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Cada vez vivimos más, pero ¿cómo vivir mejor?

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El reto de vivir la ancianidad en el tercer milenio

Desde hace un par de semanas, y con motivo de la cercana Navidad, se ha convertido en viral un vídeo de los supermercados Edeka. Aunque en alemán, el vídeo-anuncio es perfectamente comprensible.

Levanta y toca sensibilidades, y aunque el vídeo habla sobre la familia y la compañía de los que amamos, también, y casi sin quererlo, está poniendo de relieve la cuestión y el status de los ancianos en el momento actual.

Para comprender no solo la peculiaridad sino la absoluta novedad de la situación de los ancianos en nuestra sociedad primero hay que atender, haciendo algo de historia, a la comparativa mundial de la población. Los datos son reveladores.

Los estudios arqueológicos han estimado que desde el año 10.000 a.C. hasta el 1900 la esperanza de vida media creció en 10 o 12 años.

En Egipto, por ejemplo, en el año 1000 a.C. la esperanza de vida era de unos 25 años, mientras que en 1900, el cálculo era de unos 35-37 años de media. Así que en diez mil años sólo aumentó una docena de años.

Sin embargo, en el siglo XX, toda cambia. En España, por poner coger un caso concreto, en 1950 la esperanza media era de unos 60 años, mientras que en 2009 fue de 82 años.

Este es el dato: en diez mil años la vida media de un adulto sólo creció un cuarto, mientras que en apenas cien años, se duplicó. De vivir un máximo de 40 años durante once siglos, hemos pasado a duplicar la cifra en apenas cien años.

Pero no sólo eso. También atendiendo los estudios históricos, la población mundial se estimaba en unos 1.600 millones en el siglo XIX, mientras que en el siglo XX, esa cifra se ha multiplicado nada más y nada menos que por 7.

En la actualidad, sólo en China hay más habitantes que habitantes tenía el mundo entero en 1850.

Con esta pequeña tabla se puede ver bien:

Período 10.000 a.C. 1900 Siglo XXI
Población mundial  1 millón 1.650 millones 7.376 millones
Esperanza de vida 25 años aprox. 40 años aprox. 80 años aprox.

 

Así, no es sólo que somos muchos más, ni tan siquiera que vivimos el doble de tiempo que hace cien años, sino que estamos ante una situación nunca antes vista en la historia de la humanidad, no únicamente por su incremento, sino por la velocidad del cambio mismo.

Resumiendo: somos más viejos, somos más, y somos más los viejos. Y de un modo nunca antes visto ni previsto.

El asunto de los ancianos y su cuidado, por estas mismas razones ya no puede dilucidarse con los mismos parámetros que hace cien años, y mucho menos que en el mundo antiguo.

Por entendernos: una de las ganancias morales que el cristianismo asentó definitivamente en Europa fue el cuidado de los ancianos y los desahuciados.

En muchas culturas –por ejemplo, en algunas tribus norteamericanas- los ancianos que no podían seguir a la tribu en sus viajes nómadas eran abandonados en los caminos.

Por contra, el cristianismo asumió que el cuidado asistencial de la fragilidad era parte de su esencia y explicitó dicha idea en instituciones y prácticas de piedad, entre ellas la asistencia cuidadosa de la ancianidad, de los padres y los enfermos.

Ahora bien, revisando las cifras antes dadas, esa asistencia bienaventurada se cifraba en que un hijo cuidaba de sus padres hasta los 40-50 años, pues la esperanza de vida, tal y como se ha puesto de relieve, no era alta.

Lo que sucede en nuestro mundo es que el cuidado de nuestros mayores se ha hecho ya no sólo una tarea moral, sino que ha incrementado su tiempo de una forma exponencial nunca antes de vista.

Si bien antes, atendiendo a los datos, un adulto podía estar cuidando de sus padres unos 5 años de su vida, estamos hablando que ahora puede hacerlo durante 20 años, ya no sólo por la mejora en la calidad nutricional y de los estilo de vida, sino porque muchas enfermedades que antes eran mortales han devenido en crónicas.

Obviamente, no estamos sugiriendo que haya dejado de ser un deber moral sino que las consecuencias y los planteamientos de qué significa cuidar a un anciano ya no pueden ser los mismos, ni para la persona mayor ni para el cuidador.

