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La felicidad está más allá de las sonrisas

© iko / SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/12/15

¿Cómo puedo sonreír al tocar la muerte, al vivir el desprecio, al acariciar el odio?

Hay una frase que siempre me ha dado qué pensar: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad siempre alegres”. Es como si Dios me pidiera que estuviera siempre alegre. Que no me agobiara por la vida. Que descansara de verdad en sus manos y viviera confiado lo que tanto me turba.

Pero, ¿es realmente posible estar siempre alegre? Yo no puedo. ¿Qué hago con esos momentos de melancolía que a veces me embargan? ¿Qué hago cuando la cruz me golpea y no sé bien cómo seguirán mis pasos? ¿Cómo puedo sonreír al tocar la muerte, al vivir el desprecio, al acariciar el odio?

Muchas veces, ante la primera sacudida de la vida, tiemblo y pierdo la sonrisa. No logro estar siempre alegre, no logro alegrar siempre a los otros. ¿Dios detesta mi tristeza, mi melancolía, mi angustia y mis agobios?

No, no creo en ese Dios que me pide que haga lo que no puedo hacer, lo que no me sale. No creo en un Dios que ordena la alegría y la pretende imponer. No creo en un mandato divino que me resulta imposible de cumplir.

Su misericordia no exige sonrisas en el dolor y alegría en el drama. Conoce mi corazón. Sabe cuándo estoy turbado y se conmueve. Entiende mis tristezas y mis lágrimas.

Ha pisado conmigo el camino de mi calvario y se conoce de sobra los clavos que me duelen. Ha llorado mis lágrimas y tocado mi herida en su herida. No creo en ese Dios que pide lo imposible.

Pero es verdad que las palabras de hoy me alegran. Me gustaría estar siempre alegre. Suena como música celestial. Yo no puedo. Pero Dios lo puede hacer posible. No sé bien cómo. Pero para Él nada es imposible.

Miro mi corazón y me pregunto: ¿Me han educado para la alegría? ¿Dónde me han enseñado a buscar mi felicidad?

Tal vez he escuchado desde pequeño que la felicidad se encuentra en el éxito. Fuera de mí. En las circunstancias favorables. Y por eso me he turbado al cosechar fracasos, al lamentar la mala suerte.

Me han dicho que sería feliz si mi aspecto era apreciado por todos. Y me he entristecido al escuchar críticas y desprecios. Me han dicho que sería feliz si lograba todo lo que anhelaba. Y me he quedado mudo y triste al acariciar la impotencia por no lograr las metas marcadas.

No, no es esa la felicidad verdadera. Tal vez la verdadera felicidad se encuentra en mi corazón.

Decía Jean Vanier: “La felicidad consiste en vivir y buscar la verdad, con otros, en comunidad, en ser responsable de nuestra vida y de la de los otros. Consiste en aceptar el hecho de que somos limitados, capaces sin embargo de entrar en una relación personal con lo Infinito, descubriendo así la verdad que trasciende toda cultura: que cada persona es única y sagrada”.

Miro a Dios. Le digo que quiero ser feliz así. Aceptando mi vida sagrada. Besando mi camino sagrado. Él sabe mejor que yo lo que necesito para llevar una vida plena. Me conoce y sabe hasta dónde llega mi fragilidad. Me sostiene.

Una persona rezaba: “Cada vez veo más clara la misión que me encomiendas y cada vez veo más mi debilidad. Tú siempre has estado conmigo. Sosteniéndome y guiando cada uno de mis pasos. Señor, nadie mejor que Tú sabe dónde está la fuente de mi felicidad. En la medida en la que veo más claro lo que me pides, mejor veo mi fragilidad. Soy muy débil”.

La fragilidad no nos hace infelices. Al menos no debería. Porque cuando somos débiles experimentamos el abrazo de Dios sosteniéndonos. Tampoco el sufrimiento debería hacernos infelices.

El otro día leía el testimonio de un matrimonio que vivió la cruz y se mantuvo firme ante el Señor: “Estamos poco acostumbrados a asociar el sufrimiento con personas felices”[1].

Nadie nos puede quitar la felicidad. Porque descansa en el corazón de Dios. Porque confiamos en su amor que nos sostiene en los momentos más delicados. Porque sabemos que no se baja de nuestra barca en medio de la tormenta.

Jesús es el sentido de mi vida y la causa última de mi alegría. Cuando hoy me dice que esté alegre, no me impone un imperativo moral. No me exige una felicidad que no puedo fabricar con mis manos.

Simplemente me pide que madure, que aprenda a colocar mi felicidad en el lugar correcto, que aprenda a confiar y a dejar en sus manos lo que yo no controlo y abarco.

Me dice que sabe que habrá momentos en los que no sepa sonreír, o no me queden fuerzas. Y que no importa, porque sabe que mi felicidad está más allá de mis sonrisas. Que mi felicidad se construye sobre la confianza en Dios, sobre el abandono en sus manos.

[1] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 65

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