recogimiento, en silencio, sin esfuerzo, para dirigir nuestra cariñosa atención hacia Dios. Él está ahí, igual que yo, aunque no sienta nada.

El Señor prefiere nuestra intención antes que nuestra atención, que a menudo es deficiente. Que permanezcamos tranquilos, en paz, a la espera de todo cuanto es Él, en la fe, en la esperanza y en el amor.

Este tiempo dedicado a Dios aumenta un deseo que se manifiesta en la aspiración a alcanzar el sobrecogimiento, la libertad, el amor. La oración despierta el deseo; la voluntad de amar lo despliega.

Estar ahí

Un día, el párroco de la basílica de Ars, al este de Francia, terminó su hora de oración en la iglesia con la impresión de que Dios estaba muy lejos.

Sintió una gran sequía en su interior, como sucede a menudo a los y a las que perseveran en este ejercicio de corazón a corazón con Jesús. El buen párroco se levantó, miró al crucifijo y sentenció, divertido: «En cualquier caso, Señor, yo sí estaba ahí».

Ciertamente, el Señor siempre está ahí, aunque pueda parecer lejano, silencioso o distante. Así que podemos hacerle un reproche con dulzura, como el salmista que pregunta al Señor si le ha olvidado y por cuánto tiempo va a ocultarle su rostro (cf. Sal 12).

La misma sensación que hizo decir a Teresa de Ávila: «Por la manera que tratáis a vuestros amigos, Señor, entiendo por qué no tenéis muchos».

La Madre Teresa vivió durante cincuenta años el agonizante sentimiento de la ausencia de Dios. Detrás de su maravillosa sonrisa se escondía lo que ella denominó la noche de la fe, que conoció su patrona santa Teresita de Lisieux.

La Madre Teresa se aferró a la fe pura, luchando contra el tormento de que Dios no era Dios, de que no existía. Y a pesar de todo, no perdió su buen humor y su alegría, frutos de las horas de adoración en las que saciaba su sed de Jesús.

Sor Emmanuelle, fallecida en octubre de 2008, irradiaba también una alegría contagiosa. La palabra que más gustaba repetir era árabe: Yalla! (¡Adelante!).

Para ella, Dios iba siempre delante y le hablaba con naturalidad y confianza durante la oración, como la que habla a un amigo.

Su fe estaba henchida de esperanza. Cuando se presentaba un obstáculo, tomaba su rosario, recitaba sus diez rezos y recuperaba la sonrisa.

Humildad y humor

Los santos encuentran el buen humor en su relación con el Señor. «Un santo apenado es una pena de santo», asegura un proverbio. Tienen la capacidad de no tomarse a sí mismos demasiado en serio, puesto que se muestran despegados de sí.

Pensemos en la alegría de Francisco de Asís, en el buen humor de Bernadette Soubirous, en la afabilidad de Juan XXIII. ¿Y si el humor fuera una forma de santidad semejante a la humildad que podemos percibir en Cristo?

Aquel que reza diariamente se vuelve más humilde, más auténtico, más despegado de sí mismo, más cercano a las personas que le rodean. No se le confunde con ningún otro; vive el momento a la espera de su Señor.

Es capaz de sonreír a pesar de las dificultades de la vida, porque sabe que Cristo le acompaña en su camino a la cruz.

La oración purifica la mirada, resta dramatismo a lo cotidiano, da alas al amor. Si nos perdiéramos por el camino, siempre podríamos retomarlo con un poco de humor y de corazón.

Como decía Gandhi, «más vale poner el corazón en la oración sin decir muchas palabras, que encontrar las palabras sin poner el corazón».

La consciencia del amor

La humildad y el humor nos ayudan en el camino por la vida con la confianza en el Señor. Las dos van parejas, no existen sin la otra, tanto en la vida cotidiana como en la oración.

Somos seres «terrenales», pisamos el mantillo de la tierra con nuestras suelas. Con la fragilidad de nuestras raíces nos dirigimos a Dios en la oración.

Es importante resistir, no desanimarse, consentir en nosotros el humor divino: «lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (1 Co 1: 27).

La oración contemplativa nos hace recuperar nuestra consciencia del amor, nuestro corazón de niño. Nos dejamos llevar por este Dios que tiene sed de nuestro amor, que quiere nacer en el pesebre de nuestro corazón.

Entramos en su juego divino, contemplamos su misterio en el Nacimiento: la Navidad. Nos rendimos en sus brazos como un niño pequeño se duerme sin temor en el regazo de su padre. Bienaventurado el que así descansa, pues no fatiga a los demás.

Oración atribuida a Santo Tomás Moro

Señor, dame una buena digestión, y también algo que digerir.
Dame la salud del cuerpo, ayúdame a conservarla mejor.
Dame, Señor, un alma limpia que sepa ver aquello que es bello y puro,
para que no halle miedo ante el pecado, sino que sepa enmendar la situación.
Dame un alma no conozca el hastío ni la queja ni el lamento. No permitas que me inquiete demasiado por este ser fastidioso al que llamo yo.
Dame el humor, Señor, para que extraiga de esta vida la alegría que hace bien a los demás.

Amén

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