Es más, precisamente por la notoriedad de la situación el deber moral es mayor, y mayor es la importancia de entender la situación para cuidar cristianamente a nuestros mayores.

Lo que ha acontecido en la actualidad es una ancianidad antes desconocida, que ha generado en el siglo XX un panorama y unas decisiones éticas que antes no se vinculaban como prioritarias o problemáticas.

El caso más conocido es el de la eutanasia. Ni en la tradición grecorromana, ni en la Edad Media cristiana, ni en el Barroco o en cualquier época anterior a 1950, la eutanasia era un problema moral de primer orden en la sociedad o en los manuales de ética.

Que se haya convertido en tal, es otro de los síntomas, por lo que nos urge entender qué significa cuidar católicamente la fragilidad de nuestros ancianos.

El dilema “cuidar a los padres en casa” o “que estén en una residencia” no es tanto falso cuanto que está en entredicho. Y lo está por varias razones.

La primera porque las “casas” y la forma en que vivíamos en ellas hace cuarenta años ya no son las casas ni el modo en que vivimos.

El cuidado de un anciano implica un tiempo del que la sociedad capitalista ya no les deja poseer a los hijos.

Un hogar en el que ambos cónyuges trabajan jornadas de 8 horas, además del cuidado de los hijos, además de la disposición de los imprevistos propios de la vida, hace matemáticamente imposible dicha atención.

Si cuidar es precisamente poner la atención en lo que se cuida, resulta que dicho cuidado implicaría de por sí muchos más descuidos.

Claro efecto de estos descuidos es la proliferación en las últimas décadas de cursos no ya para cuidar a enfermos, sino para el cuidado del propio desgaste psicofísico de los cuidadores que son familiares.

Así que no es únicamente que no se dispone físicamente el tiempo que se requiere para tal cuidado, sino que el modo de habitar las casas particulares ya no es el mismo que hace años, donde uno de los cónyuges (presumiblemente era la mujer) se hacía cargo del hogar y su habitabilidad: ese modelo de familia ya no existe.

Pero ya no sólo las casas no se habitan igual sino que, precisamente porque se habitan de modo diferente, tampoco tienen la disposición arquitectónica propia de los cuidados.

La construcción occidental del siglo XX ha redimensionado el espacio en su intento de digerir el crecimiento exponencial de la población, es decir, los edificios buscan construirse hacia arriba y no hacia lo ancho.

Este simple hecho no es nada accidental. Las casas son estrechas, de habitaciones pequeñas, y de ascensores donde, por supuesto, no cabe una cama-camilla tan propia del cuidado de ancianos. No digamos ya los aseos o baños, cuyo espacio ha de ser mayor aún que un baño regular.

En una afán de ganar espacio, la arquitectura se irguió hacia arriba formando edificios de decenas de plantas.

Pero contrariamente a la pretendida ganancia, lo que se cerró fue justamente el espacio mismo: en el cielo de los rascacielos no hay aceras ni paseos ni gente: sólo se ven otros rascacielos.

Así, la casa actual occidental gana un espacio que la deja marginada, esto es, apartada, porque, sin ser una curiosidad, en “apartamentos” vivimos. Son casas que tienden a la estanqueidad de la vida. Ahí no se puede cuidar o atender con diligencia a alguien que es frágil y necesita de los otros.

Pero sobre todo, dicho dilema es falso, porque para juzgar el cuidado que necesitan nuestros mayores, hay que atender primero al desarrollo de la autonomía que han ido ganando en el siglo XX, tanto en los niveles psicofísicos (calidad de vida, desarrollo de las industrias médicas y farmacéuticas) como institucionales y culturales (autonomía, libertad individual y sociopolítica).

El anciano actual es alguien que ha luchado y ha sido el protagonista de las luchas de las libertades y los derechos que hemos recibido en herencia en el siglo XXI. Eso implica que es un individuo que cuidando de los suyos, se ha hecho a sí mismo.

En el final de sus días, enclaustrarle a una residencia o a una casa (incluso sea la del hijo-a) en la que lo pierde todo, es no hacer justicia a lo que ha sido en su vida.

Eso implica repensar y rehacer un nuevo modelo de cuidado a nuestros mayores que les haga acreedores del enorme valor que tienen. En un segundo artículo daremos algunas claves.

 

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