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¿Es posible salir del pozo y rehacer la vida? ¡Sí, se puede!

sacks08 / Flickr
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Testimonio de una mujer que pudo salir de la droga y la prostitución y recuperar su dignidad, relatado por nuestra experta

Han pasado los años, actualmente realizo estudios universitarios, levantarme del fango y caminar, no ha sido fácil, y si vuelvo la vista hacia atrás, es solo para ayudar a tanta gente que lo necesita.

La mía es una historia entre tantas donde se toca con la mano el dolor, la angustia y la indescriptible soledad humana. Historia que se repite miles de veces en la vida de seres a los cuales doy mi testimonio, de que nunca es demasiado tarde para encontrar el verdadero camino.

Mis recuerdos empiezan en un orfanatorio olvidada de mis padres, seguido con un crecimiento rebelde y mi huida a las calles al terminar la enseñanza secundaria, para aprender luego en la escuela del resentimiento por todo y hacia todos.

Cuántas veces fui detenida y fichada por la policía, lo mismo prostitución, drogadicción, violencia, venta de droga, cuántas veces… Cuántas veces deambulé por las calles negras del amanecer en busca de un colérico pinchazo de droga, para sumirme en el sueño de quienes son incapaces de luchar por algo, solo porque nunca han tenido nada.

Veintiséis años, tres abortos, sin familia. Sin más cobijo que la fría indiferencia a una vida sin rumbo, sin sentido, pero que me consumía en ese resentimiento que, aun siendo muy grande, nunca logro ahogar una voz en mi interior que clamaba por la vida, una verdadera vida. Una voz que parecía por ocasiones alejarse, perderse, mientas me hundía más y más en el fango de la miseria humana.

Recuerdo profundamente la época en la que me decidí por la prostitución como una salida fácil e inteligente para “resolver” la vida. En los silencios de mi soledad, después de cada experiencia, escuchaba en mi interior aquella voz diciéndome que había un fin para mi vida, y que ese fin era yo misma en la dignidad de mi persona. Que yo no era una cosa, un medio para los intereses placenteros de otros, ni siquiera de los míos propios; que al prostituirme sumaba un error a tantos otros. La llegué a tomar por sueños, por los delirios de amor y esperanza de quien pensaba que había tocado el fondo de la escoria humana.

Trataba siempre de acallar esa voz que se insinuaba cuando me enteraba de un instituto de rehabilitación de adicciones, de la oferta de un trabajo modesto, cuando pasaba por el frente de una escuela… de una iglesia; una voz que me recordaba que con todo, era un ser dotado de inteligencia, voluntad y, al fin y al cabo libre, muy libre. Intentaba acallarla pero nunca se desvanecía del todo. Entonces comprendí que no lo hacía porque era parte de mí. Yo era esa voz que clamaba por una coexistencia digna con Dios y mis semejantes.

Admití entonces que había en mí un residuo inextinguible de dignidad, por lo que debía hacer algo.

Con dudas e inseguridades, me decidí a penetrar en mis silencios para escuchar la voz en mi interior, como quien vuelve a un lugar una y otra vez, para tratar de encontrarse con quien realmente es. Fue en esos momentos cuando aquel eco lejano de mi dignidad, que consideraba perdida en lo más profundo de mi corazón, escuchó la respuesta de un “alguien” divino, una voz vigorosa que me animaba y persuadía a conquistar el ser de mi persona, el verdadero ser.

—Recomienza —la escuché decirme con claridad—,   deja el pasado, crece, ocúpate del futuro, trata de rehacerte; aprende de tu experiencia, sirve con ella a los demás; procura comportarte de una forma más digna y así merecerte la dignidad de que fuiste dotada; ábrete a la verdad y al encuentro con los otros dejándote ayudar más y más; luego, haz uso de tu libertad restaurada, no te dejes esclavizar por lo que fuiste, sé fuerte , tú puedes, inténtalo una y otra vez, comienza, prueba a hacerlo, persuádete de que todavía puedes ser quien eres, quien quieres ser, quien debes ser.

Pedí ayuda psicológica, espiritual, social, y por primera vez contemplé un titubeante proyecto de vida digna el cual comencé a trompicones, como quien aprende a caminar. Pedí ayuda para obtener y conservar un trabajo modesto, seguir estudiando, adquirir disciplina, buscar nobles compañías. Sobre todo a descansar en mi misma, con la auténtica libertad personal de quien tiene la vida buena en sus manos.

Una de las más importantes funciones de la psicoterapia es ayudar a aquellas personas que se han deshecho al tratar de hacerse (erróneamente) a sí mismas, a que rehagan sus vidas al tiempo que rehacen su dignidad de personas.

 

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