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Preparar los caminos

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/12/15

La conversión no va a consistir en prepararse para un juicio sino en entrar en el reino de Dios y acoger su perdón salvador

Hoy Juan Bautista vuelve a ser el protagonista. Juan «exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio». Predicaba el perdón de los pecados. Exigía la integridad de vida y la limpieza del alma. Juan pide un cambio, pide la conversión.

Hay que preparar los caminos. Sabemos que es importante. Cambiar de vida. Transformar el corazón. Decirle que sí a Dios, que estamos dispuestos. El padre José Kentenich decía: «Una transformación y conversión profundas. Esto último es lo más importante. Tenemos que transformarnos» .

El amor de Dios transforma mi vida. Mora en mí. Deseamos vivir de forma diferente. Es lo que Juan esperaba de los hombres. Aún no había llegado Jesús, aún no lo conocía. Jesús, cuando llega, habla del perdón de Dios a todos, se dirige a los pecadores a los que Dios perdona y ama.

El otro día leía: «El pueblo se ha de convertir, pero la conversión no va a consistir en prepararse para un juicio, como pensaba Juan, sino en ‘entrar’ en el ‘reino de Dios’ y acoger su perdón salvador.Dios llega para todos como salvador, no como juez. Pero Dios no fuerza a nadie; sólo invita. Su invitación puede ser acogida o rechazada. Cada uno decide su destino«.

Jesús vivió entre los hombres, comió con cualquiera y caminaba con cualquiera. Jesús se dejaba tocar y tocaba. Era la misericordia que abraza a todos.

Juan, que vivía en penitencia, fue elegido para anunciar la misericordia infinita de Dios que se abajó hasta nosotros. No habría nadie tan grande como Juan, siendo entre todos los hijos de Dios el más pequeño.

Juan debió sorprenderse al conocer a Jesús y ver su estilo tan diferente al suyo. «Jesús abandona también el lenguaje duro del desierto. Comienza a contar parábolas que el Bautista jamás hubiera imaginado».

Aunque eso Juan ya lo intuía. Sabía que vendría Aquel que bautizaría con fuego mientras él lo hacía con agua. Jesús cambiaría también a Juan, rompería sus esquemas. Llenaría su corazón de vida. En su alma allanaría montes y elevaría valles. También a él debió cambiarle la vida cuando vio a Jesús.

Siempre pienso en mi segunda conversión. En cambiar de nuevo el corazón. Me siento muy lejos. Me hace falta cambiar desde lo profundo.

Juan recibió una llamada de Dios en el desierto. La siguió, la guardó en el corazón y la entregó. Esa llamada le decía quién era él, para qué estaba en este mundo, y sobre todo, que era amado y escogido.

Pero tiempo más tarde, al encontrarse con Jesús, al preguntarse en la cárcel si Jesús era el esperado, volvió a empezar de nuevo. Es la segunda conversión, la segunda llamada.

Despojado de todo Juan le dijo que sí a Dios. Lo entregó todo, se abandonó como los niños. Volvió a mirar su vida a la luz de Jesús, volvió a darle su sí con libertad, como María. Comprendió que su misión estaba cumplida.

A veces, nosotros, tenemos nuestra idea de Dios, por nuestra historia, por lo que hemos recibido, por experiencias personales previas, por esa llamada que un día sentimos en el corazón.

Y Jesús una y otra vez viene a nuestra vida a cambiarnos nuestras formas, a empezar juntos de nuevo.

Jesús llega y me abre el corazón para volver a mirarlo como si nunca lo hubiera visto antes.

Juan habló de Jesús. Esa fue su vida. Anunció a Jesús. Y Jesús llegó y le sorprendió. Y Jesús llegó y superó cualquier anuncio, cualquier idea. Ante su mirada de amor, ante su humanidad, Juan volvió a creer.

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