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El pecado de omisión hace mucho daño a la pareja

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Anonymous - publicado el 16/12/15

¿Cuándo fue la última vez que elogiaste el carácter de tu pareja, su físico, sus habilidades o su personalidad?

«Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vosotros hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión…»

Cada domingo en misa pedimos perdón por nuestros pecados de omisión: las oportunidades perdidas, las buenas obras que pudimos hacer pero no hicimos. Como las manos y pies de Cristo en un mundo que sufre, estamos llamados a hacer más que limitarnos a no aumentar el dolor. Estamos llamados a atender y a sanar, a alimentar y a construir.

Nuestro Salvador nos dijo que aquello que hiciéramos o dejáramos de hacer a uno de sus «hermanos más pequeños», también se lo hacíamos o dejábamos de hacer a Él. Nos dio la historia del Buen Samaritano, que se salió de su camino para ayudar a un desconocido necesitado, sólo porque era lo correcto. Jesús nos insta a imitarlo.

Cuando nos reservamos nuestra amabilidad y amor, alejándola de los desconocidos en la calle, también retiramos nuestra amabilidad y amor del mismo Jesús. Así que, ¿cuánto mayor será nuestro pecado cuando privamos de este cariño a la única persona que juramos ante Dios amar más que a todos los demás? Y a pesar de ello, muchos de nosotros fracasamos en nuestra promesa de cuidar y amar a nuestras parejas en el Sacramento del Matrimonio.

Hasta ahora, en estas pequeñas entregas sobre errores en comunicación marital, nos hemos centrado en cosas que decimos o hacemos para herirnos mutuamente. Hoy, no obstante, nos centraremos en lo que puede ser, de lejos, un problema mucho más común: las cosas que no decimos ni hacemos y que deberían reforzar a nuestra pareja. El dicho sostiene que el que no llora no mama. Pues bueno, ¿quién o qué «llora» más en vuestro matrimonio? Es decir, ¿qué elemento debe recibir más vuestra atención y cuidado: las quejas y las críticas o el amor y el elogio?

¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a tu esposa o a tu marido cómo te sentías con respecto a ella o a él? Y no me refiero a los descuidados «te quiero» que suelen venir acompañados de un beso rápido en la mejilla o sobre unos labios cerrados, como despedida mientras sales de casa o antes de dormir. A lo que me refiero es a la última vez que te sentaste con tu pareja, os mirasteis a los ojos y le dijiste, con todo lujo de detalles, por qué exactamente sigues agradeciendo su presencia en vuestro dormitorio, después de todos estos años. ¿Cuándo fue la última vez que elogiaste el carácter de tu pareja, su físico, sus habilidades o su personalidad? ¿Cuándo fue la última vez que le aseguraste que repetirías aquel «Sí, quiero» de nuevo?

Mi marido no es de los que hablan de sus sentimientos. En terapia, ha admitido abiertamente que le cuesta no considerar que expresar las emociones es algo débil o «femenino», así que las reprime en su interior. Pero las emociones desagradables pueden reprimirse hasta cierto límite. Así que, durante meses o incluso años, constantemente, la única respuesta emocional digna de destacar que recibía por su parte era cuando (en lo que parecían momentos aleatorios) explotaba con una ira y un resentimiento encendidos, ya incapaz de contener más sentimientos negativos.

Mientras tanto, sus sentimientos positivos, que eran mucho más sencillos de gestionar, a menudo permanecían ocultos dentro. Con el tiempo, terminé convencida de que era solamente cuando discutíamos cuando se dejaba ver la verdad, que aquellas palabras de odio que profería durante esos momentos eran las únicas emociones que escondía tras su personalidad fría y lógica. Han sido necesarios varios meses de terapia y un fin de semana organizado por Retrouvaille para que empiece siquiera a creerle cuando me dice algo agradable.

Piensa en cuántas veces has sentido tanta frustración o enfado que simplemente no podías evitar explotar. Le pasa a todo el mundo de vez en cuando, ¿no? Así es como terminamos teniendo discusiones tremendas por cosas aparentemente nimias: siempre hay significados ocultos en cualquier historia, como capas de cebolla de resentimiento que se han ido apilando con el tiempo.

Ahora piensa en la otra cara de la moneda: ¿cuántas veces en tu vida has sentido tanta felicidad, tanta alegría o gratitud, tanto amor dentro de tu pecho que, si no lo sacaras, podrías reventar?

Por desgracia, apuesto que hay muchos menos casos del segundo que del primero.

Por lo general, las personas suelen tener una mayor tolerancia hacia los sentimientos positivos que hacia los negativos. Como nos gustan los sentimientos de felicidad, somos capaces de disfrutar de ellos alegremente durante largos periodos de tiempo sin necesidad de «airearlos». Pero con los sentimientos negativos, después de un par de horas, de días o de semanas de acumulación, dependiendo de nuestro nivel de autocontrol, sencillamente no podemos retenerlos más.

Por esto es por lo que es tan importante compartir deliberadamente los sentimientos positivos con nuestras parejas. Si esperáramos a que nuestras emociones salieran a la superficie de forma natural, podríamos dar la falsa impresión de que nuestras emociones buenas son menos frecuentes que las malas.

Y éste no es un mensaje que querríamos estar enviando a nuestra esposa o nuestro marido.

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